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Iván Vélez

La épica batalla final de la Conquista de México: asedio y toma de Tenochtitlan

La toma de la capital mexica, un laberinto, fue épica: corrió el rumor de que Cortés había muerto, los mexicas arrojaban a los españoles cabezas cortadas de sus compañeros, a otros les arrancaron el corazón. Hambruna, epidemia...

Iván Vélez
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La toma de la capital mexica, un laberinto, fue épica: corrió el rumor de que Cortés había muerto, los mexicas arrojaban a los españoles cabezas cortadas de sus compañeros, a otros les arrancaron el corazón. Hambruna, epidemia...
Cuadro anónimo del siglo XVII sobre la Conquista de México | Cordon Press

La decisión de atacar Tlatelolco fue muy discutida. Algunos se mostraron partidarios de seguir demoliendo e incendiando casas. El recuerdo de la Noche Triste pesaba en el ánimo de muchos. Pese a las reticencias, se optó por entrar para ganar su gran centro ceremonial. Aunque Hernán Cortés prefería ralentizar los movimientos, pues todavía creía posible que Cuauhtémoc reconsiderara su posición y cesara la violencia, una vez se tomó la decisión de atacar, mandó recado a Gonzalo de Sandoval para que acudiera al campamento de Alvarado con diez de a caballo, cien peones y quince ballesteros y escopeteros. En una maniobra coordinada, todas las columnas, seguidas por los aliados indígenas y cubiertas por los bergantines, se desplazaron hacia el norte. Tres calles permitían acceder a Tlatelolco. Por ello, los españoles se dividieron en tres partes. Una, encabezada por Alderete, llevaba sesenta soldados, veinte mil indios, ocho caballos y doce azadoneros y gastadores para cegar las acequias y derribar las casas; por otra calle habían de entrar Andrés de Tapia y Jorge de Alvarado con ochenta españoles, ocho de a caballo y más de diez mil indios. Cortés debía internarse por una calle angosta, seguido por cien peones, entre ellos veinticinco ballesteros y escopeteros, y ocho de a caballo. Un gran número de indios debían llegar hasta la boca de la calle, con la orden de mantenerse allí hasta el momento en el que se les ordenara entrar. Antes de iniciar la operación, Cortés insistió en la importancia de cegar todos los puentes que fueran tomados.

Todo transcurría según lo previsto hasta que ocurrió el desastre. A la cabeza de sus hombres, el capitán avanzó por una calzada enlodada. Como en otras ocasiones, los mexicas alternaban los ataques con las huidas, tratando de atraer a sus enemigos. Fue entonces cuando, impulsados por el ansia de victoria, los hombres de Cortés dejaron cegada deficientemente, con madera y carrizo, una cortadura a sus espaldas. Dando la réplica a su entrada, los escuadrones mexicas cayeron con inusitada furia sobre la tropa. Desatado el pánico, la formación se rompió en su repliegue. En el puente fueron apresados un buen número de españoles y ocho monturas. No hay acuerdo sobre las cifras. Las bajas oscilan entre los sesenta y seis soldados referidos por Bernal, y los treinta y cinco o cuarenta que consignó Cervantes de Salazar, apoyándose en el dato ofrecido por Cortés. En plena confusión, el de Medellín que, herido en una pierna, trataba de contener el miedo de sus hombres, fue apresado. Cuando ya lo arrastraban, llegó de nuevo Cristóbal de Olea, ayudado por Hernando de Lerma, que recibió una lanzada en la garganta. Según Motolinía, en el rescate también participó un indio llamado Bautista. Entre todos lograron liberar a Cortés, si bien, Olea pagó con su vida su acción heroica. Tenía veintiséis años.

¿Ha muerto Cortés?

Avisado del gran riesgo que allí se corría, Olid acudió hasta el puente. Allí, Antonio de Quiñones, jefe de la guardia personal de Cortés, logró retirar al capitán, que quería seguir peleando. Entre todos lo montaron en un caballo traído por su mayordomo, Cristóbal de Guzmán, que también fue abatido. Su muerte fue muy sentida por Cortés.

