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Santiago Navajas

Rebelión en la granja, 80 años después

Ocho décadas después, en un mundo donde el totalitarismo soviético es un brasero de ascuas todavía calientes, la obra de Orwell sigue estando vigente.

George Orwell. | George Orwell

Se aproxima Navidad, el nuevo año y los Reyes Magos. Entrañables comidas familiares, promesas de cambio de actitud y regalos. Pero las comidas pueden terminar en indigestión, las promesas de cambio en constelaciones de fracaso (otra vez) y los regalos en el cubo de la basura o Wallapop. Respecto a esto último, una posible solución es regalar libros clásicos y, por lo tanto, eternos. Sobre todo hay que regalar libros a los niños y adolescentes. Por eso con cada consola, con cada videojuego, hay que complementarlo con al menos un libro. Nintendo Switch 2 con Alicia en el País de las Maravillas y Pokémon Legends con Rebelión en la granja. Lo tecnológico empieza a estar obsoleto desde que sale de la tienda, mientras que lo literario comienza a crecer hasta el infinito y más allá desde que pasa de la estantería de la librería (mejor comprar en tiendas físicas) a la estantería del hogar, culto hogar.

Centrémonos en Rebelión en la granja, una lectura esencial alrededor de los 13 años (y hasta los 93). Es un destino deliciosa y paradójicamente orwelliano que en este siglo XXI cambalache de fake news y bulos haya en la izquierda quien pretenda que el relato zoófilo (en el buen sentido de la expresión) de Orwell es una parábola anticapitalista cuando es la más fenomenal diatriba del comunismo estalinista con adherencias fascistoides. Lo que sí podemos hacer en este siglo XXI es aprovechar la sátira orwelliana para trazar un paralelismo entre la inquisición paleomarxista del siglo XX con la progrewokista del XXI.

En la década de 1940, marcada por el horror del totalitarismo nazi, el ascenso del estalinismo y las secuelas de la Segunda Guerra Mundial, surgió una corriente intelectual que denunciaba el poder absoluto y defendía la libertad individual, la rebelión civil y la sociedad abierta. George Orwell publicó en 1945 Rebelión en la granja, una fábula alegórica que exponía con crudeza la traición de los ideales revolucionarios y la corrupción ideológica bajo el estalinismo. En paralelo, desde el mundo anglosajón, Friedrich Hayek alertaba en El camino de servidumbre (1944) sobre cómo la planificación centralizada podría conducir a la servidumbre totalitaria, mientras Karl Popper, en La sociedad abierta y sus enemigos (1945), desmontaba las filosofías historicistas de Platón, Hegel y Marx que justificaban regímenes autoritarios. Al mismo tiempo, desde la Francia ocupada y la Resistencia, Albert Camus contribuía con obras esenciales: El mito de Sísifo (1942), un ensayo sobre la revuelta ante el absurdo y las ideologías opresoras y la tragedia Calígula (estrenada en 1945), que retrata la locura del poder absoluto como metáfora del despotismo.

Estas creaciones, nacidas del mismo impulso antitotalitario, forman un canon imprescindible que ilumina la vigencia eterna de la lucha por la libertad frente a cualquier ortodoxia que pretenda someter al individuo.

Rebelión en la granja en concreto denuncia la traición de los ideales revolucionarios en la Unión Soviética de Stalin. Orwell, un socialista crítico que había combatido en la Guerra Civil Española (donde había ido para "matar fascistas") y visto de cerca la represión estalinista, retrató cómo una rebelión animal contra la explotación humana degenera en una nueva tiranía: los cerdos, líderes de la revolución, terminan caminando en dos patas y aliándose con los antiguos opresores, mientras proclaman que "todos los animales son iguales, pero algunos son más iguales que otros".

Ocho décadas después, en un mundo donde el totalitarismo soviético es un brasero de ascuas todavía calientes, la obra de Orwell sigue estando vigente. No porque el estalinismo haya regresado tal cual, sino porque ciertos mecanismos que el escritor inglés denunció —la corrupción del lenguaje, la manipulación de la verdad, la creación de jerarquías disfrazadas de igualdad y la imposición de una ortodoxia ideológica— se han reproducido en fenómenos contemporáneos como el llamado "wokismo", la versión de la ideología progresista con perspectiva de género y raza que se denomina normalmente en español "progre".

En Rebelión en la granja, los animales representan las clases y figuras de la Revolución Rusa. El cerdo Viejo Mayor es una mezcla de Marx y Lenin; Snowball evoca a Trotsky, expulsado y demonizado; y Napoleón es Stalin, que consolida el poder mediante propaganda, purgas y un culto personal. Los siete mandamientos del "animalismo" —que comienzan con "todos los animales son iguales"— se modifican sutilmente hasta justificar los privilegios de los cerdos. Orwell no criticaba el socialismo y el progresismo en sí (él mismo se declaraba socialista democrático y defendía la justicia social y la decencia común), sino su perversión autoritaria a través de una élite intelectual que se apropia de la revolución, reescribe la historia y silencia la disidencia en nombre del "bien mayor". El lenguaje se corrompe (el lema "cuatro patas bueno, dos patas malo" se invierte), la verdad se relativiza y los disidentes son acusados de traición.

