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Jorge Bustos: "Conocer la Historia de España vacuna de muchas tonterías"

Conversamos con el jefe de Opinión de El Mundo a propósito de su último libro, Vidas cipotudas (La Esfera de los Libros, 2018).

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Jorge Bustos, escritor y periodista | David Alonso Rincón

A su modo, Jorge Bustos (Madrid, 1982) se vistió de Zweig y de Montanelli para escribir Vidas cipotudas (La Esfera de los Libros, 2018), un libro conformado por 35 perfiles históricos –Viriato, Teresa de Ávila, Isabel Zendal, Amancio Ortega, etcétera- vertebrados, en palabras de Unamuno, por esa "mente cojonuda" tan españolaza. El autor publica una obra que se lee con gusto, del tirón: la base cultural, hormigonada, se digiere bien gracias a la prosa fluida, a las sorpresas, a los intermitentes chistes y guiños a la actualidad. El jefe de Opinión del periódico El Mundo atiende a LD en un hotel de la calle Barquillo. Intentamos hacer la entrevista en una sala presidida por la cabeza de un rinoceronte de plástico, pero tenemos que cambiar de sitio por culpa de la música, un híbrido de chunda chunda con chill-out, que suena con el mismo volumen que en las tiendas de ropa de Preciados.

P: Leyendo el prólogo –y la dedicatoria–, me acordaba de un consejo que me dio Escohotado: "Hay que ir al ser; si no, te limitarás a la precariedad del estar".

R: (Risas) Sí… Bueno, la dedicatoria es personal. El prólogo intenta establecer el concepto en torno al cual gira el libro. El concepto de "cipotudismo" no tiene la intencionalidad peyorativa que el firmante o los promotores del famoso artículo de El Español querían darle. Cela es el primero que lo usa, y le daba la intención jocosa y un poco lúbrica que utilizaba para estas cosas. Evidentemente, el adjetivo tenía un propósito de combate: hasta fue utilizado por Pablo Iglesias en una sesión del Congreso. Y de combate ideológico: el ataque por razones estético-literarias, que también había algo de eso, es muy inferior con respecto al cainismo de trinchera. Pero me interesaba recuperarlo y darle una vuelta. Tenía muy avanzado el libro cuando se me ocurrió el título. Tenía claro el concepto de "empecinamiento", todo el campo semántico de la cabezonería española. Tanto la leyenda rosa como la negra habían destacado el empecinamiento como un rasgo racial del español. El tópico quiere que seamos gente brava, como los toros, que utilizan la cabeza para embestir. La idea del exceso, para el bien y para el mal. Puestos a hacer animalidades, tenemos algunos ejemplos señeros; puestos a hacer gestas que, en principio, parecían fuera de toda razón, también. Creo que, con el paso de los siglos, ese rasgo de nuestra personalidad se ha perdido, más allá de que, con Malta, somos los únicos que no hemos hecho un gobierno de coalición.

P: Me llama la atención que el director del periódico que publicó ese artículo al que usted se refiere en el prólogo fuera quien fichó, para su anterior medio, a casi todas las firmas ridiculizadas en tan célebre texto. ¿Esquizofrenia, caída del caballo o las uvas no están maduras?

R: El director de ese periódico, que es Pedro J. Ramírez, es un gran cipotudo. Él siempre ha hecho lo mismo, igual que Ansón: trata la política de una manera y la cultura de otra. Es un rasgo del periodismo español. Creo que, en principio, eso es bueno, aunque hay lectores a los que les puede chocar que un periódico defienda una línea editorial liberal y una línea cultural revolucionaria. Es un poco raro. (Piensa) ¿Sabes a qué creo que se debe ese cambio? A un criterio mercantil: en términos generales, la cultura que vende en España, la que da clicks y retuits, es la de izquierdas. Las causas de la izquierda, en las redes, son las que enganchan más. Lo cual redunda en el beneficio puramente económico, capitalista y neoliberal de sus cuentas de resultados. Es la entente perfecta. Lo propio del sistema capitalista es que todo lo metaboliza, todo lo convierte en mercancía. Incluso el Ché Guevara se convierte en una camiseta que se vende por una serie de euros.

