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Memoria de Frankenstein (1818-2018)

El mito del Doctor Frankenstein y de su inefable creación "humana" se instaló muy temprano en las entretelas de mi memoria.

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Boris Karloff caracterizado de Frankenstein | Wikipipedia

El mito del Doctor Frankenstein y de su inefable creación "humana" se instaló muy temprano en las entretelas de mi memoria. Curiosamente no fue el cine —ni la primera versión, producida en 1910 por la Edison Company y dirigida por James Searle Dawley; ni la segunda, de 1915, titulada Life Without Soul y dirigida por Joseph W. Smiley; ni la tercera, o sea, la espléndida película Frankenstein, de James Whale, estrenada en 1931; ni ninguna otra versión fílmica posterior— quien me puso sobre la pista del Doctor más célebre de la literatura de terror y de su monstruo, sino la propia creadora del personaje, Mary W. Shelley (1797-1851), pues allá por 1963 cayó en mis manos una traducción española de su Frankenstein o el moderno Prometeo (Londres, 1818, tres volúmenes, tirada de 500 ejemplares), cuyo segundo centenario celebramos este año, y leí la novela de un tirón y conteniendo la respiración, porque me pareció maravillosa.

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La edición española que me introdujo en el mito fue la auspiciada por Aguilar dentro de su celebérrima colección Crisol, un pequeño volumen encuadernado en piel roja (de tribu desconocida) y publicado en el año del Señor de 1949. La traducción corría a cargo de Antonio Gobernado. Estoy seguro de que yo cursaba quinto curso de bachillerato cuando lo leí, pues don Antonio Gómez Frías, uno de los profesores seglares que me dieron clase de Literatura en el Colegio del Pilar, nos preguntó en cierta ocasión qué estábamos leyendo cada uno de los integrantes de mi clase, y, cuando me llegó el turno, contesté con desparpajo que "el Frankenstein de la Shelley", quedándome tan ancho.

Pues bien, el hecho fue que aquel tomito de la colección Crisol, que hoy se conserva en mi biblioteca junto con los otros 419 volúmenes de que consta la serie, colmó todas mis expectativas y me divirtió una barbaridad. La otra noche, cenando con los Garci, tuve que defender Frankenstein literariamente hablando, pues tanto José Luis como Andrea, y yo diría que hasta Alicia, conceptuaban la novela de Mary Shelley como una obra menor, sobre todo en comparación con Drácula (1897), de Bram Stoker, que todos coincidíamos en considerar una obra maestra sin paliativos. Y defendí Frankenstein porque me acordaba con nostalgia de mi primera lectura de la novela, cuando me hizo disfrutar tantísimo, y porque sigue pareciéndome un excelente producto literario (aunque inferior, desde luego, a esa prodigiosa novela que es Drácula).

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Mary Shelley

Mary Wollstonecraft Godwin era hija del filósofo y novelista William Godwin (1756-1836) y de la feminista y pedagoga Mary Wollstonecraft (1759-1797), que murió al dar a la luz a la niña. Mary Godwin se casó con el poeta Percy Bysshe Shelley (1792-1822) en 1816, dos años después de haberse fugado juntos al continente a raíz del suicidio de la primera mujer de Percy. En el tránsito de la primavera al lluviosísimo verano de 1816, los Shelley pasaron una temporada con Lord Byron en la Villa Diodati de Ginebra, donde el propio Byron (o, según otros, su médico personal, John William Polidori) propuso, después de una apasionante lectura colectiva de una antología de terror titulada Phantasmagoriana, que cada uno de los presentes escribiera un relato de terror. De aquella propuesta surgieron dos obras inmortales: Frankenstein, or the Modern Prometheus (1818, edición revisada en 1831), de Mary Shelley, y The Vampyre, de Polidori.

La mitología griega hizo de Prometeo el creador de la estirpe humana. De ahí que Mary titule su obra evocando al Titán que, más tarde, sería encadenado por orden de Zeus a una roca del Cáucaso, puesto que el Doctor Frankenstein intenta emular las facultades creativas de Prometeo trayendo al mundo a la criatura que tantos problemas habría de causarle. También se ha identificado la figura de Frankenstein con la figura del sabio alemán renacentista conocido como el Doctor Fausto, quien, como Prometeo, incurrió en desmesura (la hybris de los antiguos griegos) al intentar sobrepasar los límites del conocimiento humano, y fue castigado por ello.

El caso es que el Doctor Frankenstein, como los modernos genetistas, pensó que en el laboratorio podía crear vida, emulando a los dioses, y de ese pensamiento, que luego se plasmó en el monstruo, brotó uno de los mitos del terror más populares y universalmente famosos. Y digo del terror donde tenía que haber dicho, además, de la ciencia ficción, pues la CF tiene en Frankenstein uno de sus textos precursores más notables, como puede muy bien atestiguarse consultando cualquier enciclopedia de ciencia ficción, donde la mítica novela de Mary W. Shelley ocupa siempre un lugar de privilegio.

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La estructura narrativa de Frankenstein obedece todavía a los esquemas de la novela gótica inglesa, subgénero fundado por Sir Horace Walpole en The Castle of Otranto (1764) y clausurado por el irlandés Charles Robert Maturin en Melmoth the Wanderer (1820). Quizá el corsé gótico haga que el ritmo narrativo de Frankenstein se resienta, al contrario de lo que ocurre en Drácula, una novela perfecta desde el punto de vista de la construcción literaria. Tal vez a eso se refirieran José Luis Garcy y compañía la otra noche, cuando hablaban de Frankenstein o el moderno Prometeo en tonos amables pero críticos. Lo cierto es que, más allá de consideraciones puramente estéticas, la novela de Mary Shelley es, por muchas y poderosas razones, inolvidable. Yo, al menos, nunca olvidaré mi primera lectura de Frankenstein. Fue en quinto curso de bachillerato, circa 1963. Hace cincuenta y cinco años de nada: un año más de los que vivió la genial creadora del monstruo más famoso de las letras mundiales.

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