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De la diferencia entre ser profesor de filosofía y filósofo

La pregunta es si la filosofía puede sobrevivir dentro de la academia sin convertirse en su opuesto, en una máquina de reproducir conformismo disfrazado de crítica.

Un profesor de Filosofía puede ser un no filósofo. Y un filósofo puede ser alguien que no dé una clase en su vida. Al profesor de Filosofía le pagan, al filósofo le pegan. A diferencia del profesor de química, que puede convertirse en químico sencillamente cambiando de acera, el profesor de filosofía para llegar a ser filósofo ha de tirarse al precipicio: ¿Perder la seguridad del sueldo fijo? ¿Enfrentarse a la censura institucional o social? ¿Arriesgar la cordura (como Nietzsche o muchos otros, quizás todos los que se han atrevido a pensar más allá de los cauces establecidos)? El paradigma entre nosotros fue Antonio Escohotado, presentando su tesis sobre drogas ante un tribunal de catedráticos que le ponen infinitos ceros porque les incomodaba, no porque fuera mala filosofía—precisamente porque era demasiado buena, demasiado real, demasiado peligrosa para sus carreras de funcionarios del pensamiento.

En la actualidad, si eres profesor de filosofía pero no te has encontrado con una pintada en los baños de la Facultad tildándote de nazi, o si no sufres un acoso por parte de la habitual conjura de profesores necios, alumnos fanatizados y burócratas serviles, ten por seguro que puede que seas un gran profesor de filosofía —minucioso en la argumentación, agradable en el trato con los compañeros, empático con los alumnos–, pero todavía no has empezado a ser filósofo. Que se lo pregunten a Carlos Martínez Gorriarán en el País Vasco o a Félix Ovejero en Barcelona, que abría su libro sobre la izquierda reaccionaria con una cita de Goethe que deberían tatuarse todos los profesores de Filosofía que no hayan perdido la ilusión de llegar algún día a ser filósofos y no comenta-párrafos-ajenos:

Obrar es fácil, pensar es difícil, pero obrar según se piensa es aún más difícil.

Un matemático no se juega la vida por una fórmula (salvo en los estados totalitarios, donde todos están amenazados, sean matemáticos o fontaneros), pero un filósofo se juega la carrera y la vida simplemente por hacer aquello que es su actividad cotidiana: pensar lidiando con lo real desafiando a los poderes fácticos, fundamentalmente la dogmática de las iglesias religiosas y esa iglesia laica que es el Estado. Y esto, amigos míos y de la verdad, no es un asunto técnico, sino que va la vida con ello. Sócrates, ajusticiado; Platón, vendido como esclavo; Aristóteles, huyendo de Atenas para no acabar como Sócrates o Platón. Un profesor de filosofía puede ser de hecho un antifilósofo porque su enseñanza, entre lo funcionarial y lo banal, es la negación de la filosofía, que es siempre pensamiento vivo, por tanto, intempestivo.

Ese precipicio no es una metáfora poética ni un lujo romántico: es la condición misma de posibilidad de la filosofía cuando deja de ser un objeto de estudio para convertirse en un acto. El profesor de química mide, experimenta, publica, cobra y duerme; su disciplina avanza acumulativamente, con protocolos, con peer review, con laboratorios financiados. El salto es técnico o profesional, no existencial. En filosofía, el salto es traumático porque la filosofía no acumula verdades seguras, sino que las disuelve, las quema, las vuelve sospechosas. Pensar en serio es siempre un atentado contra lo que ya se da por sentado, y lo que se da por sentado incluye, casi siempre, la propia institución que paga el sueldo del profesor. Un buen profesor de cualquier cosa, educa; salvo en filosofía, donde deseduca, en el sentido de que hace temblar los ídolos de la tribu incluso aunque esté obligado por ley a enseñarlos. Cuando un alumno sale de clase de un profesor de matemáticas o latín, ha aprendido algo de matemáticas o latín; sin embargo, cuando sale de una buena clase de filosofía n–si el profesor, además de profesor, es un filósofo–, no solo sabe menos de filosofía, sino que sabe menos de matemáticas y latín.

No se quemaban los libros de economía de Juan de Mariana, sino los de filosofía política. Y al católico Descartes no lo perseguía la jerarquía católica por sus ejes cartesianos sino por sus meditaciones metafísicas; por no hablar de Spinoza, que ni siquiera era profesor sino pulidor de lentes, al que expulsaron de la sinagoga con una sentencia de excomunión que es lo más bello que jamás se ha dicho de un filósofo, porque las brutales maldiciones de los fanáticos son los más grandes elogios para los que se atreven a pensar por sí mismos:

Como no obtuvieran ningún resultado y como, por el contrario, las horribles herejías que practicaba y enseñaba, lo mismo que su inaudita conducta, fueron en aumento, resolvieron de acuerdo con el rabino, en presencia de testigos fehacientes y del nombrado Spinoza, que este fuera excomulgado y expulsado del pueblo de Israel, según el siguiente decreto de excomunión: Por la decisión de los ángeles y el juicio de los santos, excomulgamos, expulsamos, execramos y maldecimos a Baruch de Spinoza. Maldito sea de día y maldito sea de noche; maldito sea cuando se acuesta y maldito sea cuando se levanta; maldito sea cuando sale y maldito sea cuando regresa. Que el Señor no lo perdone. Que la cólera y el enojo del Señor se desaten contra este hombre y arrojen sobre él todas las maldiciones escritas en el Libro de la Ley. El Señor borrará su nombre bajo los cielos y lo expulsará de todas las tribus de Israel abandonándolo al Maligno con todas las maldiciones del cielo escritas en el Libro de la Ley. Pero ustedes, que son fieles al Señor vuestro Dios, vivid en paz. Ordenamos que nadie mantenga con él comunicación oral o escrita, que nadie le preste ningún favor, que nadie permanezca con él bajo el mismo techo o a menos de cuatro yardas, que nadie lea nada escrito o transcrito por él.