Con la tropa de Cortés en fuga, los mexicas introdujeron en escena algunos efectistas recursos destinados a minar la moral de los españoles. La columna de Alvarado, que había partido de Tacuba, se topó con los escuadrones mexicas que, entre un ensordecedor griterío, lanzaron las ensangrentadas cabezas de cinco españoles. "Así os mataremos como hemos muerto a Malinche y Sandoval", fue su mensaje. Otras tres cabezas desfiguradas fueron arrojadas a la columna de Alderete. El rumor de que Cortés había sido asesinado, corrió por todo el ejército. Aquellas imágenes impresionaron a los españoles, pero aún más a los tlaxcaltecas, que empezaron a dudar de sus aliados. Asustados, los tlaxcaltecas se retiraron, temiendo que, de continuar apoyando a los vulnerables extranjeros, tras su derrota, recibirían aún mayores castigos.

Pese a la fe que el ejército, salvo excepciones, siempre tuvo en Cortés –"pusiéramos la vida por él", dice Bernal-, la inquietud hizo presa en la columna de Alvarado, pues no tenían noticias de él ni de Sandoval. La situación era crítica, máxime cuando se vio cómo uno de los bergantines fue asaltado por los mexicas, que no se hicieron con él gracias a la reacción de Juan Jaramillo. La flota española estaba seriamente amenazada. Los dos bergantines que guardaban en la calzada de Tenayuca, entraron por un canal de agua hasta cerca del templo. En su avance, el de Flores quedó atrapado en una calle, desde donde pudo ver el sacrificio de algunos compañeros. En plena refriega, los mexicas le arrojaron unas calzas y un jubón desde una azotea. La nave en la que iba Juan de Limpias, que en aquel trance perdió el oído, también pasó por serias dificultades y sólo pudo salvarse gracias al esfuerzo titánico de sus remeros, que consiguieron impulsar el barco con tanta fuerza, como para romper la estacada en que estaban atrapados.

A pesar de los rumores, Cortés seguía vivo. Ya en su campamento, recibió cuatro cabezas de españoles. Dos de ellas, a decir de los enemigos, pertenecían a Alvarado y a Sandoval. Era necesario conocer la situación de sus capitanes, por lo que envió a la posición del primero de ellos, a Andrés de Tapia, acompañado por los jinetes, Guillén de Loa, Juan de Cuéllar y Diego de Valdenebro. Mientras trataba de reestructurar su ejército, cuenta Bernal, que el capitán no pudo reprimir las lágrimas. Cortés, que hubiera querido entregar la joya del imperio mexica, Tenochtitlan, al emperador Carlos, sabía que la victoria se haría al coste de la destrucción total de la ciudad y de gran parte de sus habitantes.

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Tenochtitlan

Si las filas de Cortés y Alvarado andaban muy castigadas, la situación de Sandoval era diferente, pues había sido capaz de ganar algunas calles. Por ello, asediado Cortés, los mexicas se lanzaron en pos del joven capitán, al que infringieron tres heridas en el muslo, la cabeza y el brazo izquierdo. También le mataron a seis sus hombres e hirieron a muchos. Poniendo en escena el mismo recurso antes empleado, los mexicas lanzaron seis cabezas, diciendo que pertenecían a Cortés, Alvarado y otros capitanes. La macabra escena no erosionó el ánimo de los de Sandoval, que continuaron peleando bravamente, poniendo mucho cuidado en mantener el orden, que de él dependía su supervivencia. Para evitar el colapso de la vía, Sandoval ordenó a los tlaxcaltecas que salieran de la calzada. Así pudo regresar a su campamento escoltado por los dos bergantines y cubierto por el fuego de los escopeteros. Roto el cerco mexica, junto a Luis Marín, que iba herido, y escoltado dos hombres, galopó hasta llegar a la posición de Cortés. Cuando llegó junto a su paisano, le preguntó por la causa del desastre. Éste repartió su culpa con el tesorero, Julián de Alderete, pues a él se le había encomendado la tarea de cegar el paso donde cayeron los españoles. En descargo del tesorero, el de Medellín se refirió a él diciendo que no era "acostumbrado a guerrear ni a ser mandado de capitanes". Alderete, presente en la conversación, cargó entonces contra Cortés. Según dijo, éste había arengado a sus hombres apremiándoles a seguir, pero olvidándose de ordenar el correcto taponado de la zanja. La llegada de los dos bergantines de su compañía, que habían conseguido salir de la zona de estacas, interrumpió la discusión. Sus tripulantes venían heridos y sólo habían podido salvar las vidas gracias a un recio viento que les permitió escapar de las canoas mexicanas. Sosegados los ánimos, desde aquel enclave, Sandoval y Francisco de Lugo fueron enviados en ayuda de Alvarado, que seguía batallando en Tacuba. Los indígenas, después de hacer encallar un bergantín, habían acabado con dos de sus tripulantes. Metidos en el agua hasta la cintura, Bernal, junto a diez compañeros, trataba de impedir la captura de la embarcación. Coordinados con los de las canoas, los guerreros mexicas, que hirieron en la cara a Sandoval de una pedrada, seguían combatiendo con fiereza en tierra. Ante lo delicado de la situación, era obligado retirarse. Repitiendo una acción casi mecánica, los tlaxcaltecas abandonaron la calzada, momento en el cual los españoles, cubiertos por la artillería del bachiller Pedro Moreno Medrano y por los escopeteros y ballesteros, asistidos por otros que cebaban sus armas, retrocedieron, sin perderle la cara a los enemigos. Temeroso de perder los caballos, Sandoval se abrió paso entre la infantería. En aquella maniobra fue nuevamente herido.

