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Ramón Palomar: "La bota cultural anglosajona es tan aplastante que amenaza con hacernos desaparecer"

El escritor y periodista valenciano regresa a las librerías con La gallera, una novela pensada para revolucionar el género negro español.

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Ramón Palomar debutó en el mundo editorial hace seis años con Sesenta kilos, una novela negra muy particular, que le sirvió para introducir su nombre entre el de los autores más interesantes del género patrio. Ahora regresa con La gallera (Grijalbo) una nueva dosis de literatura turbulenta y muy castiza. Su prosa, una mezcla entre cómica y corrosiva de frases elegantes y canallas, constituye un soplo de aire fresco dentro de un mundillo que, en opinión del propio Palomar, "ya está algo trillado". Sus esfuerzos le han traído todo tipo de reconocimientos. Sin ir más lejos, Santiago Posteguillo lo ha bautizado como el James Ellroy español. Hablamos con él:

PREGUNTA: La gallera se diferencia de muchas novelas negras prototípicas. Aquí no hay personajes que representen el bien, o que se rijan por una ambigua escala de valores… Todos los personajes parecen orgullosos de ser unos malhechores.

RESPUESTA: Sí. Es algo completamente deliberado. Quería ser original. Es decir, yo siempre he sido un gran lector del género negro, pero creo que ahora mismo se ha quedado algo trillado. ¿Por qué tiene que haber siempre un crimen que resolver? ¿Por qué no le podemos poner un punto barojiano a la historia? ¿Por qué no podemos centrarnos exclusivamente en esa gente que lucha por su vida? ¿Por qué siempre tiene que haber un ying y un yang? ¿Por qué ese maniqueísmo? Yo quería exponer toda una gama de hijos de la gran puta buscándose la vida en un entorno muy particular. De todas formas, es algo que ya había intentado hacer en mi anterior novela: en Sesenta kilos no había ningún policía, por ejemplo. Ahora en La gallera hay uno, pero es un corrupto… No sé. A mí siempre me ha fascinado el cine de Sergio Leone, las películas de Peckinpah… Y si te fijas, en Grupo Salvaje todos son malos, pero tú quieres ser de la pandilla. Hay algo que atrae en esos personajes, porque se puede empatizar con ellos. El reto en La gallera, entonces, era que siendo todos los personajes malvados, el lector pudiese empatizar con ellos.

P: ¿Qué nos hace empatizar con el mal?

R: Pues yo creo que el ser buenas personas. Todos somos decentes y respetamos la ley y pagamos nuestros impuestos, pero creo que nos fascina ver que existen otras personas que funcionan con sus propias normas. Todos tenemos rincones oscuros, y eso nos fascina. Tal vez nosotros somos demasiado cobardes, o tenemos demasiada decencia, como para comportarnos mal; pero eso no nos impide empatizar con los forajidos de leyenda.

P: Todos tus personajes son unos hijos de puta, es cierto, pero al mismo tiempo tienen un punto de ingenuidad que los hace hasta cómicos, a veces.

R: Bueno, muchos de los personajes están inspirados en personas reales. El Rubio existe, por ejemplo. Me lo presentó un amigo, abogado penalista, cuando estaba en la cárcel. El resto de personajes tiene algún punto en común con otros delincuentes que he podido conocer. Y lo que más me chocó siempre de ellos es precisamente eso que comentas: todos tienen un lado infantil y hasta cómico. A mí me han contado algunas andanzas que parecen sacadas de Mortadelo y Filemón. Al final se desenvuelven muy bien en su cosmos de violencia, trapacerías y venganzas, pero luego en la vida real son muy inocentones. Me acuerdo una vez que uno me llamó para que le ayudase a encontrar un dentista. Le habían partido los dientes en una pelea pero, para él, lo realmente extraño y complicado era pedir cita en el dentista. (Risas). Son personas que no saben desenvolverse en el mundo "real", pero que lo hacen estupendamente bien en la zona oscura, allí donde nosotros moriríamos como cervatillos.

