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Antonio Escohotado

Vivir del cuento

Fuimos educados en suponer que la reaparición de Lenin no consumó una iniciativa golpista sino la revolución, y toda suerte de locutores y presentadores actuales coinciden en no tener ni idea sobre el asunto.

Antonio Escohotado
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Fuimos educados en suponer que la reaparición de Lenin no consumó una iniciativa golpista sino la revolución, y toda suerte de locutores y presentadores actuales coinciden en no tener ni idea sobre el asunto.

La existencia no ya de una clase, sino de una casta política, fue uno de los abusos más flagrantes para los tribunos nacidos al calor de la acampada en Sol, que tras reconocerse como Movimiento 15-M, y nombrar a su equipo directivo, obtuvieron 69 escaños en las elecciones de 2014. Este noviembre su representación se contrajo a 35; pero pasó de denunciar la existencia de dicha casta a "temer por los escaños" expresamente, y reacciona al revés electoral diciendo: "se duerme peor con más de 50 diputados de la extrema derecha que con ministros y ministras de Unidas Podemos".

Pero "la extrema derecha" es un espantapájaros instalado por la única formación extremista superviviente de la Segunda Guerra Mundial, que se llevó todos hacia un centro variopinto salvo a la izquierda de la izquierda. Todavía hay analfabetos funcionales dispuestos a dudar de que PP y Vox sean partidos conservadores –uno hipócrita y otro menos–, e incluso algún chalado que confunde al monarca constitucional de Escandinavia, Bélgica, Holanda, Inglaterra o España con las dinastías tiránicas instaladas en Cuba, Corea del Norte y Venezuela. Todavía más asombroso es ignorar la capacidad adquisitiva de sus respectivos pueblos.

Como en el pasado, cierta proporción opta por creer antes de ver –el consejo de Mahoma-, y tanto ayer como hoy prefiere seguir imaginando a averiguar, ajena incluso a evidencias tan elementales como que la envidia es admiración abyecta, pero admiración a fin de cuentas. Quien no encuentra modo de amar y ser correspondido opta por ese odio crónico, y Dostoievski dedicó páginas memorables a describir las "almas del subsuelo" que acaban disfrutando el dolor ajeno y la humillación propia, porque faltas de rectitud y coherencia les vedan respetarse.

Dostoievski sabía de lo que hablaba, porque se reconoció alma del subsuelo (o "superflua"), y vivió escandalizado al constatar cómo su infeliz temperamento lo multiplicaba en Rusia la recepción del mensaje revolucionario occidental. De ahí dedicar varias novelas al "ex estudiante", que mataba aquí a una vieja y acullá a un colega del Partido, amparado en el ideal de poner último al primero, destruyendo para construir desde cero. De ese ideal partieron iniciativas cristalizadas en el golpe de 1917, que fulminó físicamente al primer Gobierno socialdemócrata ruso, según éste porque el Alto Mando alemán repartió liberalmente dinero para poder cerrar el frente oriental, cuando la llegada del cuerpo expedicionario norteamericano puso en peligro el otro.

Preguntémonos por qué ni en el Instituto ni en la Universidad se menciona siquiera tal cosa, cuando tan esclarecedor para el alumno sería recordar que Lenin desoyó a su propio Comité Central en la primavera de 1917, prefiriendo esconderse en una remota choza finlandesa todo el verano, asaeteado por los incontables mosquitos de esas latitudes, a explicarse ante el tribunal de un país que acababa de derogar la pena de muerte, y acusaba a los bolcheviques de trabajar para Alemania. Cuánto me habría ayudado saberlo a los 15 años, cuando sin salir de la evidencia indiscutida hay detalles tan jugosos como que otros bolcheviques–fundamentalmente Kámenev, a quien se unió el hasta entonces menchevique Trotsky–acudieron a la citación, y multiplicaron su prestigio siguiendo lo previsto por el Comité, que era aprovechar la cárcel como altavoz y prueba de valor revolucionario.

Nada parejo me sugirieron toda suerte de profesores, probablemente sumidos ya en la campaña de desinformación promovida por el propio golpe de 1917, fuente de una propaganda lo bastante magistral como para pervivir casi intacta hasta hoy mismo, cuando la red empieza a deparar alternativas al masaje mediático, y deja de ser sacrilegio para muchos tener presente lo concreto, tras comprobar que pasarlo por alto deforma sectariamente la historia del mundo. Fuimos educados en suponer que la reaparición de Lenin no consumó una iniciativa golpista sino la revolución, y toda suerte de locutores y presentadores actuales coinciden en no tener ni idea sobre el asunto, o en no querer hablar del tren sellado y otros servicios prestados en definitiva por el Kaiser.

