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Pío Baroja: joder, qué tío

Andrés Trapiello que ve en su obra "toda una literatura y una manera de entender la literatura". "Baroja es una actitud ante la vida".

Mario Noya
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Cordon Press

Cuentan que una vez preguntaron a Baroja por Dostoyevski, que qué le parecía Dostoyesvki, así, a bocajarro. Y que Baroja respondió: "Dostoyevski. ¡Joder qué tío!". Lo mismo podría decirse de él, Pío Baroja y Nessi, San Sebastián, 1872 (porque nació el 28 de diciembre, también se llamaba Inocencio), Madrid, 1956 (30 de octubre, que por eso lo traigo hoy a colación), joder qué tío, "escritor total" al decir de Andrés Trapiello, que ve en su obra "toda una literatura y una manera de entender la literatura" y en él, "la figura del novecientos más compleja", "extraña e inclasificable", con una visión de España muy personal, acaso intransferible. Baroja liberal, moderno y rancio, ácrata y tan buen burgués, conservador desusado, reaccionario frente a la criminosa revolución comunista, es el hombre tranquilo que escribe en su rincón trepidantes novelas de aventuras (no: de aventureros). Con su boina y sus terruñerías, Baroja es a la vez un mundano gentleman que acude a los salones de las damas y viaja más que nadie de su generación tan castiza: "viajero inquieto", pese a las apariencias es "el más cosmopolita" de ellos y posee, digamos ya de paso, "una cultura vastísima".

Por el guipuzcoano Baroja conocemos el Madrid menestral de los arrabales proletarios; unos personajes que entran y salen de sus novelas "como entra y sale la gente de la vida misma, sin saber muy bien cuál es su papel en la comedia". Pero Umbral con mala leche sostiene que su Juventud, egolatría "es el Zaratustra de un estudiante que se masturba demasiado y lee poco". "No se comprende bien la difusión y el respeto de un escritor tan poco dotado", se ponía impersonal y estupendo el autor de la Leyenda del César visionario. "No es aburrido", concede en la semblanza que le asesta, en la que además refiere la célebre anécdota aquella:

Un día fue a verle el falangista Ponce de León, con todos los correajes, y Baroja le contó:

–Yo antes bajaba un poco a pasear por ahí al Retiro, pero ahora, con esos cabrones de falangistas que andan por ahí, ya no me atrevo.

Ponce lo contaba como un despiste o una zorrería del viejo, y se reía mucho.

Josep Pla le tenía mucha más ley, lo consideraba "un escritor inmenso"; por eso su reproche resulta más acerbo: "Se equivocó de técnica", este "enorme escritor antibarroco" hubiera podido ser "el mayor memorialista de la literatura castellana de todos los tiempos", se lamenta al mayor memorialista de la literatura española de todos los tiempos. Pero "se equivocó de técnica", le dio por las novelas y resulta que sus novelas son "ridículas", "no tienen el menor interés"; y encima tenía la cosa esa desprolija:

El defecto de Baroja es que es un hombre de adjetivo ligero. A veces juzga, adjetiva ligeramente –se lanza, como los asnos los pedos.

¿El novelista echó a perder al memorialista? Trapiello no lo cree. Trapiello, que elogiosamente entiende que todos sus libros son "un poco lo mismo", cree que las "memorias literarias más importantes en la literatura española" son las de este "cura fracasado" (Giménez Caballero dixit; "hombre, hombre", le retrucaría Albert de Paco) que no quiso ni buscó discípulos y que,

como verdadero nietzscheano, persiguió a lo largo de su vida la estela de los solitarios.

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