En el siglo XXI, los comunistas ni están ni se les espera, pero su equivalente contemporáneo en la izquierda es el "wokismo", en el que proliferan los mecanismos orwellianos de la izquierda cultural contemporánea. El wokismo, entendido como una ideología progresista extrema centrada en una justicia social basada en el resentimiento, la identidad fundamentada en el complejo de inferioridad y la "corrección política" como eufemismo de la caza de brujas, promete una sociedad más igualitaria e inclusiva, pero en la práctica genera nuevas formas de represión y autoritarismo. Su rasgo externo más reconocible es la corrupción del lenguaje. Al igual que los cerdos modifican los mandamientos, el lenguaje woke reescribe términos para imponer una ortodoxia delirante. Palabras como "equidad" reemplazan a "igualdad", pero a menudo justifican discriminaciones inversas como acciones afirmativas que privilegian a ciertos grupos. Conceptos como "apropiación cultural" o "microagresiones" actúan como herramientas para señalar herejías. Y no hablemos de definir qué es una mujer que les da un ataque de nervios.

Por otro lado, tenemos jerarquías espurias pero, eso sí, disfrazadas. "Todos los animales son iguales, pero algunos más iguales". En el wokismo, se crea una pirámide de opresión: ciertos grupos (por raza, género, orientación) son elevados como "voces marginadas" infalibles, mientras otros son inherentemente "privilegiados" y deben callar o autocastigarse. Los líderes woke —a menudo élites académicas, corporativas o celebridades ricas— predican la revolución desde posiciones de poder, similar a los cerdos que terminan viviendo en la casa del granjero. Todos somos progres, pero unos son más progres que otros. Para empezar, si es usted un hombre blanco, heterosexual, mayor, culto y cristiano sepa que está en el lado equivocado de la historia según estos inquisidores adornados de banderas que por una vez la izquierda no considera meros trapos.

La manifestación más cruel, sin embargo, afecta a las "cancelaciones", que recuerdan a las purgas estalinistas puesto que funcionan como etiquetas que descalifican sin necesidad de prueba. J.K. Rowling sería quemada en una pira de género si no fuera porque la protegen sus millones de libras y Richard Dawkins no consigue que el New York Times le publique los artículos que hasta hace poco requerían del faro mediático de la progresía. Ambos defienden que el sexo es binario lo que es interpretado por las personas transgénero radicales como un ataque a su persona cuando solo es una solución contra su ignorancia.

En cuanto a la reescritura de la historia, hace poco escribí sobre la estatua de Jefferson retirada en Nueva York bajo la égida de su nuevo alcalde islamista. En general, estatuas derribadas, libros con "advertencias", autores acosados (véase Soto Ivars) o revisiones históricas para ajustarse a narrativas actuales evocan cómo los cerdos borran el pasado para consolidar su poder. Es memoria democrática, sí, pero embadurnada en el fango de la ideología, como nos advirtió Orwell que harían los Sánchez del futuro.

Irónicamente, como decía, una reciente adaptación animada de Rebelión en la granja (dirigida por Andy Serkis en 2025) ha sido criticada precisamente por invertir el mensaje original, de modo que en lugar de atacar el totalitarismo comunista, convierte la parábola orwelliana en una crítica al capitalismo, con un final feliz tan falso como el de los prostíbulos disfrazados de saunas. Orwell, que luchó contra la censura de su obra durante la guerra por su antistalinismo, probablemente se revolvería en su tumba.

Hay que dejar muy claro que no todo el progresismo es "woke autoritario". Había socialistas progresistas como Orwell que no querían colaborar con los crímenes que se realizaban en nombre de su ideología, y el liberalismo es intrínsecamente progresista aunque haya tenido que aliarse muchas veces con los conservadores para luchar contra la izquierda intervencionista y el autoritarismo socialista hegemónico en Occidente desde 1917. Equiparar el socialismo wokista al comunista estalinista es exagerado puesto que no hay gulags ni millones de muertos. Pero Orwell nos advierte del peligro universal de que cualquier ideología, por noble que sea su origen (igualdad en el animalismo, justicia social en el wokismo), puede degenerar en tiranía si una élite política, académica y mediática impone su verdad absoluta, silencia la disidencia y privilegia el poder sobre la libertad.

Ochenta años después, Rebelión en la granja no es solo un monumento contra el comunismo muerto, sino un recordatorio vivo contra los mitos progres resucitados. El totalitarismo no viene siempre con botas militares, sino que a veces llega envuelto en banderas de virtud moral, prometiendo utopías mientras camina sobre dos patas. Bípedos implumes y criminales podría ser la descripción de los asesinos de la hoz, el martillo, el piolet y la 9mm parabellum. La lección de Orwell sigue vigente: vigilemos el poder, sea del signo que sea, y defendamos la decencia común frente a cualquier ortodoxia que diga "algunos son más iguales que otros".


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