Pero estamos a tiempo –y a golpe de pocos clics– de saber qué le imputó a Lenin la breve Rusia socialdemócrata, y también de seguirle la pista a los millones de marcos oro –20 según unos, 50 según otros– repartidos en un país famélico y desgarrado, donde cualquier pieza del vil metal abría infinidad de puertas. No hay duda de cuánto agradecería también el alumnado saber qué le ocurrió al zar, según nuestros planes de estudio "algo impuesto en gran medida por las dramáticas circunstancias", cuando la versión oficial soviética fue hasta 1926: "La esposa y el hijo de Nicolás Romanov han sido enviados a lugar seguro". Nos consta que su esposa, el heredero y sus cuatro hermanas fueron asesinados a tiros y bayonetazos –porque era lento recargar y se habían cosido las joyas en entretelas, creando cierto blindaje–, y también nos consta que según Trotsky la meta de la ejecución fue "borrar toda marcha atrás".

En cualquier caso, a la campaña de desinformación se debe que los cadáveres de esos infantes y sus padres sigan sin encontrarse, aunque más difícil haya resultado esconder el fruto de aquellos afanes, que empezó inventando el sistema gulag –introducido con la novedad de leyes secretas– para sacarle su jugo laboral al enemigo de clase. Con nueve y medio de cada diez rublos adscritos a armamento, espionaje y AgitProp, los rusos alternaron hambrunas con desnutrición hasta implosionar en 1989, cuando la clase obrera del mundo no cercado por telones de acero llevaba medio siglo votando capitalismo. El principal perjudicado por ello fue Cuba, a quien llevaba cuatro décadas subvencionando como el pobre al mísero, a cambio de que sus tropas, comandos y espías combatiesen al llamado imperialismo yanqui en Iberoamérica y África, donde sus "Misiones" colaboraron con genocidios sistemáticos en Etiopía, Angola, Mozambique, y las tres Guineas, en las cuales sus médicos siguieron tratando a los sucesivos dictadores/redentores.

Apoyada sobre la alergia a la letra de nuestros jóvenes, la campaña desinformadora logra éxitos como reclutar a una ancha franja de edad que ya no trabaja con alegría, y tampoco ve posible tal cosa en su particular caso. Mi hijo Antonio, un reiterado votante de Podemos, me explicaba hace algo menos de una década –al cumplir 18- que había crecido en un medio demasiado afluente para crear mentalidad productiva, "eso de buscarse sin descanso a sí mismo, hasta encontrar un empeño tan útil para uno como para los demás". Me dejó estupefacto su lucidez, que hace un par de días alterna con el estupor provocado por la cesión a Podemos de la vicepresidencia y varios Ministerios.

¿Cómo? Pues por simple paso del tiempo. Cuando conocí a Pablo Iglesias pasamos una velada muy afable, potenciada por tapas y licores exquisitos, y salvo cierta insistencia mía quizá poco gentil –sugiriendo que leyese a Schumpeter, concretamente la Historia del análisis económico- todo discurrió como si fuésemos la versión vieja y la joven del mismo espíritu libertario. Pablo vivía entonces en Vallecas, orgulloso de "aprender allí el rencor de clase", una brújula de la cual se había visto privado en función de una crianza burguesa, y si lo llego a saber entonces no nos habríamos guiñado el ojo por coincidencia en gustos.

No volvimos a vernos, por más que sea vecino de Parquelagos hace algún tiempo; pero mi chico acaba de votarle, y me pregunto si no será porque prefieren ampliar el gasto a discurrir sobre los ingresos, como si no bastase comparar –Berlín este y oeste, Corea del sur y del norte, el Irán del Shah y el de Jomeini, la Venezuela previa y posterior a Maduro– para trascender la memez maliciosa de que la pobreza y la desigualdad crecen donde no ocurre, velando de paso que la familia Castro, la Chávez, la Kim y su clientelas mueven privadamente muchos miles de millones de dólares. Paralelamente, crecen los incapaces de encontrar un trabajo útil al tiempo para sí y para los demás, pero eso queda para otro día.

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