La novela que Amazon no quiere que leas
Reducir la identidad europea a una "cultura política" abstracta de derechos y democracia ignora la densidad antropológica de nuestras naciones.
Hace apenas unos días, Amazon retiró de su catálogo la edición en inglés de El desembarco (Le Camp des Saints, título original en francés), una novela de vocación profética de Jean Raspail que fue publicada en 1973. La excusa oficial fue su "contenido ofensivo" respecto al tema de la migración. Tras el escándalo suscitado por la censura wokesianamte correcta, el libro volvió a estar disponible a los pocos días, pero el episodio confirma lo que la obra ya anticipaba y es que ciertas posiciones sobre la inmigración masiva y la decadencia europea siguen siendo inaceptables para las élites culturales del siglo XXI.
Raspail dibujó una fábula apocalíptica en la que un millón de desesperados del Tercer Mundo llegan en barcos a las costas de Francia y Occidente. Paralizado por la ideología de la descolonización y sus correlatos de culpa histórica y humanitarismo abstracto, Occidente se derrumba sin resistencia, rindiéndose a unas hordas de bárbaros que defienden que cortar clítoris de niñas y colgar de gruas a gays, por no hablar de mujeres tapadas hasta la coronilla, no son sino manifestaciones de un multiculturalismo progresista, inclusivo y diverso. Houellebecq, con su novela Sumisión, completó el diagnóstico de Raspail añadiendo capas de cruel sarcasmo. La ominosa conclusión común de Raspail y Houellebecq (a quien también querría borrar Bezos como hacía Mustafá Mond con Shakespeare en Un mundo feliz) es que Europa no necesita ser conquistada desde fuera, ya que se basta y sobra gracias a europeos convertidos en los supereunucos que pronosticó Nietzsche. Los cuales no solo se rendirán sino que subvencionarán a los que la van a destruir con deleite de resentimiento cultural e histórico. Los nuevos energúmenos, con títulos en Harvard y Oxford gracias a cuotas de diversidad étnica, ofrecen un orden primitivo pero fuerte que ofrece sentido. Ambos autores señalan la misma podredumbre mortal en Occidente, civilización degenerada que ha perdido la voluntad de existir. Es aquí donde el debate tecnócrata sobre inmigración deja de ser un asunto de cuotas, pensiones y mercado de trabajo para convertirse en una cuestión de supervivencia civilizatoria.
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