P: La cultura es de izquierdas; ¿la Historia es de derechas?

R: No, hombre. Son etiquetas demasiado generales. Los liberales suelen decir que la realidad es de derechas y la utopía de izquierdas, pero también es verdad que sin la fuerza utópica de la izquierda muchos progresos no se hubieran realizado, y sin la sensatez, la prevención o el miedo al cambio demasiado brusco, la realidad habría arrojado experimentos sociales mucho más letales de los que ya nos ha dado. El siglo XX es el del fracaso sangriento de la utopía. El libro trae a muchos personajes que fueron héroes del progresismo: Clara Campoamor, María Moliner, Ramón y Cajal… Incluso aquellos personajes que pertenecen a la historiografía más triunfante de una visión de la derecha mítica y absurda, retórica, como Guzmán el Bueno o algunos de los conquistadores, están tratados con una óptica desmitificadora en el libro. Creo que eso también es importante y tirará por el suelo algunos de los prejuicios de quienes se asomen al libro de forma aviesa. El libro trata de tirar las fronteras entre izquierda/derecha. Y la Historia también. Por ejemplo: a Isabel Zendal nadie le preguntó si era de izquierdas o de derechas. Es verdad que podría ser reivindicada por la izquierda: venía de una clase muy modesta, hizo una gesta humanitaria en las colonias…, pero me niego a reducir el espíritu humano en algo tan estrecho como izquierda/derecha.

P: Como la primera circunnavegación del globo terráqueo, ¿todo lo grande que ha hecho el ser humano se origina en el "cochino interés capitalista"?

R: Los antisistema, los altermundistas dicen que el capitalismo estimula en el ser humano las más bajas pasiones. En realidad, el ser humano, como descubrió Adam Smith, busca su interés, pero la búsqueda de su interés no tiene por qué revertir en el aplastamiento dickensiano de los mineros, los huérfanos o las mujeres. La crueldad no es estable. Ningún régimen cruel, a la larga, se sostiene: el impulso de libertad del ser humano se impone a todo. La Historia nos prueba que incluso los regímenes más crueles tienen que dirigirse a estadios de aperturismo para poder sobrevivir. Marx predijo la caída del capitalismo: a la vista está el éxito de su predicción. El capitalismo tiene una cosa eterna, arraigada en el anhelo de propiedad privada del ser humano, que es capaz de combinarse con otros elementos correctores para durar, transformarse. Hay gente que, de verdad, piensa que el capitalismo lo inventan Thatcher y Reagan: es una mentira, una simplificación de la extrema izquierda absurda. El capitalismo está desde los fenicios; con Pericles, había banqueros que hacían préstamos; Jesús, en el Evangelio, habla de los talentos. El capitalismo es consustancial al ser humano, también la codicia. Y la codicia hay que corregirla.

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Un momento durante la entrevista. | D.Alonso.

P: En Vidas cipotudas hay mucho cura/monja, mucho guerrero. Hasta encontramos una reivindicación de los jesuitas, quienes "sabían que las almas se agarran por el cerebro". ¿Por qué no ha empleado una visión más aconfesional de nuestra Historia? Alguno se va a sentir discriminado.

R: (Risas) Que el sistema educativo jesuita modeló durante algunos siglos las mentes más influyentes de Occidente es innegable. La cultura jesuita, por decirlo así, no es más que una especie de acuerdo entre la Ilustración y la fe, una especie de vía muy astuta de aprovechamiento de todo lo que nos ofrece el mundo sin renunciar a lo que nos pide el Evangelio. Hace poco vi La peste, de Movistar, y calca el modelo de El nombre de la rosa. Al principio, el obispo tiene cierta ambigüedad: parece que aprecia la ciencia, el conocimiento, la reforma protestante, pero acaba siempre decantándose por el lado oscuro, es un perseguidor y tal. Yo estudié Filología Clásica, y cuando estudias Pervivencia, cuando estudias la transmisión de los manuscritos, lo primero que te explican es que sin los monasterios, los curas, los monjes que copiaron libros, muchos de ellos blasfemos, que luego fueron los que posibilitaron la existencia del Renacimiento y, por tanto, la Ilustración, eso se hubiera perdido. Han llegado hasta nosotros algunos de los manuscritos más heterodoxos, blasfemos y escandalosos como los epigramas de Marcial, los libros de Luciano, toda la filosofía de Epicuro, de Lucrecio. Es quedarse en un anticlericalismo casposo, de pasquín, del año 36, comprar la doctrina de que los curas sólo han servido para violar niños y para sofocar las luces de la Razón. Es una gilipollez tan monumental que no resiste el mínimo vistazo, y te lo dice alguien que no es especialmente practicante. Simplemente hay que ser ecuánime.

