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El Bosco encriptado: místico, hereje y sectario

Muchas teorías tratan de desencriptar el significado de las obras del artista holandés, un retratista de sueños y pesadillas.

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Obra de El Bosco | Museo del Prado

Nos situamos delante de un cuadro de El Bosco (Jeroen van Aeken - 1450/1460-1516) y tratamos de descifrarlo como un algoritmo. No solemos ver estilo, técnica, perspectiva o composición, sino que solemos quedar obnubilados por los monstruos, elementos oníricos, referencias apocalípticas y seres grotescos que plagan sus cuadros. Tratamos de psicoanalizarlos. Quizás pase algo parecido con Leonardo da Vinci y algún otro, pero apenas hay artista que encierre tantos enigmas como el pintor holandés.

El legado de El Bosco son sus pinturas, no sus pensamientos. Solo conservamos sus palabras en protocolos notariales, catastros y otros registros de la propiedad. Por eso, saber qué pensaba cuando pintaba lo que pintaba ha llevado a desarrollar tesis de todo tipo. Se le sitúa cercano a las corrientes heréticas, preso de la locura, iniciado en la alquimia y creyente de Dios de un modo exacerbado.

La coronación de espinas | El Escorial

Estas teorías -algunas más que estrafalarias- quedan relegadas por la mayoría de expertos en Historia del Arte, que inciden en que el acercamiento a su pintura se debe hacer desde la óptica del siglo XVI. Hijo y nieto de pintores, El Bosco escribió el epílogo del arte medieval y, de hecho, el grueso de su iconografía proviene de este periodo. Pero, además, construyó el puente hacia el mundo moderno.

Mª Victoria Chico Picaza, doctora en Historia del Arte y profesora titular de la UCM, describe al holandés como "uno de los representantes más significativos de la espiritualidad del final de un mundo, la Edad Media, y el comienzo de otro, la Edad Moderna, en los años 1500" e insiste en que fue "un perfecto representante de su tiempo, de sus miedos y de sus frustraciones". "Recoge y recrea un repertorio muy rico de simbolismos consolidados a lo largo de toda la Edad Media, construyendo con ellos una visión del mundo que oscila entre la lección moralizante y la fantasía, con una técnica pictórica magnífica, que muchas veces se deja de lado ante lo sugerente de su temática", explica a Libertad Digital. Chico niega con rotundidad el apelativo de hereje: "En absoluto, es un intelectual de su tiempo, crítico con los usos y abusos de la sociedad que le rodea y que, como queda patente en algunas de sus obras o de las de su entorno, remite al espectador a la reflexión 'cave, cave, Deus videt (Ten cuidado que Dios está mirando)'".

Inspiración sagrada

La inspiración fundamental de la obra de El Bosco se encuentra en las Sagradas Escrituras. Isabel Mateo Gómez, profesora de investigación del Departamento de Historia del Arte del CSIC, asegura en el libro El Bosco en España que los temas que trataba el holandés no eran más que aquellos que los "que interesaron a la sociedad del periodo que le toco vivir". Él, como pocos, "supo poner al alcance de ellos estas preocupaciones sociales y religiosas que parecían ser privativas de la literatura y sociedad culta". "Nunca hasta entonces ningún pintor había intentado fusionar lo cristiano con lo pagano sin que afectase a la intensidad de ambos", escribe.

Mateo cree que El Bosco no pensó que sus obras resultaran alguna vez enigmáticas: "Sus contemporáneos estaban familiarizados con toda esta simbología, no solo en los Países Bajos, sino en toda Europa hasta bien finalizado el siglo XVI". Así, por ejemplo, el cuadro La extracción de la piedra de la locura (Museo del Prado) no muestra más que los avances sobre enfermedades mentales que había en esa época.

'La extracción de la piedra de la locura' | Museo del Prado

Su supuesta herejía, no es cosa de nuestro siglo. Francisco de Quevedo, que conoció su obra, comentó en El Sueño del Alguacil endemoniado o Diálogo Apologético la falta de fe del artista y le definió como un descreído que pinta escenas "lascivas". Hay historiadores, entre los que destaca el alemán Wilhelm Fraenger (1890-1964), que defienden que El Bosco perteneció a una secta herética del medievo, los Hermanos del Libre Espíritu, y su cuadro El jardín de las delicias es un encargo para ilustrar la Biblia Adamita -el libro sagrado de esta doctrina surgida entre el siglo II y el III en África-. Esta reflexión sigue vigente.

