
Escribo desde Palma de Mallorca, donde en agosto uno puede comprobar que el Mediterráneo sirve para casi todo. Para enamorarse, para quemarse, para descubrir que el protector solar te da alergia y, desde luego, para confirmar que la civilización occidental sigue discutiendo asuntos que creíamos suficientemente discutidos.El jueves fui a los toros. En el Coliseo Balear toreaban José María Manzanares, Alejandro Talavante y Roca Rey, con toros de Núñez del Cuvillo. Un cartel estupendo para una noche mallorquina y, también, una magnífica oportunidad para observar la fauna. Y no me refiero precisamente a la que estaba en el ruedo.
A las puertas de la plaza aguardaba una pequeña manifestación antitaurina. No sabría precisar si eran veinte, treinta o algunos más. Tampoco importa demasiado. Portaban pancartas en defensa de los animales con esa superioridad moral tan contemporánea según la cual existen seres humanos que han conseguido elevarse por encima del resto de la cadena alimenticia.
Siempre me producen curiosidad. No por sus ideas, que son perfectamente legítimas, sino por su nevera. Me gustaría saber qué comen. Qué desayunan. Qué cenan. Si interrogan previamente al camarero sobre el estado anímico de la gallina que puso el huevo de la tortilla. Si preguntan por la infancia del langostino. Si comprueban que el salmón vivió una existencia plena antes de convertirse en tartar. Si conocen personalmente al cerdo del jamón ibérico o si, por el contrario, practican ese animalismo de quita y pon que comienza en el toro bravo y termina exactamente donde empieza la carta del restaurante.
Durante la corrida, una activista decidió saltar al ruedo. Lo hizo, eso sí, aprovechando un momento en el que no había toro. Talavante acababa de cortar una oreja y la mujer apareció con un top reivindicativo en defensa del animal. Debo reconocer que la protesta habría ganado bastante fuerza argumental si hubiese irrumpido noventa segundos antes, cuando había varios cientos de kilos de toro bravo en el ruedo.
Los principios son importantes, pero la prudencia también.Y aquello me hizo pensar en lo extraño que resulta que en 2026 continuemos atrapados en el simplísimo debate de «toros sí» o «toros no».
A mí me interesan mucho más las contradicciones. Porque el toro bravo existe precisamente porque existe la tauromaquia. Porque alrededor de ella sobreviven campo, ganaderías, empleos, ecosistemas y una cultura que forma parte de España desde mucho antes de que Instagram descubriera la palabra vegan. Uno puede rechazar las corridas, naturalmente. Lo que cuesta más aceptar es esa infantilización moral según la cual quien entra en una plaza disfruta del sufrimiento y quien protesta a su puerta pertenece automáticamente al bando de la bondad. La vida es bastante más incómoda que una pancarta.
Dentro de la plaza descubrí, además, otro fenómeno que empieza a obsesionarme. Las bermudas. Sé que reincido. Hace semanas escribí sobre ellas y empiezo a sospechar que padezco el síndrome de las bermudas: aparecen allí donde miro.
Porque una cosa es el calor de Mallorca y otra presentarse en una plaza de toros como quien baja a por hielo al supermercado. Camisetas de tirantes. Pantalones cortos. Chanclas. Atuendos que no permiten distinguir si uno va a ver a Roca Rey enfrentarse a un toro o a inflar una colchoneta en Magaluf.
Y ya sé cuál es el argumento. «Cada uno va como quiere». Por supuesto. También uno puede ir en pijama a una boda. La cuestión no es si se puede. La cuestión es si se debe.Hay lugares que exigen cierta liturgia porque la liturgia es precisamente lo que impide que todo termine pareciéndose a un aeropuerto.
No se acude a la ópera en chándal. No se entra en una iglesia como si uno estuviera en la piscina. No porque exista una policía secreta del buen gusto escondida detrás de una columna, sino porque vestirse también es una forma de reconocer que no todos los lugares son iguales. Y una plaza de toros tampoco lo es.
Hay un hombre vestido de luces jugándose la vida delante de un animal. Podemos discutir durante siglos sobre la tauromaquia, pero resulta difícil negar que aquello contiene riesgo, ceremonia, tradición, miedo y belleza.Lo mínimo que puede hacer uno desde el tendido es ponerse unos pantalones.
Aquí es donde normalmente alguien me acusará de clasista. Bien. Esta semana ya me he puesto en contra de los animalistas de langostinos y de los defensores de la bermuda recreativa. El domingo está siendo productivo.
Pero no estoy hablando de dinero. La elegancia nunca ha dependido demasiado del precio de una camisa. Estoy hablando de respeto. Durante siglos nos vestimos por pudor, por protección y también para comunicarnos. La ropa es uno de los primeros lenguajes sociales que inventamos. Dice quiénes somos, pero también dice qué importancia concedemos al lugar al que hemos decidido acudir. Por eso me llamó especialmente la atención otra imagen de estos días en Palma. La princesa Leonor.
En la recepción de Marivent apareció con un aspecto mucho más fresco de lo que acostumbramos a verla. Pelo ondulado, casi de verano, un estilismo más joven, más femenino, menos empeñado en disfrazar a una mujer de veinte años de señora institucional de cuarenta. Su presencia en la recepción mallorquina ha sido, además, uno de los focos de esta semana de la Familia Real en la isla. Y por primera vez pensé: qué guapa está Leonor. No «qué correcta». No «qué adecuada». Guapa. Hay una diferencia enorme.
Porque también las instituciones necesitan entender que las formas no consisten en convertir a las personas en maniquíes solemnes. Elegancia no significa rigidez. Uno puede llevar el pelo con ondas, parecer joven, estar ligeramente bohemia y seguir representando a la Corona. De hecho, probablemente la represente mejor.
Quizá ese sea el error de nuestro tiempo. Hemos confundido solemnidad con antigüedad y libertad con descuido.
Y entre ambos extremos existe algo que antes llamábamos educación. Saber cuándo ponerse una americana y cuándo quitársela. Saber que una boda no es una discoteca, que una iglesia no es una playa, que una plaza de toros no es el chiringuito y que defender una causa tampoco concede el derecho de interrumpir a miles de personas que han pagado una entrada para asistir legalmente a un espectáculo.
Las formas no son una cárcel. Son justamente lo que hace posible convivir con gente que piensa distinto. Uno puede manifestarse contra los toros fuera de la plaza y yo puedo entrar después a verlos. Incluso podemos terminar ambos cenando en el mismo restaurante. Aunque en ese caso, por pura curiosidad periodística, miraré qué pide. Sobre todo si hay langostinos.
