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Cuando el Nadal descubría genios: de la 'Nada' de Laforet a la irrupción de Delibes

Jorge Fernández Díaz fue el último en alzarse con la distinción de un certamen que cada 6 de enero reúne a la élite cultural en la capital catalana.

Jorge Fernández Díaz fue el último en alzarse con la distinción de un certamen que cada 6 de enero reúne a la élite cultural en la capital catalana.
Jorge Fernández Díaz, ganador de la 81 edición del Premio Nadal. EFE/Marta Pérez | EFE

La vida literaria española tiene al principio de cada año, desde 1945, un acontecimiento: la entrega del premio de novela Nadal, en Barcelona, la noche del Día de Reyes, la de este 6 de enero.

Su historia está vinculada a la editorial Destino y a la revista de igual nombre, de la que era redactor-jefe el catedrático de Literatura Eugenio Nadal Gaya, que muy joven falleció a los veintisiete años en 1944. En su recuerdo José Vergés responsable de la mencionada editorial, creó el premio con el apellido de su malogrado colaborador.

La primera vez que se concedió este galardón literario, el de más larga tradición en España, estaba dotado con una cantidad irrisoria, que a estas alturas ya ha quedado olvidada, cuando ahora se eleva a treinta mil euros. Obviamente otros premios de novela ostentan una cifra muy superior. No hará falta decir cuál, porque el millón con el que se otorga el Planeta es el más elevado, no sólo en nuestro país; parece que no hay otro de tal magnitud en Europa y puede que sea el único de los que en el mundo alcanza tal cifra.

Pero precisamente porque el Nadal no fue nunca el más apetecible para los concursantes desde el punto de vista crematístico, consta que ha sido el de mayor prestigio literario. Por lo menos desde que hasta 1988 lo mantuvo la mencionada editorial Destino, la de Vergés. Que luego, desde esa fecha, pasó a ser propiedad del grupo Planeta y a partir de entonces la deriva del premio Nadal fue otra. ¿Por qué? Porque en sus comienzos y durante casi cinco décadas los jurados tenían en mente la tarea de descubrir nuevos talentos entre los escritores aspirantes al galardón. Lo que no lo parece luego, ya que viene primando la elección de autores más reconocidos con argumentos más comerciales para llevarse a casa cada año un nuevo premio Nadal. Su prestigio parece que no se discute, aunque revolotee a su alrededor esa presunta sombra en comparación con el pasado.

Carmen Laforet inició la tendencia

Quien primero se alzó con el Nadal fue una escritora veinteañera con su novela Nada, que retrataba las impresiones de una joven llegada a la Barcelona de postguerra para anidarse en una familia sombría, retratando aquella tristeza de entonces con una prosa tan sencilla y realista, llena de expresividad. La canaria Carmen Laforet se alzó con aquel premio cuya entrega se produjo en el café Suizo de las Ramblas barcelonesas, ante muy escasos presentes, casi todos miembros del jurado compuesto por Ignacio Agustí, Joan Teixidor, José Vergés, Juan Ramón Masoliver y Rafael Vázquez Zamora, en su papel de secretario. Eligieron Nada como premiada entre veintiséis obras presentadas. La novela produjo sensación en la entonces algo más que pobre existencia literaria y marcó en adelante grandes expectativas: hasta se llevó al cine con una protagonista importante, Conchita Montes, al frente de un notable reparto artístico.

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Care Santos en 2017 por Media Vida | Archivo

Otro gran descubrimiento: Delibes

Intentaremos condensar lo que a partir de aquel éxito de Carmen Laforet supuso para la trayectoria hasta nuestros días del premio que nos ocupa, dedicándonos a destacar los nombres y títulos más sobresalientes, sin desdoro para los que silenciamos por cuestiones de espacio simplemente.

Al año siguiente, 1946, José María Gironella se alzó triunfador. Finalista Eulalia Galvarriato, que era la esposa del gran poeta Dámaso Alonso, presidente de la Real Academia. Gironella sería años más tarde un "best-seller" con su trilogía sobre la guerra civil, iniciada con Un millón de muertos.

Más de cien novelas concurrieron al premio en 1947, año en el que se estrenó como ya gran novelista quien resultó ganador con La sombra del ciprés es alargada, Miguel Delibes, a la sazón entonces director de El Norte de Castilla. Con Los Abel, quedaría finalista quien poco tiempo más tarde alumbró destacadas novelas, Ana María Matute. Como por ejemplo su muy leída Primera memoria, que fue traducida nada menos que a quince idiomas y con ella conquistó el Nadal de 1958 cuando ya se celebraba por todo lo alto en el barcelonés hotel Ritz. Sebastián Arbó ganó la edición de 1948 con Sobre las piedras grises, quedando detrás Manuel Mur Oti, con Destino negro, argumento que luego llevó a la pantalla, pues dedicó toda su vida al cine, creyéndose un genio como publicitaba su nombre en la prensa.