Seguros en el campamento de Tacuba, en la oscuridad de la noche vieron cómo sacrificaban a sus compañeros. Nadie mejor que Bernal para transmitir la conmoción y la impotencia que provocaron aquellas escenas:

"y tornó a sonar el atambor muy doloroso de Huichilobos, y otros muchos caracoles y cornetas y otras como trompas, y todo el sonido de ellas era espantable. Y mirábamos al alto del cu en donde las tañían: vimos que llevaban por fuerza las gradas arriba a nuestros compañeros que habían tomado en la derrota que dieron a Cortés, que los llevaban a sacrificar. Y desque ya los tuvieron arriba en una placeta que se hacía en el adoratorio donde estaban sus malditos ídolos, vimos que a muchos de ellos les ponían plumajes en las cabezas y con unos como aventadores les hacían bailar delante del Huichilobos; y desque habían bailado, luego les ponían de espaldas encima de unas piedras algo delgadas que tenían hechas para sacrificar y con unos navajones de pedernal los aserraban por los pechos y les sacaban los corazones bullendo y se los ofrescían a los ídolos que allí presentes tenían, y lo cuerpos dábanles con los pies por las gradas abajo. Y estaban aguardando abajo otros indios carniceros, que les cortaban los brazos y pies y las caras desollaban, y las adobaron después como cuero de guantes, y con sus barbas las guardaban para hacer fiestas con ellas cuando hacían borracheras, y se comían las carnes con chilmole. Y desta manera sacrificaron todos los demás y les comieron las piernas y brazos, y los corazones y sangre ofrescían a sus ídolos, como dicho tengo; y los cuerpos, que eran las barrigas e tripas, echaban a los tigres y leones y sierpes y culebras que tenían en la casa de las alimañas".

Las cabezas de los soldados, y también las de los caballos, fueron incorporadas al macabro andamiaje del tzompantli. Después del sacrificio en el Templo Mayor, los mexicas atacaron de nuevo, entre amenazas de conducir a los soldados al altar de Huitzilopochtli. Para aumentar el espanto, varias piernas y brazos fueron lanzados al lugar donde estaban los tlaxcaltecas.

