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Pedro de Tena

100 años de honradez, Cien años de soledad y el tesoro del "Vita"

Para unos fue un saqueo en toda regla de riquezas nacionales, para los perpetradores era la vía para sostener al exilio político en México.

Para unos fue un saqueo en toda regla de riquezas nacionales, para los perpetradores era la vía para sostener al exilio político en México.
El Vita. | Wikipedia

Cuando Felipe González lanzó su lema de la campaña electoral de 1982 "100 años de honradez" a lo mejor desconocía la historia del tesoro del "Vita", el barco que días antes del fin de la Guerra Civil llevó a México una cantidad ingente de riquezas sustraídas a sus legítimos propietarios, particulares, "checados" (I) y no checados, las Iglesias y el propio Estado. "Caudales del Estado, de particulares, de instituciones, incautados por el gobierno republicano", citó Antonio Domínguez Ortiz en su España, tres milenios de historia.

En 1977 aún no se sabía que había sido de todo aquel tesoro como se le llamó ("El tesoro del Vita") que nunca fue ni contabilizado ni devuelto. De hecho, el socialista José Prat, presidente del PSOE tras décadas de exilio, afirmó el 24 de marzo de ese año, 38 años después de los hechos, que las cuentas se presentarían de forma inmediata en las Cortes Españolas. No existe en la documentación oficial disponible indicio alguno de que tales cuentas fueran presentadas jamás.

No era cosa menuda sino que fue un escándalo monumental. Amaro del Rosal, relevante socialista que supo del asunto, relacionó 110 bultos que fueron alojados en 130 maletas. Otros aumentan este número. Todos coinciden en que había en ellas desde lingotes de oro a una gran cantidad de joyas. Incluso La Virgen de Covadonga, la "santina", estaba destinada a ir en el barco, pero se salvó de tal viaje.

Del Rosal menciona desde reliquias y objetos religiosos de varias catedrales españolas, de Toledo a Tortosa pasando por "reliquias del Pa­trimonio Real. Todo el joyero de Capilla Real. El célebre Clavo de Cristo." Y relaciona Montes de Piedad desvalijados y monedas del tesoro numismático nacional del Ministerio de Hacienda, del Museo Arqueológico nacional e incluso "el monetario de la Casa de la Moneda de Madrid, de oro. Mucho valor".

Para unos fue un saqueo en toda regla de riquezas nacionales, pero para los perpetradores era la vía estratégica para sostener al exilio político en México hasta el supuesto momento en que el régimen de Franco fuera derrotado por los aliados en la II Guerra Mundial que estaba a punto de empezar.

Pero del tesoro poco más se supo porque el barco llegó a México por orden del socialista Juan Negrín pero su contenido fue incautado por el embajador Indalecio Prieto (II) con ayuda de las autoridades mexicanas y hecho desaparecer. Se dijo que ni siquiera hubo inventario, lo que niega Amaro del Rosal. Lo cierto es que unos socialistas arrebataron estos fondos a otros socialistas, enfrentados entre sí por el control político y vital del exilio español en México.

Fíjense cómo lo cuenta Francisco Largo Caballero en Mis recuerdos: "El tesoro que le birlaron a Negrín sirvió para sembrar el disgusto y la discordia entre toda la emigración, muy particularmente en la de México, por causa del favoritismo y la desastrosa administración, de la que aún no se ha dado cuenta minuciosa ni creo que se dará". Negrín desautorizó a Prieto pero éste no le hizo caso alguno y se quedó con el tesoro del "Vita". Luego, en 1946, expulsó a Negrín del PSOE. Como anticipó el propio Prieto, el asunto le llenó de "mierda".

Si se ha hecho referencia a Cien años de soledad, la más famosa novela de Gabriel García Márquez, es porque este libro guarda relación con el tesoro del "Vita". El Nobel colombiano alude en su narración a un tesoro de "siete mil doscientas catorce monedas (doblones) enterradas en tres sacos de lona con jaretas de alambre de cobre, dentro de un círculo con un radio de ciento veintidós metros, tomando como centro la cama de Úrsula…".