Por eso tantos profesores de filosofía terminan siendo custodios de ruinas. Comentan a Kant con precisión quirúrgica, deconstruyen a Derrida con notas al pie impecables, pero evitan la pregunta que el propio Kant o Derrida se hicieron a sí mismos en los momentos de mayor riesgo: ¿vale la pena seguir viviendo así, pensando así, si el precio es la alienación total del mundo? El profesor puede responder con un "sí, porque hay que transmitir el legado"; el filósofo responde con un silencio o con un gesto que lo expulsa del legado mismo. Nietzsche no era profesor cuando escribió Zaratustra (ya lo habían echado de Basilea por enfermedad y por herejía intelectual); Kierkegaard nunca fue profesor universitario; Simone Weil enseñó, pero su filosofía la llevó a las fábricas a compartir el trabajo con los proletarios y a la muerte por inanición al negarse a comer más de lo que comían sus compatriotas franceses bajo el yugo totalitario; Cioran escribía en cafés y en la miseria parisina sin pedir cátedra. Y casi que mejor para él, porque a Camus y Aron los perseguía la inquisición intelectual de los filósofos comunistas, valga el oxímoron, Sartre y Simone de Beauvoir. A Bertrand Russell le impidieron dar clase en Nueva York porque un movimiento popular lo acusó de "inmoralidad", "promiscuidad sexual" y, Dios bendito, "ateísmo". El juez de su caso dijo que sus libros contenían "filth" (porquería), que atentaban contra la salud pública, la seguridad y las buenas costumbres, y que equivalían a alentar "secuestro" o corrupción de menores. Declaró que Russell era "indigno" de enseñar y que su presencia "corrompería" a los estudiantes. Russell, sin duda, era un heredero legítimo de Sócrates y Spinoza. A ​​Hubert T. Dreyfus trataron de echarlo los ingenieros de computación del MIT porque les proponía cambiar sus modelos cartesianos por Heidegger. Ellos no "enseñaban filosofía", sino que la vivían como una herida abierta, algo que no se cura sin dolor y sin razón.

El abismo se agranda en el siglo XXI porque la universidad, convertida en empresa de méritos y métricas, premia exactamente lo contrario de lo intempestivo: la productividad previsible, el artículo rutinario en revista indexada, el proyecto financiado a mayor gloria de sus beneficiarios, el posgrado que genera más posgrados. El profesor que aspira a ascender debe publicar algo así como "El Rubicón de la Realidad: Teoría pretextual semiótica en el entrecruzamiento cuántico entre John Cage, Marcel Duchamp y Chiquito de la Calzada" antes que arriesgar un ensayo que cuestione si la propia universidad no es ya una forma de necropolítica intelectual, de cementerio de elefantes cuando no de merienda de hienas. El filósofo, en cambio, puede (y suele) publicar en blogs olvidados, en editoriales independientes que quiebran al segundo libro, o no publicar nada y limitarse a pensar hasta que el pensamiento lo quema por dentro.

Y aquí viene la paradoja más cruel ya que algunos cruzan el precipicio desde la cátedra y sobreviven (además de Russell y Dreyfus, Antonio Escohotado, Agustín García Calvo, José Luis López Aranguren, Enrique Tierno Galván, Foucault, Deleuze, incluso Žižek en sus momentos menos performativos), pero pagan con una esquizofrenia permanente. Por un lado, el sueldo y el prestigio; por el otro, la necesidad de sabotear continuamente esa comodidad para no convertirse en estatua de sal académica. La mayoría no cruza, si acaso se queda en el borde, mirando el vacío con ternura culpable, y enseña a sus alumnos a mirar también… sin saltar nunca.

En el fondo, la distinción no es solo sociológica o económica; es ética y ontológica. El profesor de filosofía puede ser un gran transmisor, un archivista brillante, un pedagogo inspirador. Pero si su enseñanza no despierta en el alumno la urgencia de tirarse al precipicio —o al menos de asomarse temblando—, entonces está enseñando historia de la filosofía, no filosofía. Y la historia de la filosofía, como cualquier historia bien contada, es reconfortante porque permite entender el pasado, o manipularlo, sin tener que cambiar el presente, en el que se vive cómodamente instalado.

El filósofo, en cambio, no consuela sino que incomoda, desgarra, obliga a lidiar con lo real tal como es —sin anestesia curricular, sin rúbrica de evaluación, sin vacaciones de verano pagadas—. Por eso le pegan, y es que el mundo no tolera bien a quien recuerda que la comodidad es una ilusión y que pensar de verdad es, casi siempre, una forma lenta y lúcida de autodestrucción, no porque termine tirándose al Etna en erupción, sino porque pensar significa cambiar de ideas cuando son otros los hechos o se ofrecen mejores argumentos.

Así que, en última instancia, la pregunta no es si un profesor puede ser filósofo (sí, algunos lo son, a costa de todo). La pregunta es si la filosofía puede sobrevivir dentro de la academia sin convertirse en su opuesto, en una máquina de reproducir conformismo disfrazado de crítica. Mientras el precipicio siga ahí, el abismo no se cierra. Y mientras haya profesores que no se tiren, la filosofía seguirá siendo, para la mayoría, solo una asignatura más. Que el Diablo nos perdone.