Fortalecido por la victoria de Tlatelolco, Cuauhtémoc trató de contragolpear. Para ello era preciso recuperar la confianza de los pueblos circundantes, a los que envió pies, manos y rostros de los barbudos, como prueba de que los extranjeros podían ser vencidos. Por el bando español, una vez estabilizado el frente de Tacuba, Sandoval, Lugo, Tapia, Cuéllar y Valdenebro, volvieron a sus posiciones iniciales. Castigados por tantos días de lucha, los campamentos recibieron la orden de mantenerse a la defensiva. Los soldados, protegidos de noche por una gran cantidad de centinelas, se mantenían en las calzadas. La caballería se dividió en dos grupos: uno permanecía en tierra firme para garantizar el abastecimiento de alimento, mientras el resto se mantuvo junto a la infantería. Sobre el agua, los bergantines protegían los flancos de la vía. En esta disposición permaneció el ejército durante varias jornadas durante las cuales, los mexicas siguieron sacrificando cautivos, cuyas siluetas se recortaban en la noche, entre la luz de las hogueras y el ruido de los tambores. Aterrorizados, gran parte de los aliados indígenas se retiraron. Con Cortés quedó Ixtlilxóchitl que, una vez bautizado, recibió el nombre de don Carlos. Al lado de Sandoval permaneció el cacique de Huexotzingo, con una cincuentena de hombres, mientras que con Alvarado se mantuvieron los hijos de don Lorenzo de Vargas y Chichimecatecle, con su guarnición tlaxcalteca.

Otros frentes abiertos

Para abortar cualquier posibilidad de restablecimiento de las alianzas de los mexicas, Tapia fue enviado a repeler los ataques que estaban recibiendo las gentes de Cuernavaca. Para aquella campaña, que se saldó con una victoria, el capitán contó con ochenta españoles de a pie y diez de a caballo. Una misión similar le fue encomendada a Sandoval, que partió hacia Matlalzingo, para proteger a los otomíes. El alguacil mayor lo hizo acompañado por dieciocho de caballo y cien peones. La salida de aquellas tropas debilitaba momentáneamente a Cortés. No obstante, el capitán sabía que debía asumir ese riesgo, pues no podía exponerse a enfrentarse a dos frentes concéntricos. Cuando Sandoval regresó a la ciudad, los combates continuaban, alternados con algunas acciones diplomáticas. En efecto, en una ocasión, los indios llamaron a Cortés, que acudió a un puente acompañado por Juan Pérez de Arteaga, que ya dominaba el náhuatl. Los de la ciudad, fortalecidos por su reciente victoria, ofrecían paz a cambio de que los españoles se retiraran. Los parlamentos se sucedieron durante algunos días en aquel paso. Los mexicas trataban de ganar tiempo, e incluso se permitieron poner en escena un nuevo elemento teatral. Hasta el lugar se acercó un anciano que, parsimoniosamente y a la vista de todos, sacó de su mochila pan y otros alimentos, y comenzó a comerlos para dar a entender que no había hambre. A su espalda, la realidad era muy otra.

En medio de la relativa parálisis que acusaba el ejército de Cortés, la determinación de Chichimecatecle supuso un verdadero revulsivo, pues el tlaxcalteca decidió atacar con sus propias fuerzas. Para ello, introdujo en la ciudad a cuatrocientos arqueros. Después, entró con sus guerreros. Éstos, tras simular un repliegue, atrajeron a los mexicas hacia una zanja a la que se arrojaron. Fue entonces cuando las flechas hicieron blanco y sembraron el suelo de cadáveres. Aquella acción elevó el ánimo de los españoles, hasta el punto de que Cortés narró la acción en su Tercera Carta de Relación. Reanudada la ofensiva, se puso buen cuidado en cegar las zanjas ganadas en la recuperación de las calzadas. El mismo Cortés se involucró en unos trabajos que se hicieron bajo los constantes ataques enemigos, con el ruido nocturno de los tambores de fondo y la dosificación en el sacrificio de españoles. Si esto ocurría sobre la tierra, sobre el agua también se extremaron las precauciones, especialmente después de un fiero ataque que estuvo a punto acabar con la vida de Juan Rodríguez de Villafuerte. A partir de entonces, las embarcaciones navegaron de cuatro en cuatro.

