
Decía Isabel Díaz Ayuso que Madrid es tan grande que puedes vivir sin encontrarte con tu expareja y eso es libertad. Con todo el cariño institucional: discrepo. Yo me encontré con uno este jueves.
Y además no uno de esos ex arqueológicos que ya solo remueven una ternura ligeramente antropológica, como cuando uno recuerda una tendencia estética incomprensible o un flequillo mal ejecutado. Hablo de un ex tan reciente que ni siquiera sabes muy bien si jurídicamente es aplicable el término. De esos vínculos contemporáneos que desconoces si han terminado, se han suspendido, están en revisión o simplemente forman parte de ese género emocional tan en boga que consiste en no explicarle a nadie absolutamente nada.
Madrid, para estas cosas, tiene un sentido del humor bastante cuestionable. Porque una va a Las Ventas con la intención profundamente noble de abrazar cierta tradición patria, observar la liturgia del ruedo, analizar estilismos con el rigor sociológico que merece cualquier tarde taurina y quizá dejarse ver con esa naturalidad cuidadosamente producida que exigen hoy los eventos sociales; y, de pronto... acaba enfrentándose a algo mucho más inquietante: su propio currículo sentimental.
No sé si es karma, astrología, historia no resuelta, travesuras del destino, física cuántica o simplemente que Instagram funciona mejor de lo previsto; pero pocas ciudades convierten el azar en deporte de contacto con tanta eficacia como mi Madrid.
Y como contrapunto a un viejo amor, pensándolo bien, una primera cita en Las Ventas debería formar parte del proceso de selección sentimental. Muchísimo más útil que preguntar el signo zodiacal o si ha ido a terapia. En una tarde filtras al animalista militante, al antitaurino pedagógico, al que se desmaya con la sangre, al intensito performativo, al que dice "yo respeto pero...", al vegano evangelizador, al señor que no soporta estar tres horas sentado, al que no entiende un ritual aunque no lo comparta, al que se agobia con el humo del puro y prefiere vapear, al secesionista redomado, al que solo va a dejarse ver, al que viste con el chándal del Atleti, al que pide vino blanco con hielo y, sobre todo, al que no sabe gestionar el aburrimiento sin mirar el móvil. Si sobrevive a seis toros contigo, probablemente se pueda hablar de futuro. Si es en barrera, mejor. Por la miopía y esas cosas.
Sea como fuere y ame a quien ame mi lector, Madrid les ama. Y quizá precisamente por eso funciona. Porque San Isidro no es solo una festividad. Es una radiografía emocional y estética.
De repente aparecen claveles donde hubo excels y borradores, gente que descubre el chotis como si lo hubiera inventado ella, y nacen defensores de la tradición que probablemente no han madrugado un solo día para una romería. Pero no importa. Toda una ciudad interpretándose a sí misma con bastante convicción. Y es que Madrid ha dejado de pedir perdón por ser profundamente Madrid.
Durante años parecía que todo lo sofisticado tenía que venir de fuera. París para la moda. Londres para la irreverencia. Milán para el diseño. Nueva York para el éxito. Nosotros aquí, mientras tanto, intentando parecer internacionales con esa inseguridad tan provincianamente cosmopolita. Con la mejor agua del grifo. El cielo más azul. A 10 minutos de todo. Y sin acento.
Por eso las grandes marcas miran hacia Madrid. Activan aquí. Celebran aquí. Invierten aquí. Se inspiran en Madrid. Y se apropian de códigos profundamente nuestros porque han entendido algo muy sencillo. Lo auténtico cotiza.
Y Madrid, con todas sus contradicciones, lo es. Porque esta ciudad mezcla, como pocas capitales, el lujo y la barra de aluminio desgastada, la arquitectura y la verbena, el hotel cinco estrellas y la caña de cerveza en tamaño chupito totalmente en peligro de extinción; el torero y el aparejador, el consultor y la editora, la marquesa y el albañil emocional. Todo con esa capacidad tan madrileña de parecer improvisado cuando, en realidad, responde a una liturgia perfectamente organizada. Los toros, por supuesto, forman parte de este nuestro teatro llamado enfrentarse a la muerte desde la vida y el amor.
Más allá de ideologías, que ya sé que debo pedir perdón antes que permiso, la plaza de Las Ventas sigue siendo uno de los pocos lugares donde Madrid se representa a sí misma sin complejos. Con su estética, su ritual, su testosterona, su paradoja, su puro, su Mahou XXL en plástico, su capacidad para convertir una tarde cualquiera en conversación nacional y esa extraña disciplina de posponer cualquier visita al baño con tal de no perderse ni un solo toro de los seis —¡qué lejos están los baños del tendido 4!—.
No sé si con él nos mean en la cara y debemos decir que es champagne, pero incluso Florentino Pérez, con su reciente exhibición pública de susceptibilidad institucional, confirma la tesis. Madrid siempre ha tenido algo de ego bien vestido, de señorío que a veces se confunde con autoridad y otras con simple incapacidad para gestionar la crítica.
Madrid contradice a Ayuso. Porque incluso cuando el destino te cruza con un ex peligrosamente reciente mientras tú solo pretendías contemplar una faena, una comprende que la libertad no siempre consiste en no coincidir, sino más bien en encontrártelo pero que ya no importe. Bueno. O al menos en fingirlo con cierta dignidad castiza. Eso sí, con labios pintados de rojo y con la pestaña bien arriba.
