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La muerte de un showrunner

Hasta los ochenta y cuatro, dos antes de su muerte, el guionista Horacio Valcárcel, colaborador de José Luis Garci, estuvo dándole a la tecla.

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Su nombre, el de Horacio Valcárcel, hubiera sido noticia esta semana, tanto de haber muerto el domingo pasado como de seguir vivo hoy. Hubiera sido noticia por la muerte de Antonio Mercero, para quien Valcárcel escribió los guiones de sus series Verano azul, Turno de oficio y Farmacia de guardia. Y hubiera sido noticia también porque Garci -de estreno, con su Insert coin- ha anunciado que sí, que habrá tercera parte de El crack. En realidad, no será El crack III. Será El crack 0 o El crack antes de El crack, o sea, antes de que Germán Areta tuviese la cara de Alfredo Landa.

Lo de El crack viene a cuento -o peor: a necrológica- porque Horacio Valcárcel escribió a cuatro manos con Garci los guiones de la primera parte y de la segunda y, bueno, casi todos los títulos de nuestro chico de barrio favorito. Además, juntos los dos fundaron la revista Nickel Odeon y la productora de igual nombre, con unas oficinas en la calle Bárbara de Braganza que todavía hoy conservan esa atmósfera, como de luz de spot al atardecer, del Madrid de los 80. Y es por su doble faceta de guionista y de productor, por lo que cabe hablar de Valcárcel como showrunner, y mucho antes de que importáramos el término. Pero lo reseñable no es eso.

Lo reseñable es el amor por su oficio -hasta los ochenta y cuatro, dos antes de su muerte, estuvo dándole a la tecla- y también una saludable tendencia a pasar desapercibido, que inhabilita las quejas de algunos por la poca repercusión que ha tenido su fallecimiento, como si no ser trending topic el día de tu entierro fuera un desdoro y como si no bastase con haber firmado en vida, solo o en compañía de otros, algunos de los mejores guiones de nuestro cine y de nuestra tele.

Eso sí, quien quiera saber cómo fueron sus trabajos y sus días, los de Valcárcel, solo tiene que poner en el VHS Sesión continua, la peli esa que parió con Garci, al que puede reconocerse en el personaje interpretado por Jesús Puente, y a Horacio, si se quiere, en Adolfo Marsillach, dos guionistas itinerantes que lo mismo escribían sus diálogos en un apartamento frente al Windsor, paseando por el Retiro, en un quiosco con terraza de Pintor Rosales o en un chigre cualquiera de Gijón o de Avilés.

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(En cambio, el recorrido por Nueva York que hacen Alfredo Landa y Manuel Tejada en El crack –la estación de Pensilvania, el Madison Square Garden, el puente de Brooklyn-, ese recuerda más al viaje a la gran manzana que hicieron Mercero y Garci, y que este reseñó en un artículo, Mercero y el Dow Jones, tan electrizante que daban ganas de quedarse a vivir o algo en el índice bursátil ese.)

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Volviendo al feraz -que no feroz- anonimato de Valcárcel, sí es verdad que se echa en falta la edición en papel de sus guiones para la tele; suyos y de otros grandes del género, como Eduardo Ladrón de Guevara, los Olivares, Moisés Gómez, Chicho y Armiñán por supuesto, o un primerizo Fernando León de Aranoa. Austral ya se atrevió, hace muchos años, con Ana Diosdado y sus Anillos de oro -prologados, lo que son las cosas, por Garci-, elevándolos a la categoría de clásicos. Que no otra cosa sino eso, clásicos, son los libretos -qué bonita palabra- de Verano azul, Turno de oficio y Farmacia de guardia. Habrá quien diga que leer guiones es como escuchar música en una partitura, pero haberlos los habemos que nos paramos a leer los papeles rotos de las calles y también los títulos de crédito hasta el final.

Bueno, y hasta aquí nuestro homenaje a Valcárcel. Ahora toca el pésame al viudo Garci, quien ha confesado no haber tenido con ninguna mujer -y mira que ha estado con muchas, el tío- una relación tan estable como con su amigo Horacio: cuarenta años cumpliendo películas juntos y ni una sola discusión. Pero si solo fuera Valcárcel…

En poco más de un año, a Garci se le han ido, por este orden, Gil Parrondo, Jesús Gluck, el propio Horacio Valcárcel y Antonio Mercero, los dos últimos en la misma semana. Al final, va a resultar que el poeta estaba equivocado: no son los muertos, son los vivos, los que se quedan solos. Pero se ve que esa era la cosa. La cosa esa tan manida de la vida.

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