P: Remata el libro con los perfiles de Dominguín y de Amancio Ortega.

R: Son dos personas que ejemplifican un rasgo también muy propio de este libro y del cipotudismo: el individualismo. Siempre se ha destacado que España, a diferencia de otros pueblos que tienen un sentimiento de comunidad más colectivo, del Volk, del Estado como un empeño común, es un país en el que hemos tendido a defender nuestro pueblo y a desconfiar del Estado como ente cohesionador. Yo sabía que tenía que meter un torero. ¿Por qué elegí a Dominguín? Porque se propuso modificar la opinión del público, enfrentarse a los puristas del toreo y desafiar con su vida a la dictadura. Y lo consiguió: toreó a la opinión pública. Y Amancio Ortega, un tipo que empieza de tendero y termina siendo el primer millonario del planeta a base de esfuerzo, talento y trabajo. Es un estratega empresarial como no ha habido otros. Y le da igual la fama que pueda cosechar: si la gente critica que dé 20 millones a la seguridad social, él piensa en las vidas que puede salvar. Sigue yendo a su fábrica de Arteixo, cuando podría comprarse Madagascar e irse a vivir allí. Son ejemplos del "uno contra todos y contra el mundo" que triunfan en la batalla.

P: La gloria llega a los muertos, salvo que estos la hayan disfrutado en vida. Habla de los éxitos de Echegaray y de Menéndez Pelayo mientras estos vivían –yo añadiría a Cela–, y de cómo, al fallecer, de ellos ya no se acuerda ni Dios.

R: A Menéndez Pelayo lo cogió la dictadura y lo convirtió en el polígrafo de referencia del franquismo. Escribió la historia de los heterodoxos fustigando, acuñó lo de "España, espada de Trento, martillo de herejes" y eso sirvió a la retórica del nacionalcatolicismo. Pero cuando te vas a su vida y te das cuenta de que estaba al pie de la calle de lo que pasaba en las literaturas más extremas y remotas, que leía en varios idiomas… Luego escribía esas reseñas… Bueno, ¡se atrevió a censurar a Shakespeare porque le parecía un libertino! Pero estoy seguro de que, en el fondo, lo disfrutaba. No lo reconocía porque era un señor de la Restauración. Y Echegaray, bueno, a lo mejor sus dramas no merecen un Nobel de Literatura, pero es un tipo excepcional: inventa el Banco de España, y destaca en órdenes tan diversos… Son personas del siglo XIX que se meten a políticos con una altura y una personalidad… Hoy nos parecería elitista.

P: En cuestión de pecados, esto es un tópico, a la Historia nuestra le sobra envidia.

R: Sí, es un tópico, no sé si es exclusivo nuestro, pero como es un libro que juega con los tópicos para desmontarlos, pues pasé por ahí. Muchos de los nombres que salen en el libro fueron destrozados y vilipendiados, o lo siguen siendo hoy. La envidia siempre es consecuencia de un vicio anterior: la soberbia. Nunca se envidia lo irrelevante, lo vulgar, lo cómodo. Se envidia lo excesivo. Exceso de belleza, de dinero, de inteligencia. Como este es un libro de excesivos, muchos de ellos pasaron por ese peaje. No sé si el tópico se mantiene. Con la telecracia que vivimos en Occidente, con las redes sociales, nos han quitado la patente de la envidia. La envidia se ha globalizado.

P: ¿Hay algo más español que querer destruir España?

