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El Gobierno de EEUU come en la mesa de la industria alimentaria

Las recomendaciones dietéticas del Gobierno de EEUU mantendrán su desacreditada obsesión con las grasas merced a la influencia de la industria.

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Las recomendaciones oficiales seguirán demonizando las grasas saturadas. | Cordon

Hace tiempo que el cuestionamiento de las recomendaciones oficiales en nutrición que bien podemos resumir en "alto en carbohidratos, bajo en grasas" no sólo pertenece al ámbito de las tertulias, los blogs o la prensa ligera de domingo. El prestigioso British Medical Journal ha publicado recientemente un artículo cuyo título lo dice todo: "El reportaje científico que guió las recomendaciones dietéticas en EEUU: ¿es científico?".

Cada cinco años, el Gobierno de EEUU publica unas revisadas guías dietéticas que supuestamente deben tener en cuenta los últimos avances de la ciencia y que tienen un impacto directo global sobre las recomendaciones nutricionales oficiales en todo Occidente. La autora de este artículo, Nina Teicholz –a la postre también del libro The Big Fat Surprise: Why Butter, Meat, and Cheese Belong in a Healthy Diet–, halló por ejemplo que el comité responsable de las guías que deben publicarse este año no empleó en su 70% las evidencias del Nutrition Evidence Library (NEL), un archivo científico que tiene entre sus principales objetivos servir de soporte científico a las guías nutricionales del Gobierno.

El artículo menciona también conflictos de intereses a través de décadas de apoyo por parte de los fabricantes de aceites vegetales –que compiten con grasas saturadas como la mantequilla–, cuyos productos son respaldados por la politizada Asociación Americana del Corazón.

Que los intereses agrícolas y de la industria alimentaria pueden comprar a los responsables de las políticas públicas alimentarias y nutricionales en EEUU no debería ser ya un secreto para nadie. Y es que desde el comienzo de las recomendaciones federales americanas sobre nutrición éstas han estado guiadas por potentes impulsos proteccionistas. Por primera vez, el director del último comité científico responsable de estas recomendaciones no provenía del ámbito universitario, sino de la industria: Barbara Millen.

Áreas fundamentales como el consumo de sal, las grasas saturadas o las dietas restringidas en carbohidratos se han mantenido prácticamente invariables a la luz de los dictados de las autoridades oficiales americanas y por ende occidentales en estas décadas. Sin embargo, hoy por ejemplo la ciencia actual reconoce claramente que no todas las grasas saturadas son iguales; técnicamente, existen ácidos grasos saturados que pueden promover la inflamación y la enfermedad cardiovascular y otros que pueden ser neutros o incluso beneficiosos.

"El uso de revisiones externas por asociaciones profesionales es problemático porque estos grupos conducen revisiones de la literatura científica de acuerdo a diferentes estándares y son apoyados por compañías alimentarias y farmacéuticas. El Colegio Americano de Cardiología recibió en 2012 el 38% de sus ingresos de la industria alimentaria, y la Asociación Americana de Cardiología el 20% de la industria en 2014", escribe el British Medical Journal.

Cuando los expertos del Gobierno comenzaron sus investigaciones en 2012 para las últimas recomendaciones había numerosos artículos científicos que descartaban la asociación entre grasas saturadas y enfermedad cardiovascular. Pese a ello, el comité recomendó extender las limitaciones sobre las grasas saturadas a un estricto máximo del 10% de calorías totales.

Es indudable el creciente interés de la población en la comida y la alimentación saludable. Si en 2010, las guías oficiales en EEUU recibieron 2.000 comentarios ciudadanos, en 2015 ya van por casi 30.000, según el British Medical Journal. Tampoco el Congreso americano ha perdido baza para solicitar su intervención en el asunto, como si no hubiera ya suficiente del estamento político.

El pasado 7 de octubre las guías dietéticas americanas de 2015 fueron sometidas a audiencia pública en el Congreso, donde los políticos centraron sus críticas en los cambios de opinión sobre nutrición de las agencias gubernamentales y su efecto en la confianza del público. En cualquier caso, son inevitables las incesantes voces que piden más objetividad científica, más transparencia política y más controles públicos sobre las recomendaciones oficiales que se hacen. Otros, sencillamente, creen que es mejor mantener al Gobierno y cualquiera de sus agencias al margen de la ciencia nutricional. Al fin y al cabo, cada vez es menos discutible cuánto nos habríamos ahorrado si esto hubiera sido así en las últimas décadas.

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