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Un Gobierno que quería aplicar sus principios

A los seis años de que José María Aznar pusiera en marcha la refundación política del centro-derecha español, llegó al gobierno un PP que no ocultaba sus principios y convencía a millones de españoles de que esas ideas eran las mejores.

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José María Aznar en su primera investidura como Presidente de España (1996) | Corbis

El 3 de marzo de 1996 pasó algo que hoy resulta casi increíble: después de unas elecciones sin mayoría absoluta se produjo, por fin, una alternancia política tranquila y transparente. El que ganó las elecciones supo reunir una mayoría suficiente para llevar adelante su programa político; no el programa de las minorías, sino el suyo. A los seis años de que José María Aznar pusiera en marcha la refundación política del centro-derecha español, llegó al gobierno un PP que no ocultaba sus principios y sus propuestas liberales, sino que convencía a millones de españoles de que esas ideas eran las mejores. Llegó al gobierno un PP que no estaba dispuesto a negociar con los terroristas, sino a derrotarles. Y un PP que era un partido alegre, porque no creía que tuviera que pedir perdón por no ser de izquierdas, ni le reconocía a la izquierda ningún tipo de superioridad ética ni democrática. Por eso Aznar ganó las elecciones, y por eso hizo durante ocho años el mejor gobierno que ha tenido la España contemporánea.

Tuve el honor de estar ahí desde el primer día. Con Esperanza Aguirre entré una mañana de mayo de 1996 en el Ministerio de Educación y Cultura, en el que hacía décadas que nadie desarrollaba una política educativa que recompensara el estudio, reconociera el mérito y examinara los conocimientos de los estudiantes. Aguirre me puso al frente de su gabinete, y eso me convirtió en el director general más joven del primer gobierno de Aznar. Pude ver desde el primer día que aquel gobierno de Aznar era un gobierno que creía en la libertad, en la responsabilidad individual, y en un gobierno limitado, que no pretendía regular más, sino desregular; que no quería tener más poder en la economía y la sociedad, sino menos. Y que precisamente por eso consiguió que se crearan cinco millones de puestos de trabajo en una España que llevaba décadas sin crear nuevos empleos. Los indicadores del cambio, recopilados al finalizar la etapa por FAES, muestran de manera abrumadora una España que cambió, que se modernizó, y que por eso fue capaz de generar oportunidades para personas que hasta ese momento no las habían tenido.

La clave esencial del acierto de Aznar

Se recuerda muy poco lo que, en mi opinión, fue la clave esencial del acierto de Aznar. Me refiero a los decretos-ley de liberalización económica, apertura a la competencia, privatización y reducción de impuestos de junio de 1996. Creo que no es exagerado decir que esos decretos marcaron el fin de una época económica de mediocridad y abrieron, gracias al mercado libre, una etapa que dio mucha prosperidad y excelentes resultados, especialmente para los que hasta ese momento ni siquiera conseguían trabajar.

Los decretos-ley de apertura al libre mercado vinieron en dos oleadas, los viernes 7 y 14 de junio de 1996. Aznar quiso llevarlos a Consejo de Ministros muy rápido, apenas un mes después de la formación del Gobierno. Y además lo hizo con la más absoluta discreción, sin filtraciones previas que hubieran puesto en riesgo la integridad y la limpieza de las medidas. Aznar los preparó ayudándose, fundamentalmente, en el grupo de jóvenes liberales de su Gabinete: Gabriel Elorriaga, Alfredo Timermans, Baudilio Tomé y Carlos Aragonés. ¿Por qué lo hizo tan rápido y tan silenciosamente? Mi opinión –y es sólo una suposición mía- es que quería evitar que los ministros, recién llegados a sus carteras, se atraparan a sí mismos en el bucle de pasividad que suelen recomendar los burócratas, los sindicatos y –más que nadie- los lobbies corporativos empresariales que defienden privilegios, monopolios y proteccionismos que benefician a unos a costa de perjudicar a los consumidores. Aznar quería libre mercado, y no estaba dispuesto a que nadie le dijera "eso no se puede hacer".

Por eso lo hizo así. Y por eso la profundidad de las medidas que fueron aprobadas en esos decretos: terminó el monopolio proteccionista en las telecomunicaciones, y la competencia permitió a millones de españoles lo

que entonces no podían ni soñar: que en pocos años estuviera al alcance de sus bolsillos tener un teléfono móvil, lo que hasta ese momento era privilegio de millonarios. Se liberalizaron mercados de combustibles, de energía eléctrica, de servicios profesionales, del suelo (aunque poco tiempo después el Tribunal Constitucional lo impidiera). Se abrió la puerta que dos años después condujo a que, por primera vez en la historia contemporánea, los impuestos en vez de subir, bajaran. Una semana después otro Decreto-Ley abrió la posibilidad de que los hospitales públicos pudieran ser gestionados externalizadamente, a través de empresas especializadas. En definitiva, el conjunto de medidas de reforma económica que puso Aznar encima de la mesa en junio de 1996, tres meses después de las elecciones, ha sido el motor para que España creciera, y para que aguantara la dura crisis de los últimos años.

Por supuesto que no fue fácil. Entonces se dijo de Aznar que era un peligroso ultraliberal, privatizador y antisocial. Pero Aznar aguantó la doble presión: la de la izquierda que sigue creyendo que el socialismo es lo único moralmente aceptable, y la de los sectores empresariales que no vivían mal, protegidos de la competencia y arropados por las subvenciones. Un presidente valiente y con principios hizo reformas nada más llegar al gobierno, en la primavera de 1996. Fue reelegido con una amplia mayoría absoluta en el 2000. Mariano Rajoy no quiso hacer lo mismo en 2011, cuando llegó al gobierno. Pensó que hacer reformas le quitaría votos y le haría perder posibilidades de ser reelegido. El resultado está ahora a la vista. Juzguen ustedes mismos.

Javier Fernández-Lasquetty, vicerrector de la Universidad Francisco Marroquín.

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