P: Precisamente quería preguntarte por el trabajo de documentación…

R: Es que muchos personajes existen. Las chicas existen. Helena existe. Sacramento existe. La gallera El Rey existe. Es una gallera que estaba aquí en un polígono industrial de la Comunidad Valenciana. No me he tomado la molestia ni de cambiarle el nombre. Al final, la inspiración viene de años de conocer a gente que conoce a más gente, y de hablar con todas esas personas que guardan muchas aventuras que contar. Y una cosa que sorprende es lo habladores que son. Cuando encuentran a alguien que les escucha, se quedan hipnotizados. Porque ellos viven en un mundo muy opaco, y a la mínima que alguien rompe esa primera barrera y les presta atención, se quedan desarmados. No tienen ningún reparo en contártelo todo y en llevarte a todos los tugurios que hay por ahí. Otra cosa que existe, por ejemplo, es el centro de alto rendimiento gallero. Existe. Hay un sitio donde se dedican a criar gallos de peleas. Y lo de la cinta para muscular las patitas de los gallos, también es cierta. La he visto.

P: Esa es otra. El mundo de las peleas de gallos en España no es muy conocido. De hecho, es una actividad que tendemos a relacionar más con México y Sudamérica en general.

R: Sí, sí, pero existe. Si te metes ahora en internet y buscas redada en Murcia de la Guardia Civil con peleas de gallos, verás lo que te encuentras. Levantaron unas galleras de combate y en la última pelea la apuesta era de un millón de euros, eh. Un millón de euros. Abunda más de lo que parece. Pero esta es otra de mis obsesiones: nosotros vivimos en nuestro mundo de clase media perfectamente acomodados, y justo a nuestro lado pasan un montón de cosas. Por eso me sorprende que el género negro español se dedique a imitar al anglosajón, cuando tenemos un folclore delincuente muy particular aquí mismo. Es un material formidable para construir historias.

P: Es curioso eso, sí. Al fin y al cabo la literatura picaresca siempre ha sido muy tradicional en España. ¿En qué momento crees que comenzó ese cambio?

R: Pues mira, en este tema podríamos rescatar a María Elvira Roca Barea y descubriríamos que desde que terminó el Imperio hemos vivido bajo la bota cultural norteamericana. Y oye, que a mí la cultura anglosajona me encanta: hacen películas buenísimas y escriben libros estupendos; pero es que es una bota tan aplastante que a veces parece que nos va a hacer desaparecer. Por eso yo creo que ha llegado la hora de dejar de imitar y de darnos cuenta de que aquí tenemos una arcilla maravillosa para modelar nuestras propias obras. Contestando a tu pregunta, creo que se trata de una coincidencia en el tiempo de la decadencia de España con el dominio económico y cultural de los anglosajones.

P: De hecho, La gallera es un catálogo amplísimo de delincuentes muy castizos, desde camellos de baja estofa hasta grandes capos de la coca, pasando por asesinos a sueldo y policías corruptos. Y lo curioso es que todos ellos parecen entrelazados.

R: Claro. Ellos no dejan de ser una empresa. Todos forman parte de una especie de multinacional con tentáculos, con su escalafón y sus jerarquías. Ahí están los que quieren progresar y los que caen en desgracia. La corte de los milagros, recordemos a Valle. Todo ese espectro variopinto de fauna, flora y de personajes. Todo eso también existe en el lado de la delincuencia. Y por eso me interesaba recogerlos a todos. Mi eterna fascinación tiene que ver con darme cuenta de que todo lo tenemos aquí, al alcance de nuestra mano. Sólo tenemos que renunciar a la fórmula habitual de gato atrapa ratón y de descubrir quién ha sido el asesino en la última página. Es mucho más interesante mostrar un gran fresco de todo el lumpen hispano. Y además creo que puede ser muy refrescante y muy entretenido para el lector.

P: Llama la atención la barrera que separa los dos mundos. Al final, leyendo tu novela uno no para de presenciar delitos que pasan constantemente desapercibidos.

R: Claro. Es que volvemos a lo mismo. Ellos están sumergidos en su propio mundo. Creo que es bastante más habitual de lo que parece que ciertos delitos suyos no salgan a la luz, porque cuando le pegan una paliza a alguien, por ejemplo, es por algo. Y el que recibe la paliza, sabe que es por algo. Y sabe que después de la paliza puede haber algo peor. Con todo su infantilismo y su analfabetismo funcional, estos tíos tienen un instinto muy desarrollado. Tienen muchísima psicología. Saben hasta dónde pueden llegar y con quien. Y como viven al margen de la ley, son perfectamente conscientes de que a veces tendrán que hacer cosas drásticas para hacerse respetar y sobrevivir. Es algo asumido por todos y cada uno de ellos. Por eso, fíjate, no son nada cantarines, ni van dando la nota por ahí. Su olfato les dice que es mejor ser discretito. El que da el cante cae, inmediatamente. Pero con esto no quiero desmerecer el trabajo de la policía, eh. Tenemos una policía muy buena.