Puede conjeturarse si la idea de este tesoro escondido le fue contagiada por su gran amiga navarra exiliada en México, María Luisa Elío, a la que dedicó precisamente su célebre libro y con la que compartía más que a menudo el contenido de los capítulos conforme se iban escribiendo. Aquella hermosa mujer, escritora, guionista y actriz fundamental de la película El balcón vacío, dirigida por su entonces marido, Jomi García Ascot, fue testigo directo del destino del tesoro del "Vita" (o al menos de una parte), algo que se ha conocido hace muy poco tiempo.

En 2002, su obra fue publicada en España por la editorial Turner cuando hasta entonces sólo se conocía en México desde 1988. Fue en 2021 cuando la editorial Renacimiento publicó Tiempo de llorar, la obra reunida de María Luis Elío (Voz de nadie, Tiempo de llorar, En el balcón vacío y Cuaderno de apuntes). En el intermedio, en 2009, Eduardo Mateo Gambarte, había escrito una biografía muy completa de esta mujer que declara como testigo lo que vio y supo del tesoro del "Vita".

Ya en esta amplia biografía se recoge el suceso del "Vita". Tras una dolorosa peripecia para llegar a México con su familia, en 1940 arribaron por fin a una casa de la capital que había sido preparada e instalada por el socialista Indalecio Prieto, amigo de sus padres. Luis Elío era un rico jurista socialista de familia carlista que fue perseguido como traidor y estuvo tres años oculto en Pamplona hasta que pudo salir a reunirse con su familia. Su madre, Carmen Bernal y López de Lago, enloqueció en México tras el derrumbe de sus ideas y el fin de su relación matrimonial.

Contó María Luisa: "Allí en México DF, teníamos ya una casa preparada para nosotros, una casa pequeña con jardín, en la colonia del Valle. Esa instalación fue por orden de Prieto. Parece ser que pactada ya desde París para cumplir una misión". Dicha misión era la de servir de tapadera y custodiar las casas donde estuvo escondido "el tesoro del Vita".

Dice Mateo Gambarte: "Su trabajo (el de la familia Elío) consistía en aparentar que en la casa vivía un matrimonio normal con tres hijas y nada más. Pero en la casa se hacían otras cosas. Eso lo sabía muy poca gente. Sabido es el secretismo y la falta de transparencia con que llevó todo este asunto Indalecio Prieto, ocultándolo al resto de organizaciones del exilio".

Llegados a este punto, lo importante es lo que la testigo, María Luisa Elio, dice desde su estrado literario sin necesidad alguna de mentir. Y lo hace desde la primera página de su texto Voz de nadie, voz que origina estremecimientos sucesivos. El primero, cómo le conocían a Indalecio Prieto en su casa. Si en El Padrino el sobrenombre era Don Corleone, en la casa de los Elío, Prieto era el Don, simplemente Don (el gordo) que ya había preparado desde París con los Elío el escondite del tesoro español birlado.

"Este señor gordo era muy importante y le llamaban Don. A pesar de los brillantes, a pesar de los rubíes, a pesar de esos inmensos lingotes de oro que después se metían en un closet y se tapiaban para que no se vieran…". Cuando llegaron a su casa de México, el Don ya estaba allí y les anunció que "todo el último piso será algo que llamaremos laboratorio, hay que guardar cientos de baúles" por lo que habría personas para trabajar con ellos y vigilarlos con pistolas.

