A causa de que se produjo pasadas las 3: 30 de esta madrugada, ningún editorial refleja el inicio de los bombardeos sobre Bagdad. Todos los diarios dan por hecho, no obstante, el inicio de la intervención armada constatando el agotamiento del ultimátum de 48 horas dado por Bush a Sadam para que abandonara el poder.
El editorial de El Mundo se limita a comentar la “improvisada y repleta de ausencias” coalición que se ha formado en apoyo de la intervención militar liderada por los EE UU. El editorialista reconoce que son ya más de 30 los países que integran esa coalición, pero “son pocos si se tiene en cuenta que la ONU está formada por 191 Estados. Su población —1100 millones de personas— representa el 17% del total mundial, lo que, sumado al rechazo de la opinión publica en muchos de los “países voluntarios”, corrobora que una gran mayoría del planeta desea permanecer al margen de este conflicto”.
Ante esta cuestión, meramente numérica, que plantea El Mundo, sólo diremos que la inmensa mayoría de los países democráticos, cuyos gobiernos son los únicos que representan legítimamente a sus ciudadanos, respaldan esta intervención armada que Sadam Hussein ha hecho inevitable. Por otra parte, ni siquiera ahora El Mundo es capaz de dirigir el mínimo reproche al tirano de Bagdad que ha dado múltiples razones para que esta guerra se produzca o más bien se reproduzca. Aunque la persistencia de Sadam al frente del poder era y es una amenaza para el futuro, hay que recordar, una vez más, que esta intervención armada se produce como consecuencia del sistemático y reiterado incumplimiento de las condiciones del armisticio de 1991.
El País, por su parte, sí que indica que “Sadam está todavía en disposición de prestar un último servicio a su pueblo abandonando el poder aunque la guerra comience”. Dejar el poder sería, más bien, el “primer y único servicio” que ese psicópata prestaría a su pueblo; porque a lo que respecta a su propio pueblo, se ha limitado a exterminar a buena parte del mismo y a reprimirlo en su conjunto con tal de ostentar el poder.
No obstante, y aunque sea a través de la hipocresía, el vicio rinde en El País un homenaje a la virtud al decir que “por injusto y desproporcionado que pueda ser el ataque, el ejército de Sadam le queda el recurso supremo de abandonar las armas. Sería su mayor victoria, porque permitiría a los sufridos iraquíes librarse del déspota y su camarilla sin pagar por ello con el precio de sus vidas, ajenas a las componendas de un poder corrompido”.
Aunque cualquier vida inocente es única y preciosa no hay que dejar de tener en cuenta el “precio en vidas” que podría suponer la continuidad del régimen de Sadam. Las que pueda provocar su derrocamiento serán probablemente muy inferiores a los centenares de miles de vidas que Sadam ya ha cercenado impunemente con su represión interior, con su invasión de países vecinos y con sus conexiones con el terrorismo islámico. Sadam no ha engañado en su impresión de que sólo la fuerza podría doblegarle.
La Razón, sin embargo, dedica su editorial a hacer una reflexión sobre “los desastres de la guerra”. Su editorialista denuncia que “la idea que intentan extender los apóstoles de las nuevas tecnologías sobre la infabilidad de las modernas armas teledirigidas va a chocar con la dura realidad de que no existen guerras limpias y que la sangre, las ruinas y la enfermedad son el acompañamiento del primer jinete de la Apocalipsis”.
La Razón recurre así a la burda argucia de exagerar las tesis de los contrarios para hacer más fácil su crítica. Porque lo cierto es que ningún “apóstol de las nuevas tecnologías” ha sostenido jamás que el armamento moderno sea completamente “infalible” como para descartar cualquier “daño colateral” que ensucie la guerra. Tan evidente como que no existen las “guerras limpias” es que no todas causan los mismos desastres. Y es igualmente evidente que el desarrollo tecnológico permite minimizar el numero de víctimas hasta unos extremos impensados hace escasas décadas. Una campaña de bombardeos como la librada esta madrugada hubiera multiplicado por cien el número de victimas hace escasas décadas.
