
En su famoso ensayo El poder de los sin poder, Václav Havel describía el comunismo real como un sistema en el que todos viven dentro de la mentira. Nadie cree realmente en la propaganda, pero todos la repiten porque el precio de disentir es demasiado alto en forma de ostracismo, pérdida de privilegios y, en última instancia, ruina profesional. El ritual de adhesiones se mantiene no porque se tenga una auténtica convicción, sino por miedo y conveniencia. Nadie se atreve a decir «el rey está desnudo», y así la farsa se perpetúa.
Algo análogo ocurre hoy en Hollywood con los Oscar. La Academia de las Artes y las Ciencias Cinematográficas no premia ya lo mejor del cine —lo que siempre era su intención, aunque cometiesen errores mayúsculos—, sino que administra un sistema de cuotas ideológicas disfrazado de virtud. Desde 2024, para optar a Mejor Película se exige cumplir con unos estándares DEI (Diversidad, Equidad e Inclusión) que recuerdan más a un formulario burocrático soviético que a un criterio artístico. El programa Aperture 2025 establece cuatro bloques de criterios —representación en el reparto, representación en el equipo técnico, acceso a oportunidades en la producción, y representación en la distribución y el marketing— y una película debe satisfacer al menos dos de ellos para ser elegible. Dentro de cada bloque, los requisitos incluyen que al menos un actor principal o de reparto relevante pertenezca a un grupo subrepresentado, que determinados porcentajes del equipo técnico procedan de minorías, o que la trama principal gire en torno a esos grupos. No es, en rigor, un corsé único e inapelable, sino una red de exigencias lo suficientemente tupida como para orientar —cuando no directamente condicionar— las decisiones creativas desde la fase de desarrollo.
No se trata solo de elaborar un reparto de intérpretes y un equipo técnico. Es una ingeniería ideológica completa, ya que el guion debe girar en torno a la victimización identitaria, los personajes deben encarnar las categorías de opresión aprobadas, la puesta en escena debe ser didáctica, y cualquier atisbo de ambigüedad moral, ironía o universalismo clásico queda proscrito como «problemático». El resultado es previsible, con películas que parecen manifiestos políticos de los habituales abajofirmantes para críticos de cine convertidos en activistas más que obras de arte.
Basta recordar qué habría pasado con algunas obras maestras del pasado bajo estos criterios. El Padrino (1972), de Coppola, no habría pasado el corte con su trama centrada en el crimen organizado familiar sin agenda de género o raza explícita y cero énfasis en narrativas de minorías oprimidas. Lo mismo con Ciudadano Kane, El Señor de los Anillos, 2001: Una odisea del espacio, Taxi Driver o No es país para viejos. Todas habrían tenido serias dificultades para cumplir con la cuota ideológica. El arte grande, el que trasciende su época y su lugar, es incompatible con el corsé del realismo social, sea bolchevique —el que le pretendían imponer a Shostakovich y Bulgakov— o woke, con el que tiene que lidiar Tarantino, Jerry Seinfeld y Woody Allen.
Cuando el molde ideológico se impone, el resultado artístico implica la mediocridad estética. Tomemos los dos filmes que, en la temporada 2025-2026, acumularon más nominaciones: Sinners, de Ryan Coogler, y la última de Paul Thomas Anderson, Una batalla tras otra. Ambas películas son, francamente, malas, aunque con ramalazos de buen cine, porque tanto Coogler como Anderson son buenos directores. Pero en ambas se impone el sesgo y el mensaje a la puesta en escena, la complejidad, la originalidad y la autenticidad. No son malas por accidente, sino por diseño. Están construidas con el molde DEI a través de tramas que giran obsesivamente en torno a identidades raciales y de género, diálogos que parecen salidos de un manual de sensibilidad, personajes planos que existen para encarnar categorías sociológicas en vez de espíritus complejos, y una dirección que sacrifica ritmo, tensión y belleza visual en aras de la corrección moral. Paradójicamente, los personajes más conseguidos en ambas películas son los malvados, unos vampiros irlandeses y un militar fascistoide, pero es que el arte es más fuerte que la política. Son cine panfletario disfrazado de arte, como aquellas películas soviéticas que la Asociación de Escritores y Músicos imponía a Shostakovich o Bulgakov: realismo socialista en versión californiana. El genio se ahoga bajo la ideología.
Hollywood vive hoy dentro de la mentira woke. Todos saben que muchas de las películas premiadas son mediocres, que los criterios artísticos han sido sustituidos por clichés burocráticos, que la Academia premia la militancia más que la maestría. Pero nadie se atreve a decirlo en voz alta. Los productores temen la cancelación, los actores el boicot en redes, los críticos la etiqueta de «fachas». El resultado es una industria que se autoengaña y, peor aún, engaña al público.
Como en el cuento de Andersen, el rey va desnudo pero con un montón de tatuajes por todo el cuerpo: "metoo", "black lives matter", "no a la guerra", "Taking Down Trump", "LGTBI2S+", etc.; pero el cortejo de aduladores sigue aplaudiendo. Hasta que alguien —un espectador honesto, un cineasta valiente, digamos que hablo de Ricky Gervais— diga la verdad: los Oscar ya no son sobre cine, sino sobre poder ideológico, sobre el núcleo irradiante de unos cineastas que desde su analfabetismo funcional manifiesto pretenden convertir los atriles en púlpitos y las películas en sermones. Y mientras eso no cambie, el verdadero arte seguirá fuera de la alfombra roja.
