
Hay personas que parecen escritas por sus enemigos. Supongo que es el precio de la vida pública. Cuanto más visible eres, menos se parece el personaje a la persona. Hace unos días leí un artículo que llevaba por título Doña Bea Fanjul es para siempre. Lo escribían como una sátira. Como una mujer incapaz de abandonar un cargo. Yo también creo que Bea Fanjul es para siempre. Solo que por razones completamente distintas.
La conocí hace cinco años, cuando todavía no éramos amigas. La convocamos para un reportaje para Fearless y yo esperaba encontrarme a una política de manual. Correcta, medida, distante. Pero me encontré a una mujer que nunca ha sabido interpretar un personaje. Recuerdo aquella sesión como si fuera ayer. Marzo. Un martes cualquiera. 10:00. calle de Almagro. Una azotea industrial con vistas a todo Madrid.
Le habíamos preparado varios estilismos y toda la ropa le quedaba grande. Tuvimos que sujetársela con pinzas por la espalda. Siempre he pensado que aquella imagen era una metáfora involuntaria. El personaje le quedaba grande. No porque no pudiera sostenerlo, sino porque nunca terminó de interesarle demasiado. Desde entonces he dedicado buena parte de mi vida profesional a convencerla de hacer auténticas locuras. Y Bea, inexplicablemente, siempre decía que sí.
La he metido vestida de prêt-à-porter en una bañera en mitad de una feria de diseño en Las Ventas mientras cientos de personas pasaban delante preguntándose qué demonios hacía allí la presidenta de Nuevas Generaciones. La he vestido de noche para darle una hamburguesa y una copa de champán. La he convencido para fotografiarse fumando cuando todavía fumaba tabaco y aquello, sospecho, no hizo demasiada gracia en Génova. Incluso terminé entrevistándola con un puro entre las manos.
Nunca preguntó si aquello beneficiaba a su imagen. Solo preguntaba a qué hora tenía que estar. Y eso, en política, es extraordinariamente raro. Porque la mayoría dedica demasiada energía a construir una marca personal. Bea nunca ha tenido demasiado interés en construir nada que no fuera una relación y unos valores La que fue la "eterna no novia del alcalde" (¡Qué humor tiene la prensa!) también ha protagonizado titulares sobre su vida sentimental, torero mediante. Y se ha escrito mucho sobre lo guapa que es. Y sí, lo es. Objetivamente, mucho.
Pero esa es probablemente la parte menos interesante de Bea Fanjul. Lo extraordinario es que vive completamente ajena a ello. Nunca he conocido a una mujer tan poco preocupada por parecer interesante. El maquillaje le importa poco. La moda, todavía menos. No necesita un bolso para sentirse segura ni una fotografía para recordar quién es. Hay personas que pasan media vida intentando parecer más guapas de lo que son. Bea lleva media vida olvidándose de que lo es. Quizá por eso transmite una belleza tan rara: no está construida; está distraída.
Con los años descubrí muchas más cosas. Aprendí que detrás de esa aparente serenidad vive una competidora feroz. Que juega al tenis como si le fuera la vida en ello. Que conduce porque le gusta conducir, como dice el eslogan. Que aprendió a cocinar hasta convertir una cocina cualquiera en uno de sus lugares favoritos. Que disfruta tanto de un restaurante de toda la vida como de cualquier sitio sofisticado, porque jamás ha confundido el lujo con el precio. También descubrí sus tatuajes. Cada uno cuenta una historia. Mi favorito siempre ha sido el 89 (por el escaño que le corresponde cual penalti en tiempo de descuento).
Bea nunca ha olvidado de dónde viene. Quizá por eso tampoco ha necesitado demostrar nunca adónde iba. Pero, sobre todo, descubrí una cualidad que hoy escasea más que el talento: la lealtad. Vivimos en una época donde todo el mundo presume de contactos y muy poca gente conserva amigos. La palabra de Bea vale más que cualquier cargo que haya ocupado. Tampoco la he visto alimentar un conflicto. Ni utilizar una amistad mientras le era útil para después olvidarla. Y eso explica muchas cosas.
Se hablará estos días de su gestión al frente de Nuevas Generaciones. Habrá quien haga balances políticos. A mí me interesa otro balance. Cuando llegó, las juventudes del Partido Popular eran un lugar demasiado acostumbrado a las trincheras internas, a las conspiraciones pequeñas y a las guerras de patio.
Cinco años después deja una organización infinitamente más tranquila de la que encontró. Hay quien llega para mandar. Hay quien llega para pacificar. Y no es exactamente lo mismo. Hace unos meses compartimos unas vacaciones en la República Dominicana. Cuando alguien escucha Caribe imagina cócteles, fiestas y fotografías para Instagram. Nosotros dormíamos. Entrenábamos. Volvíamos a dormir. Creo que fueron las dos únicas semanas, en muchos años, en las que consiguió dejar de estar disponible para todo el mundo.
Y entonces entendí también otra cosa. La gente no sabe lo que significa presidir Nuevas Generaciones. Cree que es un cargo. Yo creo que es una forma de renunciar, durante un tiempo, a una parte de tu propia vida. Mientras otros descansaban los fines de semana, ella recorría España de punta a punta para enlazar un acto con otro. Mientras otros desconectaban, ella seguía resolviendo problemas.
Su mayor lujo no era un bolso. Era encontrar noventa minutos para entrenar en nuestro club y darse un chapuzón. Quizá por eso nunca entendí a quienes la reducían a un personaje. Porque yo conocí a otra Bea. La hermana pequeña de cinco. La que adora a su familia. La amiga que aparece cuando hace falta. La mujer que jamás ha necesitado levantar la voz para hacerse respetar. La que sigue creyendo que la palabra dada obliga. La que ayuda sin hacer inventario de favores. La que nunca convirtió un cargo en una identidad.
Este viernes ha dejado oficialmente la presidencia de Nuevas Generaciones. Muchos dirán que ahora termina una etapa. Yo creo exactamente lo contrario. Los cargos siempre acaban. Las personas, a veces, empiezan justo cuando dejan de ocuparlos. Y por eso, sí. Doña Bea Fanjul es para siempre.
