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Rubén Darío en su centenario

Rubén Darío es un eslabón indispensable en la cadena de la poesía española contemporánea, el poeta más importante que ha escrito en lengua castellana desde Sor Juana Inés de la Cruz, Lope, Góngora, Quevedo y Bécquer. De él aprendí que la poesía debe cumpl

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Cuando yo era pequeño y el mundo era una caja de soldados de goma o un mazo de estampas de colores, mi padre me leía en voz alta al nicaragüense Rubén Darío (1867-1916), eslabón indispensable en la cadena de la poesía española contemporánea. Me leía a Rubén sin recurrir al viejo estilo declamatorio, sino teniendo en cuenta que yo era un niño y que jugábamos a que él me recitase poemas. Nunca olvidaré aquellas lecturas. Por ellas me enteré de que había caballeros capaces de vencer a la muerte, que las hadas servían copas repletas de felicidad en el país de los sueños y que las mujeres más bellas sentían devoción por los héroes más fieros. Por ellas también supe que la poesía debe cumplir con ciertas normas para serlo, que no basta con repartir la prosa en renglones para hacer poesía. Todo eso lo aprendí en Rubén y no se me va a olvidar nunca, al margen de que ahora lo tenga aún más presente por aquello del centenario.

Me sigue pasmando, casi sesenta años después de que mi padre me lo recitara por primera vez, esa preciosa amalgama de los sentidos que es el poema XIV de Cantos de vida y esperanza, titulado "Marcha triunfal" y escrito en la isla de Martín García, en el Río de la Plata, a algo más de cuarenta kilómetros de Buenos Aires, durante la primavera (otoño austral) de 1895. Su mismo autor nos dice de esa pieza en Historia de mis libros que es "un "triunfo" de decoración y de música". Hay quien defiende que el tema se lo dio una representación de la Aida de Verdi; otros hablan del recuerdo de un desfile militar en París; yo prefiero pensar que Rubén dio rienda suelta a los sentimientos épicos que lleva dentro todo gran poeta y que quiso mostrar en su "Marcha triunfal" el lado vibrante y glorioso de una victoria militar cualquiera. Los triumphi que los generales romanos celebraban al regresar victoriosos a la Urbe palidecen de envidia ante el esplendor de este moderno triumphus rubeniano, auténtico paroxismo lírico de intensidad, emoción y plenitud.

Pasaron los años, y leí otras muchas veces a Rubén Darío. Cada vez surgía una voz diferente. Una voz importante para mí, que crecía conmigo, que se hizo más grave cuando empezó a cambiarme la voz y la gente dejó de confundirme con mi madre al coger el teléfono, una voz que me daba consejos (siempre malos: Rubén es un desastre como ayo) cuando empecé a salir con chicas, que me relajaba después de un examen, que sonaba a cielo en mis éxitos, que me acompañaba al infierno de mis sucesivos fracasos. Una voz que ahora, a los sesenta y cinco años de mi edad (voy superando, al día de hoy, en dieciséis años a Rubén, que falleció a los cuarenta y nueve), está repleta de tristeza, y no porque yo esté más triste que antes (que hace tres o cuatro décadas, por ejemplo), sino porque es de viejo cuando me he dado cuenta de lo terriblemente triste que fue el paso de Rubén por el mundo, pese a la pedrería resplandeciente de sus versos, que tapizaron de belleza su escaso y desolado medio siglo de vida.

Rubén Darío es, para mí, el poeta más importante que ha escrito en lengua castellana desde Sor Juana Inés de la Cruz, Lope, Góngora, Quevedo y Bécquer. Libros como Prosas profanas (1896 y 1901) y, sobre todo, Cantos de vida y esperanza (1905) se me antojan hitos inigualados en la poesía castellana. Sin Rubén, ni los hermanos Machado ni Juan Ramón Jiménez hubieran sido tan geniales. Precisamente a través de ellos se prolonga Darío en las promociones posteriores. En lo que atañe a la generación del 70, también llamada del 68, de los Novísimos o del lenguaje, Darío cuenta con un intercesor tan valioso como Pedro Gimferrer. Yo mismo descubro en mi poesía la huella de Rubén, sea directamente o a través de algún alumno suyo tan aventajado como José del Río Sainz. Toda la poesía española actual que me interesa tiene que ver con Rubén Darío.

¿Cuál es el tema central de la obra poética de Darío? Se lo pregunta Pedro Salinas en su espléndido ensayo La poesía de Rubén Darío. Y responde sin pestañear: el eros, el afán erótico del hombre, tan cercano siempre a la pulsión de muerte o tánatos. Como muestra de ese erotismo, y para terminar con palabras de Rubén, les copio este pasaje de la Autobiografía rubeniana:

Hay que saber lo que son aquellas tardes de las amorosas tierras cálidas. Están llenas como de una dulce angustia. Se diría a veces que no hay aire. Las flores y los árboles se estilizan en la inmovilidad. La pereza y la sensualidad se unen en la vaguedad de los deseos. Suena el lejano arrullo de una paloma. Una mariposa azul va y viene por el jardín... Entonces, en la hora tibia, dos manos se juntan, dos cabezas se van acercando, se hablan con voz queda, se compenetran mutuos deseos; no se quiere pensar, no se quiere saber si se existe, y una voluptuosidad milyunanochesca perfuma de esencias tropicales el triunfo de la atracción y del instinto.

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