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Pedro de Tena

Caprichos vírico-literarios para olvidar, un ratito, el coronavirus (IV)

Los virus han estado y siguen presentes en la literatura desde siempre. Sobran los ejemplos en las obras de autores de todas las latitudes.

Pedro de Tena
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Los virus han estado y siguen presentes en la literatura desde siempre. Sobran los ejemplos en las obras de autores de todas las latitudes.

Para empezar, una concesión a los virus, a los de verdad, al margen, casi, de la literatura. Pocos se acuerdan naturalmente de que en España ya hubo otra epidemia vírica procedente de China. Lo cuenta mi antiguo compañero en El Mundo José María Zavala en su libro Grandes misterios y leyendas de España. Fue en 1889 pero en tal caso siguió una ruta diferente. Pasó de China a Rusia a través de Siberia y de ahí alcanzó Europa. El contagio fue importante y llegó hasta el Rey de España por lo que aquel podría haber sido llamado también un "coronavirus" aunque por razones distintas al que ahora nos asola.

Para hacernos una idea, Segismundo Moret, después presidente del Gobierno, el duque de Ahumada, Cánovas del Castillo, el general Cassola y otros formaron parte de los 20.000 afectados. "El 2 de enero del año siguiente, el célebre tenor Julián Gayarre fallecía a consecuencia de la pandemia, que postró también en cama a los ministros de Hacienda, Marina, Estado y Ultramar, y a la madre de José Canalejas", escribe Zavala. Como colofón de desgracias, el propio Alfonso XIII, aún niño y como hemos anticipado, contrajo la enfermedad.

Los anarquistas modernos como Murray Bookchin y otros, en el libro La utopía es posible, hacen referencia a su proyecto vírico A, "una combinación de ideas, que intenta superar aquel anarquismo purista y aislado. No nos consideramos como misioneros ni como jesuitas del anarquismo. Se trata, claro está, de asentar un proyecto libertario en las sociedades desarrolladas".

Y lo comparan expresamente con un virus. "Nuestra meta principal, pues, es la de convertir el Proyecto A en una realidad social y de difundir este 'virus' sobre toda la superficie de nuestro país. Así pensamos dar un nuevo impulso revitalizador al movimiento libertario y acercar a mucha gente la forma de vida y a la cultura libertaria, es decir, al 'anarquismo vivido'", combinable con el anarcosindicalismo, el antimilitarismo, la lucha ecológica, el pacifismo o la lucha local militante. Todo un programa.

Puede parecer disparatado, pero no se olviden de las Leyes de Murphy. Hay una de ellas que fue bautizada como Ley de Lubarsky sobre las intoxicaciones víricas cibernéticas que reza de este modo: "Siempre queda algún virus", y añadimos nosotros, que por mucho que limpiemos.

Pues del virus del racismo, que no de otros, hay quien cree que el islamismo en general se libró. Es la tesis que sienta en el libro Los descubridores, Daniel J. Boorstin. Defiende que "la teología musulmana y los azares de la historia vacunaron al islam contra el virus del racismo. El sólido dogma de la igualdad de todos los creyentes, la propagación del islam por el África negra, el frecuente matrimonio con esclavos y concubinas, desalentaron cualquier posible creencia musulmana en jerarquías raciales de la humanidad". Pero, ¿y los infieles? No tienen derecho a la vida, pero no son una raza propiamente dicha. Ah, claro.

También se ha hablado del virus existencialista que se asentó en Europa, sobre todo, y de manera estética, en Francia. Uno de los principales infectados por la epidemia fue Boris Vian, primero amigo y discípulo y luego despiadado enemigo del pope Jean Paul Sartre. En él, aquel virus pareció propagarse bajo la forma de heterónimos de los que alguien ha contado 27 (de Baron Visi a Bison Ravi llegando a Honoré Balzac sin "de"), mostrando que Fernando Pessoa era un principiante en ese arte.

El virus existencialista no era cualquiera. Se ha contado que parecía florecer en meriendas en las que Simone de Beauvoir y Boris Vian defendían la integridad de las tartas que quedaban en la cocina. Fuera, Maurice Merleau Ponty y Albert Camus podían liarse a tartazos por algún motivo que se ignora y finalmente Camus se largaba dando un portazo mientras Sartre le perseguía por la calle. Pues Boris Vian era el campeón de aquellos contagiados.