P: ¿Hacer el mal es fácil?

R: El mal puede ser como una droga. Yo creo que a algunas personas el mal les engancha. Entran progresivamente, y entonces se dan cuenta de que no sienten miedo, ni remordimientos. Llega un momento en el que dejan de pensar que están en el lado del mal. Piensan que la vida es así, simplemente, y sólo conocen ese código. Una de las personas en las que me inspiré para la novela me dijo una vez que su umbral de la violencia es muy alto. Son gente que ha crecido en un ambiente completamente distinto. No tienen miedo a recibir, y saben que la cosa consiste en noquear o caer noqueado, pero no le dan más vueltas a ese asunto. Yo siempre he pensado que el mal se introduce poco a poco, y que se vuelve peligroso cuando aporta algo que te gusta. Al final, ejerciendo la violencia uno se siente poderoso, alimenta su soberbia, y eso engancha.

P: ¿Pero después del subidón de la droga del mal, no sienten nunca un bajón de remordimiento?

R: Claro. Hay de todo. En mi novela, el personaje de Gus se apaga los cigarros en el brazo constantemente. Es una manera de mostrar su arrepentimiento, de castigarse. Así es como pide redención. Porque es una persona que sí que sabe qué es malo y qué es bueno, pero no por ello puede dejar de hacer el mal. Luego, el caso de Esquemas es distinto. Esquemas es un tipo que se ha quedado completamente trastornado por el trauma que sufrió en su infancia. En ambos, sin embargo, el mal funciona como una fuerza incontrolable. Es como el tío que pierde los papeles cuando está en el fútbol. Luego llegará a su casa y se avergonzará, pero cuando está en el estadio no es capaz de contenerse.

P: Todos los personajes de tu novela están muy marcados por sus circunstancias, también.

R: A mí no me gustan las moralinas, eh. No es eso lo que pretendía. Ni las justicias populacheras. Y por eso me gusta tanto una de las frases que encabezan la novela: "Comprender y no juzgar", de Simenon. Lo que me interesaba en La gallera no era lanzar al aire una moraleja. Lo que pretendía era componer un gran fresco donde exponer todo un repertorio de maldades para entretener al gran público. Tampoco quería plantear grandes reflexiones al lector. Yendo a tu pregunta, es cierto que tenemos que darnos cuenta de que muchas de esas personas no han tenido tantas opciones como nosotros, y es bueno comprenderlas, pero también creo que en todo momento, todos tenemos la libertad de optar, y de escoger entre el bien y el mal. Al final, existe gente violenta, la sociedad es violenta, y yo sí que creo que hay gente que nace malvada. ¿Qué le vamos a hacer?

P: Cambiando de tema. Otra cosa interesante de la novela es que todos y cada uno de los personajes masculinos tienen su propio contrapunto femenino, que además son personajes que simbolizan tanto la redención como la perdición.

R: Exacto. Si te fijas, todos ellos están perrunamente enamorados de ellas. Ni les ponen los cuernos, ni las desprecian. Es algo completamente deliberado. Cuando ellos se derrumban, son ellas las que apaciguan y sosiegan, y las que les dan el impulso para seguir adelante. Otro mito que quería derribar era el de la femme fatale. Las cosas ya no funcionan así. En esta novela las fuertes son ellas. Son mujeres muy inteligentes y capaces, que saben dosificar las energías del hombre que tienen a su lado. De hecho, ellas aguantan mucho mejor, mentalmente hablando, todos los procesos infernales a los que están sometidas.

P: Para ir acabando. ¿Tienes algún otro proyecto entre manos? ¿Sigues centrado en el género negro?

R: La verdad es que no. Por ahora no tengo ningún proyecto. Pero si lo tuviese, volvería a ser negro, sí. Es el género que más me interesa. A mí me gustan las novelas cafres, que remueven las entrañas. Si no, lo que más leo son ensayos.

P: Y para acabar, ¿cómo venderías esta novela a los posibles lectores?

R: Pues mira, les diría que si les apetece escaparse de las modas imperantes, y del dos más dos son cuatro, encontrarán en La gallera una novela negra, renegra, negrísima, castiza y cañí, poblada por una serie de protagonistas que sólo intentan prosperar bajo los rayos de la tormenta que se precipita sobre sus chepas.

P: Vaya, ni ensayado te habría salido mejor.

R: (Risas). Lo que pasa es que tengo un programa de radio y por eso tengo tanto palique.

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