Interpretación en clave alquímica

Son muchos los autores que han tratado de interpretar la obra de El Bosco en clave alquímica. Así encontramos la novela El alquimista holandés (Esfera de libros) de Isabel Abenia o La Alquimia en el Bosco, Durero y otros pintores del Renacimiento (Symbolos), de José Antonio Bertrand. Este escritor asegura que hay muchos elementos que atestiguan su iniciación, como "la Fuente de la Juventud que ofrece el elixir de larga vida, un símbolo típicamente alquímico" y que, según dice, se ve en El Jardín de las delicias.

El Jardín de las delicias | Museo del Prado

Nos permite suponer que el Bosco era un iniciado, o por lo menos, trabajaba para una escuela de alquimistas. Nos muestra por un lado las regiones infernales y por otro los jardines celestes. Ello expresa la melancolía del iniciado que lucha contra las tentaciones del mundo y su alegría en la iluminación final.

Además, insiste en que El Bosco "conocía perfectamente el simbolismo del bestiario alquímico" y lo ejemplariza con la presencia de un unicornio, "simbolismo alquímico del principio masculino".

El padre Sigüenza, primer analista de El Bosco

El más profuso defensor de su fe y su cordura fue el padre Sigüenza (1544-1606), consejero de Felipe II y bibliotecario del Monasterio de El Escorial. En Historia de la Orden de San Jerónimo (1605) inventarió los cuadros del monarca, ubicó las obras de El Bosco y alejó las acusaciones de herejía:

Más disparate cometemos nosotros al considerarlas como tales, pues los cuadros no son sino una sátira pintada de los pecados y desvaríos de los hombres.

El padre Sigüenza no podía permitir que sonase una acusación tan importante sobre uno de los pintores preferidos de Felipe II, algo que podía atraer la atención de la Inquisición.

Agustín Sánchez Vidal, Catedrático de Historia del Arte de la Universidad de Zaragoza y autor de Felipe II y el Bosco: de la Leyenda Negra a la España Negra reitera a Libertad Digital la importancia de la religión en el periodo histórico del que hablamos. "Es que en su época todo pasaba por el tamiz de la religión. Y hoy nos cuesta meternos en la piel de un hombre perteneciente a lo que se ha llamado el otoño de la Edad Media. Si intentamos leer a un escritor en nuestro propio idioma de hace 4, 5 o 6 siglos, nos toparemos con un muro: el lenguaje, que no es el mismo, aunque la lengua sí lo sea. Es lo que le pasa a Cervantes, cuyo Quijote a pesar de que sus aventuras y desventuras sean harto conocidas, han sido traducidas al español actual. El Bosco nos interpela desde otro tiempo, otra tradición cultural y otro lenguaje", asegura Sánchez.

Admite que es uno de los artistas más enigmáticos y nos hace esta apreciación: "Lo curioso de El Bosco es que, a pesar de ser un artista difícil, es muy popular. Basta darse una vuelta por el Museo del Prado y ver los visitantes que se agolpan frente a El Jardín de las Delicias. Hay muchos otros pintores que son populares por distintos motivos, incluso por la pretensión de desencriptar sus obras -Leonardo da Vinci viene de inmediato a la memoria-, pero El Bosco es un caso aparte, ni siquiera sus mejores expertos se ponen de acuerdo en lo que 'quieren decir' sus imágenes, sus propósitos últimos. Y esto seguirá haciendo correr ríos de tinta".

Sánchez Vidal nos da otra clave sobre la sombra de El Bosco en las generaciones de artistas y pensadores posteriores: "En cierto modo, cuando sus cuadros hablan de nuestros pecados capitales, de la lujuria, la avaricia u otras pulsiones, está visualizando lo que luego explorará Freud y cartografiarán los pintores contemporáneos. Fue reivindicado por algunas de las vanguardias más exigentes, como el surrealismo. André Breton lo cita en su Manifiesto. Y no digamos ya Joan Miró, Salvador Dalí, Max Ernst y tantos otros".

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