Un ataque simultáneo por tierra y agua

Animados por la reacción hispana, regresaron hombres de Tlaxcala, capitaneados por Tepanécatl. También lo hicieron los de Huexotzingo y, en menor número, los de Cholula, que en adelante combatieron a las órdenes de Sandoval. A todos ellos se dirigió Cortés que, junto a la promesa de grandes éxitos y ganancias, les reprochó su abandono en el momento más crítico. Asimismo, y en concordancia con lo ya relatado anteriormente, reiteró que su intención era tomar la ciudad con la menor violencia posible. En plena reorganización, Ojeda y Márquez fueron enviados una vez más a Tlaxcala para traer bastimentos. Los hombres, corriendo un gran peligro, dieron un rodeo por el norte de la laguna y llegaron hasta la ciudad, de donde regresaron con quince mil cargas de maíz y mil de gallinas, a las que se añadió cierta cantidad de carne de venado. La mercancía fue entregada a Pedro Sánchez Farfán y a María de Estrada, que se mantuvieron a la espera en Texcoco por mandato de Cortés.

A pesar de que los ataques mexicas se solían hacer en tromba, con gran número de guerreros integrados en escuadrones, de entre el colectivo, a veces, destacaban algunos hombres que peleaban de un modo individualizado. Como ejemplo de estas luchas singulares podemos citar el que protagonizó un mexica que, subido a una azotea, ricamente vestido de verde y armado con una espada española, retó a los castellanos. A sus gestos y bravuconadas respondió Hernando de Osma, quien, tras repeler con su rodela un fuerte golpe, hundió su acero en el estómago de su oponente, que cayó muerto a sus pies. Con el penacho de plumas de quetzal y la espada ganadas en el combate en su poder, Osma se reintegró en las filas hispanas. Allí, se lo ofreció a Cortés, que de inmediato se lo devolvió.

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Hernán Cortés (1485-1547)

La guerra comenzaba a exigir todos los recursos de los de la ciudad. Por ello, hasta las mujeres y los niños fueron movilizados para combatir en la medida de sus posibilidades. Aunque mejor abastecidos, el asedio desgastaba también a los españoles. Por este motivo, Cortés reunió a sus capitanes y les propuso lanzar un ataque simultáneo por tierra y agua. La ofensiva fue total. Pedro de Ircio tomó varias zanjas, mientras Juan de Limpias disparaba el cañón de su bergantín sobre unas torres. Ávila, Alvarado y Sandoval avanzaron y Cortés llegó hasta el lugar en el que había sufrido el desastre. Después de aquella acción todos regresaron a sus campamentos. Reunidos de nuevo, se decidió lanzar un nuevo ataque por dos lugares, dividiendo en dos el ejército y los bergantines. Cortés iría con Sandoval, Tapia y Olid, mientras que a las órdenes de Alvarado, estarían Pedro de Ircio, Alonso de Ávila y su hermano Jorge. La operación no se desarrolló con la facilidad esperada. Más de ochenta españoles cayeron o fueron sacrificados en una jornada en la que Pedro de Ircio destacó por su valentía. En las líneas enemigas, las bajas se contaron por miles. Si esto ocurría en el bando de Alvarado, en el de Cortés volvió a destacar el jinete Cristóbal Martín de Gamboa, que acudió en socorro de su capitán cuando éste estaba ya cercado. En los bergantines, Ginés Nortes se distinguió por su bravura. Durante el combate recibió siete heridas y cayó al agua. Hombre de mar, sus grandes dotes de nadador le salvaron la vida. Como en anteriores ocasiones, al anochecer, los españoles se recogieron en su campamento. Allí, Cortés deliberó con sus capitanes. Era preciso cambiar de táctica, por lo que se determinó que, para afianzar el avance, la ciudad debía ser asolada. A partir de entonces comenzó el derrumbe sistemático de los edificios. Mientras se preparaba la ofensiva, al puerto de Veracruz llegó un barco perteneciente a la expedición de Juan Ponce de León, procedente de la Florida. Con él venía una gran cantidad de pólvora y ballestas, que enseguida llegaron a la ciudad. Viéndose tan fortalecido, Cortés hizo un último intento de pactar con Cuauhtémoc, a quien mandó llamar desde detrás de una empalizada. Después de una larga espera, el huey tlatoani no compareció, e hizo enfurecer a Cortés que, encolerizado, golpeó de nuevo y llegó hasta el centro ceremonial, cuyo suelo halló lleno de piedras esparcidas para impedir que los caballos pudieran galopar. Ese día se celebró otro combate singular. Como en la anterior ocasión, un guerrero mexica pidió a Cortés medirse con su mejor soldado. El escogido para la ocasión fue un joven paje llamado Juan Núñez Mercado. Contrariado por la escasa entidad de su oponente, el indio finalmente aceptó. Frente a frente, el muchacho lo mató de una estocada y, entre el júbilo de sus compañeros, regresó a las filas con los plumajes ganados en el duelo.