R: (Risas) Es una cosa curiosa también. Quizá sea producto de nuestra historia, de nuestro carácter, pero es verdad que tan terco es el deseo de odiar a España como el deseo de defenderla. Al final, ambos deseos han chocado a lo largo de las guerras civiles. Ahora, gracias a Dios, las guerras son incruentas, en las redes sociales. ¿Qué es el problema de Cataluña si no? Una mitad de Cataluña que odia a España basada en una fe infantil que no resiste el cruce del Ebro, y otra que la defiende. El odio siempre es el producto de la ignorancia. Conocer la Historia de España vacuna de muchas tonterías. Lo que pasa es que en España fue de buen tono avergonzarse de los símbolos, de la Historia… Lo entiendo: con 40 años de franquismo y de su retórica falsaria, al final, uno acaba odiando el referente original. Con la Transición se crea un movimiento de revancha, natural. Sólo podías escribir en un periódico progresista si renegabas de la historia compartida, de referentes heroicos… Cronificar esa batalla me parece una estupidez. En 2018 tendríamos que tener la suficiente perspectiva para admirar algunas gestas de los conquistadores en América sin clamar "genocidio". Evidentemente, las conquistas no se hacían por Unicef. Tampoco Roma, y romanizó todo Occidente, lo hizo a base de mayéutica socrática. Estaban las legiones. Hay gente que no va a El Escorial porque le parece el centro de la depravación imperalista… Oiga, usted es gilipollas (Risas). Es cipotudismo a la inversa.

P: En el capítulo dedicado a Roque Barcia escribe que su disparatado cantonalismo "resulta más instructivo que admirable". Poca nota se ha tomado desde entonces.

R: Ese es uno de mis favoritos, menudo colgao. Quizá está en las taifas, en el individualismo español, pero el hecho es que los lazos entre pueblos ibéricos siempre son más cómodos de defender en sus fronteras que en su hermanamiento. Quizá sí sea un símbolo autóctono nuestro. Por eso, los que quieren recentralizar el Estado autonómico fracasarán. No sólo fue una astucia de Suárez: está en la raigambre emocional de España. El español es extremeño, y es gallego, y es andaluz. Le falta imaginación para sentirse europeo todavía. Ojo: vamos mejorando. Y el español es europeo: cinco naciones construyeron Europa, y España es una de ellas. Pero haz el experimento: vete a un pueblo cualquiera, escribe lo mierda que es su fiesta estival, y te destrozan. Yo dije que Alcázar de San Juan no era precisamente Florencia, y recibí amenazas de muerte. Es curioso, y cómo hay un montón de comunidades donde las dos ciudades rivalizan: Vigo y Pontevedra, Murcia y Cartagena, los canariones contra los chicharreros… Al final, es como si necesitáramos embestir al vecino. Tenemos un problema de lindes cuando, a poco que viajes, te sientes muy orgulloso. Por ejemplo: el casco viejo de Gerona, que es el epicentro del odio a España, me pareció tan maravilloso. Y el de Cáceres, y el de Palma, y adoro San Sebastián, y la playa del Sardinero… No sé por qué tienes que descartar. Como madrileño, y desarraigado de una cultura local fuerte, me siento de todos lados. Me parece tan maravilloso el país que tenemos, y tan absurdo y suicida el impulso a destruirlo...

P: Escribe: "Hubo un tiempo en que los niños no sólo leían, sino que se les daba a leer cuentos sobre la historia de España y no sólo magia con hormonas".

R: Lo decía por Harry Potter, aunque, en el fondo, me pareció muy bien el boom literario que supuso. Tú le das El Quijote a un niño de quince años y lo matas. Quizá el Lazarillo sí. El Lazarillo lo leí en quinto de EGB, pero sí se entiende más o menos, en una edición con alguna nota. Luego, estamos en una fiebre de la adaptación. Hay que adaptar todo. Deja al niño que se pelee con el texto, siempre que no sea castellano antiguo, claro. Si consigue entenderlo, puede encontrar la droga que le enganche a la lectura para siempre, que no encontrará en un libro de laboratorio editorial que diga "subsahariano" donde originalmente pone "negro". Creo que el niño que descubre una gran novela con catorce o quince años experimenta un tipo de placer que no le produce videojuego alguno. Con la Literatura, excitas la imaginación y formas ciudadanos más tolerantes que con la pantallita. No lo sé, quizá los millenials más pequeños sean un prodigio de tolerancia, de convivencia. Pero sí sé, porque también he jugado a videojuegos y he visto series, que la clase de placer que a mí como lector me da una novela… no hay nada comparable a eso.

