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Fernando Navarro García

Los temo porque traen regalos

Occidente ha llegado a un nivel de decrepitud –más moral que material– que lo hace especialmente susceptible de una 'transformación extintiva' asumida con indolente cobardía.

Fernando Navarro García
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Occidente ha llegado a un nivel de decrepitud –más moral que material– que lo hace especialmente susceptible de una 'transformación extintiva' asumida con indolente cobardía.
Construcción del Caballo de Troya | Cordon Press

Nadie es consciente de vivir un "momento histórico" hasta que, mucho tiempo después, alguien lo escribe o se lo cuenta. Roma no se apercibió de que había dejado de ser Roma, del mismo modo que no vemos a nuestros hijos crecer. Nuestra vida cotidiana no es imaginable dentro de un libro de historia, pero todos somos artífices de esa historia, no tanto por lo que hacemos sino por lo que omitimos y por lo que dejamos hacer.

No creo, por otra parte, que un momento histórico –ese periodo en el que cambian sustancialmente las cosas– sea necesariamente dramático, sangriento ni permanente. Todo evoluciona y se desgasta, incluso el horror más persistente. Lenin, Hitler, Stalin y Pinochet pasaron. Castro y Maduro pasarán, aunque siempre habrá otros recogiendo el testigo aquí y allá. En términos históricos, aquellos regímenes tiránicos fueron solo un instante, un momento histórico cuyo horror sólo fue percibido con descarnada intensidad por quienes tuvieron la desgracia de estar allí, de vivir el instante. El resto, quienes somos observadores desde el futuro, sólo intuimos levemente el grito de agonía que se esconde tras las estadísticas: 6 millones, 60 millones, 100 millones de muertos... Nazismo, comunismo y fundamentalismo.

No sé si Arnold Toynbee tenía razón con su visión lineal y biológica de la Historia y de las civilizaciones, pero si así fuera creo que lo que entendemos por Occidente ha llegado a un nivel de decrepitud –más moral que material– que lo hace especialmente susceptible de una transformación extintiva asumida con indolente cobardía. En muy poco tiempo –quizás ya ha ocurrido– habremos cambiado tanto que seremos otra cosa muy alejada de nuestros valores, fundados en los derechos humanos y la democracia. Y nos costará recuperarlos. Ese Occidente des-moralizado conservará sólo una carcasa externa que evoque las viejas instituciones (parlamento, prensa libre, partidos políticos...), una máscara que camufle la realidad y acalle las débiles voces de quienes aún sean conscientes de la trampa.

Sin embargo, temo que la generación del Homo videns, mayoritaria y catapultada a las alturas por el espejismo de las redes sociales, no estará dispuesta a digerir el farragoso discurso racional (sapiens) de antaño y, precisamente por ello, será fácilmente persuadida con las mismas verdades simplistas con las que Pedro el Ermitaño envió a millones de peregrinos a morir en Tierra Santa. "Dios lo quería", cuando Dios era alguien. "El pueblo lo quiere", cuando el pueblo lo es todo. Y los dioses y los pueblos siempre han sabido encontrar algún mortal llamado a interpretar sus ansias de Bondad, Virtud y Justicia. Y siempre tales nobles deseos han supuesto un baño de sangre, tanto mayor cuanto más hermoso era el Paraíso prometido, tanto más cruel cuanto más Amor se proclamaba...

Virgilo ya lo intuía en su Eneida cuando puso en boca de Laocoonte la inmortal frase: "Temo a los dánaos [griegos] incluso cuando traen regalos", (Timeo Danaos et dona ferentes). Por eso yo temo a quienes sólo traen regalos.

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