Aquel episodio constituyó una fugaz pausa dentro de los planes trazados. Subido al Templo Mayor, Cortés contempló cómo los gastadores continuaban echando abajo las casas, mientras los soldados peleaban. Desde allí podía dirigir las operaciones, al tiempo que se hacía visible para sus enemigos. Las entradas en la ciudad se sucedieron durante cinco o seis días. Tras cada incursión, la tropa de a pie se retraía y permitía que los jinetes alancearan a muchos enemigos en los espacios abiertos. Después de aquellas jornadas, Cortés envió a Sandoval al campamento de Alvarado para solicitar quince de a caballo. Con aquellos jinetes y otros veinticinco procedentes de Coyoacán integrados en su columna, atacó a la mañana siguiente. El golpe debía ser secundado por todos los peones y los bergantines. Así se hizo. Cortés, que volvió a situarse en lo alto del templo, escondió a treinta caballeros en unas grandes casas próximas al centro ceremonial, e hizo entrar en la ciudad al resto de su fuerza. Fingiendo una retirada, la infantería atrajo a los mexicas hasta el punto acordado. A la señal de un tiro de escopeta y el grito de "¡Santiago!", los españoles contragolpearon, dejando sobre la plaza más quinientos muertos. Cortés anotó lo siguiente en su Tercera Carta de Relación: "aquella noche tuvieron bien que cenar nuestros amigos, porque todos los que se mataron, tomaron y llevaron hechos piezas para comer". Aquella tarde, la ciudad, en la cual se sacrificaron algunos esclavos, quedó en silencio, conmocionada por la muerte de algunos de sus mejores guerreros. Pese a la victoria española, un jinete fue abatido durante la retirada. Herida por las flechas, la yegua que montaba volvió hasta el campamento, donde murió.

Bajo la tormenta, la ciudad quedó por fin en silencio

Dentro de la ciudad, el hambre causaba estragos y obligaba a muchos a salir a pescar y a buscar leña y raíces en las orillas de la laguna. Dos de ellos, que se acercaron en exceso al campamento español, fueron capturados. Después de negar ser espías, éstos verificaron la gran penuria que sufría la ciudad. A pesar de las extremas estrecheces por las que pasaban, incluida la necesidad de beber agua de la laguna por la ausencia de agua dulce, los mexicas, o al menos su casta dirigente, habían decidido morir antes que entregarse. Espoleados por aquella información, los españoles reanudaron sus acometidas. En esta ocasión, Cortés confesó que quiso hacer todo el daño posible, probablemente con el objetivo de obtener la rendición, pues en muchas ocasiones manifestó su pesar por el alto coste del asedio. Al alba, los bergantines zarparon. El capitán, con quince jinetes y buen número de peones e indios, entró en la ciudad en cuanto recibió la señal de los espías que había enviado por delante. El ataque se hizo sobre mujeres y niños que salían a buscar de comer. Aquel día murieron ochocientas personas y otras muchas, incluso algunas que estaban pescando en sus canoas, fueron hechas prisioneras.

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Un día después se tomó la calzada de Tacuba en su totalidad. A partir de entonces, Alvarado y Cortés quedaron conectados por tierra sin necesidad de dar rodeos. Poco después se quemaron las casas de Cuauhtémoc. Los mexicas quedaron confinados en una cuarta parte de la superficie de Tenochtitlan. El día de Santiago se lanzó un nuevo ataque, en el que, sin embargo, no se pudo dejar cegada una gran zanja tomada por los soldados. A la mañana siguiente se logró, si bien, lo que pudieron contemplar cuando la dejaron atrás, les causó gran espanto. Se trataba de un tzomplantli en el que estaban ensartadas las cabezas de sus compañeros y las de algunos caballos. Bernal dijo haber reconocido a tres de los soldados, con las barbas y cabellos más largos de lo acostumbrado. Doce días más tarde, aquellos cráneos fueron cristianamente enterrados en un lugar en el que se alzó una iglesia llamada de los Mártires.

