La repentina muerte de William Hanna ha sorprendido a la industria norteamericana, que ha vuelto a ver como uno de sus grandes creadores -anterior a la llegada de los sistemas de diseño informáticos- les abandona.
Hablar de la vida de Hanna, es hablar de la historia del cine de animación. Con tan solo 27 años, el creativo comenzó a trabajar en los viejos estudios de la Metro Goldwin Meyer. Fue en el departamento de animación donde conocería al que durante sesenta años ha sido su socio y mano derecha en todos los negocios que ha emprendido, el también diseñador Barbera. Durante la década de los 50 este tipo de producciones no eran rentables para la Metro, por lo que los estudios decidieron cerrar el área y la pareja decide establecerse por su cuenta.
Hanna y Barbera crean su propio estudio en 1957, y poco después, comienzan a ver los beneficios gracias a la invención de una pareja inolvidable que todavía hoy distrae a miles de niños en todo el mundo, nos referimos a Tom y Jerry. Al gato y al ratón le siguieron personajes igual de populares o incluso más. Es el caso de Huckleberry Hound, el carismático oso Yogi, las tétricas historias de Scooby Doo o la saga familiar que tantas aventuras y películas ha inspirado, los Picapiedra.
Sesenta años de trabajo han dado para mucho. El sello Hanna – Barbera ha producido nada más y nada menos que 3.000 producciones. El mercado empresarial cinematográfico condujo al dúo de creativos a vender su empresa a la multinacional Warner Bros. El contrato se firmó en 1996, un año en el que los diseñadores a la vieja usanza como William Hanna ya habían quedado relegados a un segundo plano como consecuencia de la introducción de nuevos programas informáticos a la cadena de producción de las animaciones.