Por otra parte, Kuwait sufrió una intervención armada en 1991 donde se tuvo que recurrir a la fuerza para que ese país no permaneciera, como Irak, bajo el yugo de Sadam. A pesar de “los desastres de la guerra”, los kuwaitíes gozan hoy de un nivel de vida muy superior al de los iraquíes. Y es que “la sangre, las ruinas, el hambre y la enfermedad” no entran ahora en Irak. Estaban ya allí por culpa de Sadam. Su derrocamiento prolongará esta situación mucho menos tiempo que lo que la haría la continuidad de ese tirano.
Dice La Razón que “no es bueno insistir en la perfección de unas armas capaces, sólo en el imaginario mediático, de distinguir al combatiente del que no lo es”. ¿Se puede saber quien “insiste” en esa presunción?. ¿Puede indicar La Razón un solo medio de comunicación o el nombre de un solo periodista que haya hablado de la “perfección de unas armas”, incapaces de segar la vida a quien “no sea combatiente”?. Lo que domina en los medios de comunicación es todo lo contrario. El País, como hemos visto, dice que los sufridos iraquíes —por lo visto, todos ellos— “pagarán con sus vidas el precio de librarse del déspota y de su camarilla”, a no ser que el Ejército iraquí no abandone las armas. Y eso, simplemente, tampoco es cierto.
ABC, por el contrario, justifica en un magnífico editorial esta guerra “para una paz duradera”. Pero es el único diario en defender que esta guerra sea, también para los iraquíes, un mal menor. La impresión negativa de lo que es la guerra, pero que pasa por silenciar sistemáticamente la Apocalipsis que supone la dictadura de Sadam, contagia incluso a los que la legitiman exclusivamente como una acto de legítima defensa. Es evidente que la liberación de Irak no es el origen y la causa de esta intervención armada; pero, por muy valiente que sea recordándolo Oriana Fallaci, se equivoca al negarse a apreciar en esta intervención ningún efecto liberalizador para los iraquíes. Considerar que, también para ellos, esta guerra puede ser un mal menor no exige sostener que esta vaya a traer una democracia avanzada a ese país musulmán. Basta indicar que, por lo menos, puede traer un régimen que no sea tan liberticida y empobrecedor como el de Sadam. Porque, simplemente, no es cierto que los afganos —por muy lejos que evidentemente estén de la democracia occidental— estén ahora en la misma situación de opresión que la que sufrían bajo el régimen talibán. También en el negro mundo que está fuera de la evolucionada democracia occidental hay grados y diferentes grises. Además, Kuwait es un buen ejemplo de cómo el pueblo iraquí con las inmensas riquezas petrolíferas expropiadas por Sadam podrá beneficiarse de ellas para su reconstrucción y su porvenir.
Y se puede aspirar a un régimen mucho más presentable que el kuwaití. Una cosa es que el Islam dificulte la transición democrática de esos países y, otra cosa, dar por imposible y estéril el tratar de establecer injertos que pongan a esas poblaciones en contacto con algo diferente a las monarquías teocráticas, al socialismo o al fundamentalismo islámico. Si esos países tienen que esperar a erradicar al Islam para poder gozar, aunque sea de forma precaria, su primera experiencia democrática, ciertamente tendrán que esperar tanto tiempo como el que pretende saber nadar antes de meterse en el agua.
Resumen de prensa
El inicio de la intervención armada en Irak monopoliza las portadas de la practica totalidad de los diarios. Los titulares de portada son “Comenzó la guerra”, ABC; “EE UU ataca Irak”, El País; “EE UU en posición de ataque”, El Mundo; “Los desastres de la guerra”, La Razón; “Las tropas de EE UU avanzan hacia Irak”, La Vanguardia. El País y La Razón destacan además que se han descubierto escuchas telefónicas ilegales en seis delegaciones del Consejo de la UE.
La única noticia no relacionada con Irak que logra hacerse un hueco en algunas portadas es la del “asesino de la baraja”. El País dice a tres columnas que “la policía sospecha que el asesino del naipe ha matado ya a cinco personas”. El Mundo señala que “150 agentes buscan al asesino de la baraja antes de que mate otra vez”. El titular de La Vanguardia se limita a decir que “el asesino de la baraja despista a la policía”.

Un mal menor también para los iraquíes
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