Mientras en el campamento de Cortés se preparaban para hacer otra entrada, los centinelas vieron dos columnas de humo que se elevaban desde el templo de Tlatelolco. Se trataba de una señal. Alvarado había conseguido llegar hasta allí, si bien hubo de retirarse. Bernal Díaz del Castillo, que pertenecía a la columna de Alvarado, contó con detalle lo sucedido. En el espacio abierto de la plaza ceremonial, con los mexicas fortalecidos en lo alto de los templos, los caballos, muchos de ellos heridos, causaron gran daño. En pleno combate, Alvarado mandó a Gutiérre de Badajoz que subiera con sus hombres por las gradas de la pirámide. Allí pelearon contra los guerreros y sacerdotes, y quemaron los ídolos. Francisco Montaño, cuya acción le procuró un escudo de armas en el que figuraba un templo, llegó a plantar la bandera en su cúspide. En la siguiente acción, los dos capitanes se coordinaron para tratar de ganar la plaza del gran mercado de Tlatelolco. Una cortadura, al pie de una torre y unas albarradas, era el único obstáculo que debía salvar la tropa de Cortés. En un rápido movimiento, en el que varios españoles se echaron al agua, se pudo cruzar la zanja, que se comenzó a rellenar al mismo tiempo que irrumpía Alvarado con cuatro de a caballo. Los capitanes, junto a sus jinetes, pudieron pasear con sus monturas por aquella explanada porticada. Cortés subió a la pirámide. En su plataforma, vio las cabezas de sus compañeros y las de algunos tlaxcaltecas, ofrecidas a los dioses. Desde ese macabro otero, lanzó una nueva mirada sobre la ciudad. De ocho partes, había conquistado siete. En su tránsito por las calles, habían visto roídas las raíces y cortezas de los árboles, razón por la cual, Cortés decidió aflojar el asedio, con la esperanza de que se produjera la rendición.

Durante aquella pausa, se puso en marcha una idea que salió del veterano Luis de Sotelo, soldado que había peleado en Italia a las órdenes del Gran Capitán. Sotelo planteó construir una máquina de guerra que aliviaría a los soldados de los trabajos de demolición que se seguían desarrollando. El artefacto serviría también para ahorrar pólvora. Se trataba de construir un trabuco o catapulta, con la que se podrían lanzar grandes piedras. Venciendo su escepticismo, "y aunque yo tuve pensamiento que no habíamos de salir con esta obra, consentí que lo ficiesen", Cortés autorizó su confección. En la plaza del mercado se hizo acopio de cal, piedra, tablazón. El capitán autorizó la huida de muchas mujeres y niños, que salían "traspasados y flacos", antes de atacar un barrio en el que, según aseguró, acabó con la vida de doce mil ánimas. Armado el trabuco, se efectuó el primer disparo. La piedra, tras elevarse en vertical, cayó a plomo, cerrando de tan infausto modo el ensayo poliorcético.