Aunque no digital, ese virus filosófico parece responder a la descripción que Dan Brown hace en La Fortaleza digital: "Los virus... —se secó el sudor de la cara—, los virus se reproducen. Crean clones. Son presumidos y estúpidos, egomaníacos binarios. Paren más deprisa que los conejos. Ésa es su debilidad. Puedes liquidarlos si sabes qué están haciendo. Por desgracia, este programa carece de ego, no necesita reproducirse. Tiene la cabeza despejada y concentrada. De hecho, cuando haya logrado su objetivo, lo más probable es que cometa un 'suicidio digital' hasta llegar al 'gusano' el más simple instinto: comer, cagar, reptar. Eso es todo. Sencillez. Sencillez letal". Hala.

El filósofo de la ciencia argentino, Mario Bunge, no pierde oportunidad, nunca la perdió, para denunciar las falsas ciencias, las mancias, a las que considera virus perniciosos. En su libro La pseudociencia, vaya timo, se niega a admitir que la superstición, la pseudociencia y la anticiencia sean basura inofensiva para facilitar el consumo de masas.

Para el pensador Bunge "no son basura que pueda ser reciclada con el fin de transformarla en algo útil: se trata de virus intelectuales que pueden atacar a cualquiera —lego o científico— hasta el extremo de hacer enfermar toda una cultura —y volverla contra la investigación científica—". Era la primera de sus razones y todavía tenía más.

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Albert Camus

Por si no se conoce, fue la gran escritora andaluza Carmen de Burgos, que fue íntima de Ramón Gómez de la Serna, la que investigó con éxito el porqué del suicidio de Mariano José de Larra. El famoso "Fígaro" del periodismo español se descerrajó un pistoletazo a causa de Dolores Armijo, "la bella", la "sin par", la "Rosina".

Dice la Burgos, para muchos conocida como Colombine u otros pseudónimos: "Se aplica la pistola a la sien, sin fijarse en nada, loco, apresurado, pensando quizás que Dolores va a volver al oír la detonación y que va a revivir en brazos de ella... ¡Disparal". Pero ella, "en vez de dolor y amor siente pánico de verse descubierta… sabe que su mano, que aún guarda la presión de la mano de 'Fígaro', ha disparado un arma".

Su interpretación de fondo de aquel lance es que la tragedia podría haber sido originada por el "virus cristiano". De hecho, los antiguos "eran tanto más buenos y más felices cuanto menos idea tenían del mal y del pecado. El amor y la muerte, cosas naturales, no les causaban dolor. Las rosas estaban hechas para aspirar su perfume. Es un ideal que no pueden gozar ya pueblos vacunados con el virus cristiano; los que maceran sus cuerpos, fuentes de pecado, oponiendo la resistencia de la voluntad a los sentimientos naturales". Bueno, una conjetura.

Tarzán de los monos, el fantástico personaje ideado por Edgar Burroughs, usaba de los virus, en su sentido etimológico de veneno o ponzoña, para alimentarse en la selva. En el primer libro de la serie, que se llamó precisamente como el personaje, Tarzán se encaminó hacia donde había dejado el cadáver de una leona para seguir comiéndosela. Pero se la habían robado. Lo resolvió disparando una saeta envenenada a un cervatillo que le proporcionó un banquete.

Pero ni Tarzán podía escapar de las metáforas víricas. En Tarzán y las joyas de Opar, el héroe reconoce que los waziris eran seres más civilizados que él. "Guisaban la carne antes de comerla y consideraban repugnantes muchos alimentos que Tarzán había devorado con placentero deleite toda su vida". Por ello, Tarzán sufría del "virus de la hipocresía" que le llevaba a simular sus instintos ante estos educados indígenas y se avenía a comer la carne asada cuando la hubiera devorado cruda tras clavarle a la presa los dientes en la yugular.

Mi paisano, José Manuel Caballero Bonald, se refiere a otros virus reconocidos en Jerez. En La novela de la memoria menciona al virus de la desolación presente en su infancia de posguerra a través de "jóvenes soldados ausentes, de familias opulentas encerradas en sus mansiones, de gentes escuálidas rebuscando entre los desperdicios (no pobres limosneros sino mujeres dignas que pedían pan o prendas de abrigo) y de abominables estraperlistas".

Luego vinieron los virus perniciosos contagiados por los amigos que se manifestaron "cuando fumé mi primer arduo cigarrillo y bebí mi primer repelente coñac con sifón, en tanto que me iniciaba sin ninguna pericia en el juego difusamente encanallado del billar. El simple hecho de andar por allí, entre clientes de tan abigarrada catadura, me emplazaba a la vez ante un acto de hombría heroica y ante un ambiguo sentimiento delictivo".