En tres domicilios sucesivos residieron los Elío y en los tres se habilitaron sus dependencias para alojar el tesoro del "Vita", una peligrosa misión que puso en peligro la vida de todos ellos sin contraprestación alguna. Tras la separación del matrimonio poco después del exilio (1941, dice el biógrafo de María Luisa:

Prieto puso las casas en manos de Carmen porque sabía que así estaba totalmente seguro, tanto en el tema de honradez como en el de discreción. Pero a Carmen la deja en una situación peligrosísima tanto para ella como para sus hijas. Cualquier día podían aparecer desde unos ladrones vulgares, alguien del gobierno de México, cualquiera de las policías, hasta algún grupo contrario del exilio y montarse una balacera, como estuvo a punto de suceder. Ella, en cambio, no recibirá un trato digno por parte de Prieto. Ni siquiera una pensión o ayuda para salir adelante. Carmen Bernal pertenece a ese grupo de héroes anónimos.

Un día la niña María Luisa descorrió unas cortinas y "el brillo de un millón de espejos cegó mis ojos. Los volví a abrir" y vio una inmensa mesa llena de brillantes que la impedía mirar de frente junto a esmeraldas, rubíes y zafiros. Era parte del tesoro del "Vita", "una parte del tesoro de España, es decir, una parte de las joyas y lingotes de oro y objetos preciosos que estaban en los bancos. Estos tesoros los sacaron un grupo de españoles mandados y dirigidos por el Don", para protección, se dijo, de los exiliados.

Pero el trato que se daba al botín auguraba un descontrol total. "Un día entraron dos de esos hombres cargando unos cubos llenos hasta el borde de piedras preciosas; las lavaban como si fueran patatas y las piedras pequeñas desaparecían por la coladera". "Qué disparate –protesté yo—, pongan un trapo de cocina por abajo".

Añade María Luisa: "Téngase en cuenta que esas piedras estaban sin contar, un puñado en el bolsillo y ya. Hago hincapié en esto porque mis padres murieron en la pobreza total. ¿Murieron todos los demás igual? Me lo pregunto y temo que no puedo contestarlo". Otras veces se preparaban lingotes de oro para su fundición en hornos mexicanos. Una vez llegó Prieto, el Don, con seis millones de dólares para que los guardara su padre.

Y se preguntó sobre el Don, "¿por qué él sí pudo seguir viviendo como le dio la gana mientras mis padres se quedaban en la calle y aún se permitía venir a visitarnos?".

El estremecimiento sube de nivel cuando relata que un día "Don se puso de rodillas ante mí —sí, de rodillas—, suplicando que fuera suya. Estaba morado y acababa de sufrir un infarto". Pero reconoce que se decía que la amante del Don era su propia madre y que le pidió que se casara con él. Lo confirma ella misma, María Luisa Elío, su hija.

En aquel "laboratorio" se preparaban lingotes de oro, se acumulaban y limpiaban para su traslado a nadie sabe bien dónde, se desengarzaban las piedras preciosas de los anillos, pulseras y collares que luego se llevaban a otras partes. Una niña de 14 o 15 años fue testigo de todo y lo contó brevemente en un libro (III). Ella vio el tesoro del "Vita" y su testimonio sobre el comportamiento del "Don" no podrá ser ocultado por ninguna "amnesia histórica". Tesoros públicos y privados arrebatados a la nación y a sus propietarios desaparecieron.

Sí, seguimos estando en un "tiempo de llorar" mientras nadie ha pedido perdón por el crimen y nadie, tampoco el señor Prat, presentó en Las Cortes las cuentas del tesoro del "Vita". Sencillamente, no podía porque se robaron los unos a los otros sin orden ni concierto. ¿100 años de honradez? Más bien muchos de soledad para una España decente que no logra enderezar su rumbo.


(I) Quienes eran detenidos y conducidos a checas eran desposeídos de sus bienes familiares que deberían serles devueltos en caso de demostrarse su lealtad a la República. Muchas de esas incautaciones formaron parte del tesoro del "Vita".

(II) Pío Moa subraya que el PNV intentó hacerse con el botín del "Vita", pero no lo logró.

(III) No es todo. Hay muchos libros que tratan de precisar qué ocurrió con aquel expolio. Pero el testimonio de aquella niña exiliada resulta inolvidable aunque la Ley de Memoria Histórica lo deje "en el balcón vacío".

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