El fracaso obligó a retomar la táctica que se había mostrado más eficaz: ataques y demoliciones, interrumpidos por ofertas de paz. En una ocasión, Cortés fue requerido para hablar junto a una albarrada. Con cierta desgana, el capitán se acercó hasta una empalizada. Allí escuchó las voces de unos hombres que, desesperados dentro de una ciudad tomada por el hambre y la pestilencia, le pidieron que acabara de una vez con ellos. Cortés respondió enviando a un noble a la ciudad, que fue inmediatamente ejecutado. Un día después, Cortés se paseó con su caballo frente a una empalizada y gritó a los señores que se hallaban detrás, requiriéndoles que llamaran a Cuauhtémoc para sellar la paz. Transmitido el mensaje, Cuauhtémoc dijo que acudiría al día siguiente, pues ya era tarde. Con el fin de darle solemnidad al encuentro, se aderezó un estrado. Con su guardia apercibida en previsión de un ataque, Cortés esperó la llegada del caudillo mexica que, en vez de comparecer, envió a cinco nobles en representación suya, pues dijo encontrarse malo. Cortés los recibió bien y, cargados de alimentos, los devolvió con un mensaje de concordia. Dos horas después, los señores regresaron cargados con mantas de algodón y con un mensaje: Cuauhtémoc se negaba a parlamentar. Cortés insistió en su propósito y devolvió a esos hombres con el mismo mensaje. A la mañana siguiente regresaron y dijeron al capitán que se dirigiera hacia el mercado de Tlatelolco para hablar allí con Cuauhtémoc, que le pedía que no dejara entrar hasta allí a sus indios amigos. Hasta allí se llegó Cortés. Durante tres o cuatro horas esperó, pero una vez más fue en vano, por lo que llamó a Alvarado y a los aliados. Simultáneamente, Sandoval entró con los bergantines por la retaguardia del lugar en el que estaban confinados los últimos resistentes de Cuauhtémoc, que se hacinaban dentro de una atmósfera cargada por el hedor de los cadáveres. Según Cortés, el ataque causó cuarenta mil bajas. En su carta al Rey también hizo un crudo retrato de la población y de los esfuerzos que hizo para contener a los tlaxcaltecas en aquella jornada:

"y era tanta la grita y lloro de los niños y mujeres, que no había persona a quien no quebrantase el corazón, y ya nosotros teníamos más que hacer en estorbar a nuestros amigos que no matasen ni hiciesen tanta crueldad que no en pelear con los indios; esta crueldad nunca en generación recia se vio, ni tan fuera de toda orden de naturaleza, como en los naturales de estas partes. Nuestros amigos hubieron este día muy gran despojo, el cual en ninguna manera les podíamos resistir, porque nosotros éramos obra de novecientos españoles, y ellos más de ciento cincuenta mil hombres, y ningún recaudo ni diligencia bastaba para estorbarles que no robasen, aunque de nuestra parte se hacía todo lo posible".

A la mañana siguiente se hizo otra entrada, en la cual se emplearon tres cañones. Sandoval volvió a navegar del mismo modo. Una vez más, un disparo de escopeta sería la señal para acometer. En esta ocasión se trataba de echar a los enemigos al agua, donde los bergantines mostrarían todo su poder. Cortés dijo que quería vivo a Cuauhtémoc, pues así terminaría la guerra. En un último intento de encontrar un final pacífico, se subió a una azotea y, por medio de algunos señores que conocía, trató de enviar un último mensaje a Cuauhtémoc. Al rato, los emisarios regresaron acompañados por el jefe militar de los mexicas que, pese a la insistencia del español, se negó a aceptar la rendición. Cortés le dejó marchar. Durante las cinco horas que, según Cortés, duró la conversación, muchos hombres, mujeres y niños huyeron de la ciudad, pasando por encima de los muertos o arrojándose al agua, donde algunos encontraron la muerte. Cincuenta mil murieron a causa de la epidemia que se declaró, que fue aún más virulenta debido al hacinamiento. Reanudadas las hostilidades, los españoles dispararon la artillería al atardecer. La estampida en dirección a las canoas fue seguida por la acción de los bergantines. Entre los que huían iba Cuauhtémoc, que tenía preparadas medio centenar de piraguas. En una de ellas se embarcó junto a su familia y algunos tesoros que quiso salvar, acaso por su connotación sagrada. Descubierta la maniobra, la flota española comenzó a perseguir a las piraguas. Fue al capitán García de Holguín a quien le cupo el honor de prender a Cuauhtémoc. Neutralizado Cuauhtémoc, sobre la laguna se desató un forcejeo cuando García de Holguín, desobedeciendo las órdenes de Sandoval, quiso hacer entrega del señor de los mexicas. Cortés contó cómo ese capitán le trajo a Cuauhtémoc hasta la azotea desde la que había dirigido las maniobras. Una vez allí, le hizo sentar a su lado. El mexica, ricamente ataviado, puso su mano en el puñal que Cortés llevaba en su cintura y pidió que le matase. Cortés le consoló. Era el trece de agosto de 1521, día de san Hipólito. Bajo la tormenta, la ciudad quedó por fin en silencio.

Extracto de La conquista de México, La Esfera de los Libros

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