P: La producción la pone uno mismo.

R: Efectivamente. Yo, cuando termino de ver una serie genial, digo: "Qué buena True Detective", por ejemplo. Pero no te sé repetir un diálogo. En cambio, recuerdo escenas enteras de La isla del tesoro, la impresión de descubrir a Scott Fitzgerald, a los novelistas rusos… Quizá porque, cuando lees, tú creas la cara de alguien; sin embargo, en la pantalla tienes que conformarte con las limitaciones de la propia actriz.

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Jorge Bustos. | D.A.

P: Qué diferente es la Historia patria que se enseña en Castilla-La Mancha de la que se enseña en Cataluña de la que se enseña en Euskadi.

R: Es un tinglado económico. El nacionalismo, ¿qué es? Para la gente que no se lo cree, porque hay que ser muy tonto, para los que no son fanáticos, supone un puesto de trabajo. Es un entramado de colocación de afines. Si obligas a tener un cierto nivel de lengua y una serie de libros que hay que escribir ad hoc para contentar al consejero autonómico de turno, cierras la competencia, no vienen profesores de fuera, toca a menos bocas y hay más pastel que repartir. Luego, se puede mezclar con el odio a España y un centralismo mítico. Somos el país más descentralizado de Europa. No es una muletilla de Rajoy, es la puta verdad. Ahora mismo, Macron ha negado la cooficialidad de la lengua de Córcega. Aquí, tenemos cuatro oficiales y dentro de poco lo será el bable, y no lo es porque no tiene ni gramática. Es todo picaresca muy española.

P: Para terminar, ¿cree que, por vez primera, y viendo el clima posmoderno de sindiós pseudocultural, informativo y virtual, el mito acabará sucediendo al logos?

R: Es una de las tesis que tenía Yuval Harari en su famoso ensayo. Decía que lo que nos hizo una especie exitosa en la evolución no es tanto el paso del mito al logos, sino del logos al mito. En el sentido de que los mitos siguen siendo herramientas muy poderosas para crear comunidad, redes de pertenencia, de colaboración, para progresar. Tiene mucha razón. Cuando ves las pasiones que genera la pertenencia a un equipo de fútbol, de la religión, de la política… Entiendo la potencia del mito. Es economía del pensamiento: es más fácil pensar con prejuicios que pensar con juicios. Te ahorra tiempo, dinero y te proporciona el calor de la tribu. A veces, el ejercicio de la razón te condena a una soledad insoportable. Además, hay mitos reivindicables. Con el procés está muy claro: ellos tienen un mito, que es una Cataluña mítica, un reino que existió desde siempre y que fue fustigado por España. Es todo mentira, pero da igual: les da un calorcito de tribu y un enemigo. Se dio cuenta Carl Schmitt, los populistas lo tienen muy claro, y también Marx: siempre necesitas una clase o un género contra el que luchar. Y el mito te da el pegamento para unir a los tuyos y nada une más que un pegamento contra un enemigo. Pero luego hay mitos por los que conviene luchar: no vamos a reivindicar la España de Hernán Cortés, que queda un poco facha, pero sí la de la Transición. No estuvo hecha por arcángeles y no todo es admirable, pero sus efectos, objetivamente, han sido buenos. Es objetivo que la Transición creó una España más próspera y más pacífica. Ahí nos podemos reconocer en una hazaña, ¿por qué no? Que la Constitución tiene que ser reformada… lo que quieras. Pero no es mal punto de partida.

Jorge Bustos presenta Vidas cipotudas en Granada el 8 de febrero, a las 20:00, en Lemon Rock (c/Montalbán 6); en Madrid, el 21 de febrero, a las 19:30, en Neblí (c/Serrano, 80).

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