Todo ello se transmutaría con el tiempo en otro virus, el "retórico", el que trocaba los recuerdos en literatura. Ah, sí, y ya se trataba el virus conocido del comunismo en que destacó como especialista el psiquiatra militar Vallejo Nájera. Lo dice el jerezano.

Guillermo Cabrera Infante, en La Habana para un infante difunto, cuenta la necesidad de lavarse las manos antes de comer porque su vida era la pobreza y La Habana era la capital del vicio y el virus. La higiene, pues, era la única protección contra la enfermedad. Eso sí, el agua tardaba en llegar por lo que había que pactar con los microbios porque "el agua corriente se hacía espasmódica y había que esperar que brotara, milagro repetido, una o dos horas al día… y luego dejó de subir del todo y había que bajar a buscarla o irla a acopiar al amanecer a la pila pública que había en la plaza de Alvear…".

Hasta algunos jueces tienen presentes virus imaginativos. Emilio Calatayud, en su libro Buenas, soy Emilio Calatayud y voy a hablarles de… atiende al virus de los buenos propósitos que, a veces, pueden resultar tan peligrosos como los virus para los que no hay vacuna. Por ello cuenta "el desgraciado lío del 'tacón de aguja', en el que se confundieron el civismo y la colaboración ciudadana con un linchamiento al estilo del Far West".

El caso fue que, en una pelea juvenil, "aparecía una chica endomingada quitándose un zapato de tacón afilado para usarlo como arma ofensiva… buscó a la víctima y le propinó varios golpes en la cabeza con la picuda suela". Las imágenes ascendieron a Internet y la chica fue mediáticamente linchada. Una barbaridad debida a la buena intención de quien quería aportar imágenes de lo ocurrido.

Y, el juez Calatayud, además, se refiere al virus del sexismo. "Nos hemos equivocado en la educación de nuestros hijos. Tenemos que hacer lo posible y lo imposible para no transmitirles el virus del sexismo. A ellos y a ellas". Pues sí, de cualquier sexismo. Pero no nos dejan ni durante esta pandemia. Razón: 8 de marzo.

No desespera porque, especializado en menores, ha sido testigo de milagros. ¿Habrá un virus mirífico para hacer de lo malo algo bueno? Cuenta el ejemplo de un joven del barrio granadino de El Albaicín "que comenzó a luchar contra la ley casi al mismo tiempo que dejó el chupete" siendo al final un temible atracador callejero. Y añade el juez: "Fue tan dañino para el turismo, la principal industria de la ciudad de Granada, como el virus de una gripe mutante". Pero tras 5 años de cárcel, fue otra persona, amante de su pareja y de sus hijos. Lo dicho. Hay milagros.

Vayamos terminando nuestro "tetramerón", forzoso camino de una nueva entrega. Julio Camba, al que Ortega consideraba la inteligencia más elegante de España, nos advirtió, en Mis páginas mejores, del virus corrosivo de la poesía. Se lo desveló un habitante de la "city" londinense para quien los poetas son chusma que no sirve para nada.

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Julio Camba

Sí, "los poetas nos humanizarían, nos impregnarían de ternura, nos harían sentimentales", pero ¿usted no ve que entonces nuestros negocios irían de cabeza? ¡Ah, los poetas! ¡Taifa de vagos y de embusteros! Les hacen versos a las muchachas, las seducen ofreciéndoles oro y piedras preciosas, y no tienen un penique en el bolsillo. Si los poetas lograran tomar tierra entre nosotros, a la vuelta de unos cuantos años habrían corrompido toda la energía anglosajona". Shakespeare temblaba en la tumba.

Y de nuevo el catalanismo aparece en la antología de estos otros virus, pero ahora al revés. Francisco Cambó, en su escrito Por la concordia, indica que "por más de un cuarto de siglo, la acción del Poder público se ha limitado a combatir, a resistir o a desvirtuar el hecho diferencial catalán, olvidando y pretiriendo los grandes problemas que la vida moderna plantea a España…". Pero afirma que los sembradores del virus de la división fueron los gobiernos de España. Y llega a decir:

Si un día fuese posible conocer el origen de los atentados que segaron las vidas de Cánovas, de Canalejas y de Dato, se descubriría a buen seguro cómo no fueron extraños a aquellos crímenes los fermentos anarquistas que, para combatir la realidad discorde catalana, gobiernos conservadores y liberales fomentaron en Cataluña.

No me digan que no se alcanza el culmen de la demagogia vírica ¿O estoy en un error?

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