"El Jarama" y Ferlosio sentaron cátedra

En 1949 el premio comenzó a entregarse en el café Glaciar barcelonés. Néstor Luján entró como jurado. Polifacético periodista y escritor, brillante como gastrónomo y crítico taurino, amén de otros muchos conocimientos. Y un año después el evento pasó al muy conocido en las Ramblas Hotel Oriente, donde Elena Quiroga alcanzó su premio con Viento del Norte. Luis Romero fue el siguiente ganador gracias a La noria en 1950. Biógrafo de Dalí, prolífico novelista catalán, como lo era asimismo otro finalista entonces, Tomás Salvador, de los más brillantes autores de obras policíacas. Detrás de ambos quedó clasificado José Antonio Giménez-Arnáu, autor de De pantalón largo; un diplomático que dirigió la agencia Efe, padre del años más tarde muy popular Jimmy.

1952 fue el año de una excelente creadora asturiana, Dolores Medio, con Nosotros los Rivero. Para entonces la lista de aspirantes al premio superaba los doscientos. Galardón que se vistió de gloria con una novela que revolucionó el panorama literario de esa década: El Jarama, nombre del río madrileño, con una historia ambientada en la postguerra, que firmó un hijo del falangista amigo de José Antonio y ministro de Franco Rafael Sánchez Mazas, que era más bien lo contrario en política, Rafael Sánchez Ferlosio, luego muy celebrado en las élites por sus ensayos. Su talento rebasaba la media del gremio de escritores de entonces.

El ganador ya se llevaba medio millón

Llegaron otras ediciones. La de 1956 se significó por dar ganador a un sacerdote, al tiempo periodista, salmantino si no me equivoco de memoria, magnífico personaje llamado José Luís Martín Descalzo (no confundir con otro muy activo, José María Martín Abril), quien ya destacaba en las páginas de ABC y el año indicado se llevó el ansiado Nadal con La frontera de Dios. Dejó entonces el jurado, no sabemos por qué, un hombre de "Destino", Ignacio Agustín, autor de una extraordinaria trilogía sobre la vida catalana, desde finales del XVIII hasta el XX.

Carmen Martín Gaite irrumpió con la premiada Entre visillos. La literatura femenina, si se nos permite adjetivarla por géneros, alcanzaba con ella muy altas cotas. El siempre activista Lauro Olmo, que había triunfado entre los suyos en el teatro con La camisa, tipo honrado hasta las cachas, quedó ese año finalista, pero lo suyo era el teatro social.

Al comienzo de los 60 es el bilbaíno, autor de libros con infinidad de páginas, Ramiro Pinilla, quien se hace un hueco en la literatura nacional con "Las ciegas hormigas". Buena historia. Y le acompaña como finalista un extraño sujeto, buen escritor pero extravagante ciudadano, parafraseando al legendario marqués de Bradomín, Gustavo Torrente Malvido, responsable de Hombres varados. Él lo fue menos, metido en conflictos de los que ni su padre, Gonzalo Torrente Ballester ya ni se molestaba en sacarlo de la cárcel. Una pena que tuviera el final que él se labró por llevar su disipada vida.

Los escritores que después sobresalieron fueron, entre otros: el periodista de La Actualidad Española José María Sanjuán, con Réquiem por todos los nosotros, muerto en plena juventud y esperanzador éxito; y el veterano manchego Francisco García Pavón, varias veces finalista, por fin triunfador con Las hermanas coloradas. Ambientó en su pueblo, Tomelloso, las andanzas del policía municipal, Plinio. Alternaba la dirección de la editorial Tauros con su función de crítico teatral.

En el XXV aniversario de los Nadal el premio al ganador se elevó a medio millón de pesetas, convocándose paralelamente, el premio Josep Plá a una obra en prosa catalana. Plá fue un eximio escritor, libre, independiente en sus ideas, aunque no coincidiera con las de los integristas de su tierra, que lo marginaron. Encontró en "Destino" el modo de seguir escribiendo a su albedrío después de una granada biografía, viajero en tiempos, luego espectador como siempre de cuanto ocurría a su alrededor, desde su masía en Palafrugell.

