
El otro día leí una entrevista a una madre orgullosísima porque sus dos hijas tenían OnlyFans. No orgullosa "a pesar de que" sus hijas tuvieran OnlyFans. Orgullosa "porque" tenían OnlyFans. Hay matices que explican civilizaciones enteras. Amo las preposiciones porque "preponen", se anticipan al puesto.
La señora hablaba de ellas con esa satisfacción con la que antes las madres anunciaban que la mayor había aprobado notarías y la pequeña estaba terminando Medicina. Las niñas eran emprendedoras e independientes. Se ganaban muy bien la vida. Habían sabido aprovechar las oportunidades que ofrece el mundo digital.
Yo seguí leyendo esperando descubrir que, además, habían fundado una empresa de semiconductores. Pero no. Enseñaban el culo. Un pezón. Un escote. Lo cual me parece perfectamente legítimo.
El culo, por ejemplo, pertenece a cada uno y cada cual puede hacer con él lo que considere oportuno, dentro de la ley y de sus posibilidades anatómicas. Lo fascinante es todo el aparato intelectual que hemos tenido que construir alrededor para no pronunciar una frase mucho más sencilla: a la gente no le gusta trabajar.
Y puedo entenderlo. Trabajar es espantoso. Hay que madrugar. Pensar. Hay que contestar correos. Hay gente que pone reuniones a las nueve (ocho) de la mañana. Hay que soportar a personas que dicen «hacemos un call», «te pongo en copia» o, todavía peor, «vamos viendo».
Yo también enseñaría un tobillo si con eso pudiera cancelar tres reuniones. El problema empieza cuando convertimos la pereza, uno de los pecados más antiguos y entrañables de la humanidad, en una teoría política.
Porque ahora no quieres ganar dinero sin trabajar. Quieres «generar ingresos desde tu libertad». No vendes fotografías. «Monetizas tu imagen». No tienes señores pagando por verte desnuda. Tienes una «comunidad». Y si el señor paga treinta euros al mes, supongo que será comunidad de propietarios.
OnlyFans es uno de los grandes milagros semánticos de nuestro tiempo. Ha cogido una transacción que comprendería perfectamente un legionario romano y le ha puesto vocabulario de LinkedIn. Y entonces llegó el feminismo empresarial.
Durante décadas nos explicaron que era indignante que los hombres redujeran a las mujeres a un cuerpo. Hasta que descubrimos que, si la mujer pone el número de tarjeta, aquello puede ser empoderamiento. No ha desaparecido la cosificación. Ahora tiene Bizum.
Y, cuidado, porque no estoy culpando a las chicas. Si mañana descubro que hay cinco mil hombres dispuestos a pagar treinta euros mensuales por verme preparar una tortilla francesa en camisón, pasado mañana estoy comprando huevos. Capitalismo. Por cierto, llevo seis meses con la vitro que no funciona. Pero, en fin, ustedes me entienden.
Lo que me produce curiosidad es nuestra necesidad de convertir cualquier decisión rentable en una virtud. Hay trabajos dignísimos que son un coñazo. Una enfermera hace guardias. Un camarero se pasa ocho horas de pie. Un autónomo descubre cada trimestre que Hacienda también forma parte de su familia. Una periodista entrega un domingo cuando el resto del país está tomando el aperitivo.
Pero parece bastante menos sexy explicar a una adolescente que la independencia consiste, muchas veces, en levantarse cuando no te apetece, aprender algo difícil, aguantar a algún imbécil y tardar años en ser buena en lo tuyo. Eso no cabe bien en TikTok.
Después están ellos. Porque ésta es la parte que me parece verdaderamente maravillosa. Internet contiene más mujeres desnudas gratis de las que un hombre podría contemplar aunque abandonara su empleo, su familia y cualquier esperanza de vida social.
Y aun así paga. Treinta euros. Cada mes. ¿Por qué? Porque probablemente no esté pagando por ver un cuerpo. Está pagando porque el cuerpo le diga «hola, guapo». Y aquí la comedia se pone un poco triste.
OnlyFans ha entendido antes que muchos gobiernos, psicólogos y aplicaciones de citas uno de los grandes problemas de nuestro tiempo: hay una cantidad extraordinaria de gente sola.
Gente que no quiere únicamente sexo. Quiere atención. Que alguien conteste. Que alguien recuerde su nombre. Que una mujer que jamás se cruzaría con él en un bar le mande un corazón a las once y cuarenta y siete de la noche.
Es la industrialización del «me he acordado de ti». Treinta euros al mes. Oigan. Lean. O paguen. Y funciona porque vivimos en la época más comunicada de la historia y probablemente una de las más incapaces de relacionarse.
Tenemos Tinder para conocernos, Instagram para vigilarnos, WhatsApp para dejarnos en visto y OnlyFans para cobrarnos por contestarnos. El progreso era esto.
Quizá dentro de veinte años aquella madre tenga razón y yo sea una antigua. Puede que las universidades tengan facultad de "Contenido Premium" y los padres celebren orgullosos:
—La niña ha sacado plaza en OnlyFans.
—¿Fija?
—No, autónoma.
Mientras tanto, yo sigo fascinada por esas dos hermanas. No porque enseñen el culo. Culos ha habido siempre. Grandes. Pequeños. Resultones. Caídos. Contenidos. Respingones. Anchos. Culo-carpeta.
Lo revolucionario es haber conseguido que su madre presuma de ello en una entrevista y nosotros lo llamemos emprendimiento. Al final Marx se equivocó. Los medios de producción no había que arrebatárselos a la burguesía. Los teníamos puestos.