... Y Planeta se adueñó del Nadal

Álvaro Cunqueiro dio más brillo al Nadal de 1968, no creo que al revés, con Un hombre que se parecía a Orestes. El mundo onírico del gran escritor gallego volvía a resurgir en otra de sus grandes historias, como sus cuentos llenos de fantasía. El crítico de cine de El País, también ocasional director, Jesús Fernández Santos, ganó en 1970 con El libro de las memorias de las cosas. Y el gran periodista, corresponsal en Berlín y Nueva York José María Carrascal llevó el mundo de los hippies a su novela premiada en 1972 Groovy. Ya en 1975 el escritor entonces más popular después de Cela, Francisco Umbral, sumaba el Nadal a su ristra de premios, con Las ninfas. Raúl Guerra Garrido se sumó luego al carro de los triunfadores. En estos años sorprendió el caso de Gabriel G. Badell que quedó finalista cinco veces. Pero nunca ganó. En cambio el valenciano Manuel Vicent, de rica y florida escritura resultó finalista en un par de ocasiones para ganar el Nadal ya en 1986 con Balada de Caín. Tan buen novelista como primoroso articulista.

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Ana Merino y Laia Aguilar en 2020 | Archivo

La sorpresa en 1982 la dio el excéntrico pero escritor laureado Fernando Arrabal, que aunque estaba más dedicado al teatro pánico y a sus arbitrarios ensayos, amén de su pasión por el ajedrez, venció con su novela La torre herida por el rayo. Siete años atrás fue detenido por una dedicatoria confusa en la que no acabó de probarse si quería cagarse en la patria o en la Petra.

El filósofo José Ferrater Mora resulta que también fabulaba historias como las de su novela "El juego de la verdad", que ganó en 1987 el Nadal. Luego al año siguiente hubo un parón, "Destino" se deshizo de su propiedad, que traspasó a Planeta, para que en 1990 el valenciano Juan José Millás se impusiera con su bien trenzada escritura merced a la calidad de La soledad era esto. Pródigo novelista. En la cincuenta edición del Nadal, Rosa Regás impuso su clase literaria con Azul (título que nos lleva a la memoria de Rubén Darío). No importa. Ella acabó hasta hace poco siendo una de las mujeres más brillantes de las Letras, amén de llevar los destinos unas temporadas de la Biblioteca Nacional.

Y en nuestras ya más apretadas citas del Nadal, la aparición de un escritor joven, José Ángel Mañas, de vida literaria breve y dispersa, que con Historias del Kronen alentó como finalista en 1994 la mayor lectura entre los jóvenes, que eran los protagonistas de la novela, ambientada en un bar de la calle Francisco Silvela, de Madrid, por donde yo transito a menudo, hoy un restaurante mexicano, entonces centro de un grupo de la movida madrileña, cuyos pasos se llevaron al celuloide.

Ignacio Carrión, buen cronista de viajes, ganó en 1995 con Cruzar el Danubio. En 1997 ya competían quinientas cuarenta y seis novelas. Pere Gimferrer, poeta, ensayista de lujo, entraba a formar parte del jurado. Y Lorenzo Silva, que se especializaría en novela policíaca, dio la campanada en 1997 con La flaqueza del bolchevique, para repetir premio tres años después con El alquimista impaciente. En danza, su sargento Bevilacqua, investigador criminal de la guardia civil.

Escritoras más o menos jóvenes se incorporarían a la historia del premio desde finales del siglo XX hasta nuestros días: Lucía Etxebarría (a la que pillaron incluyendo frases completas de "Prozac Nation" en su obra Amor, curiosidad, prozac y dudas).

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La premiada Inés Martín Rodrigo en 2022 | Archivo

Más mujeres plumíferas novelistas del Nadal: Maruja Torres, con su irónica pluma y la verdad de sus historias vividas "in situ" en países árabes; Clara Sánchez, Alicia Giménez Barlett.., Y de los varones, un incesante escritor especialista en diarios, autores de la postguerra, y renovador del lenguaje cervantino partiendo del mismísimo Quijote: Andrés Trapiello, que se dedicó un tiempo a la novela negra con la que ganó el Nadal de 2003, Los amigos del crimen perfecto.

Antonio Soler (El camino de los ingleses, novela llevada al cine por su paisano Antonio Banderas, que la dirigió); Felipe Benítez Reyes, Álvaro Pombo, un bohemio pero trabajador sin duda que a su provecta edad todavía ha disfrutado como distinguido con el premio Cervantes, que en 2012 se llevó el Nadal con El temblor del héroe. Y otros muchos más que pasamos por alto hasta llegar a 2025, cuando premiado Jorge Fernández Díaz se llevó el gato al agua con El secreto de Marcial, novela autobiográfica: narraba allí la vida de su padre, emigrante asturiano en Argentina, y un homenaje a toda la comunidad española en Buenos Aires.

Patrocinado ya como decíamos por el Grupo Planeta, este 6 de enero de 2026 tendremos otro ganador del Nadal, que se entrega en el antiguo Ritz barcelonés, hoy Palace, donde se reúne la crema social y literaria de la capital catalana.

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