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Celso Varela

Sánchez, gurú literario

Nos queda tan solo la duda de si Sánchez, desocupado lector, prefiere la primera o la segunda parte de 'El Quijote'. O la serie de dibujos animados.

Pedro Sánchez, en el cuestionario del Día del Libro. | Instagram: @sanchezcastejon

El mayor desconcierto de toda mi carrera docente se produjo en una prueba que no debería deparar sorpresa alguna. En una actividad de comprensión auditiva, en la que se tenía que señalar si varias afirmaciones eran verdaderas o falsas, hubo un alumno que marcó las dos opciones: verdadero y falso. Y no lo hizo una sola vez, sino hasta en tres ocasiones. Me quedé tan estupefacto que me sentí tentado de pedirle explicaciones, pero acabé por no hacerlo, porque alguien que considera que una afirmación es a la vez verdadera y falsa está en posesión de una verdad filosófica que no estoy en condiciones de afrontar.

Dejando de lado este proceder incomprensible, las pruebas de verdadero o falso son de las más sencillas de resolver porque, respondiendo al tuntún, tienes un 50% de posibilidades de acertar. Solo se me ocurre una prueba más simple, y es aquella en la que cualquier respuesta que elijas siempre sea correcta. A esta tarea facilona, sin el menor tipo de riesgo, es a la que se ha sometido precisamente, en pro de la literatura, Pedro Sánchez. Y lo ha hecho además en las redes sociales, para mostrar lo enrollado que es.

La prueba, repetida hasta la saciedad en Instagram, consiste en que te van presentando pares sucesivos de lo que sea, ya sean alimentos, marcas de zapatos o, en el caso que nos ocupa, libros. De los dos primeros libros que te proponen, tienes que elegir el que más te gusta, el cual pasa a competir con un nuevo libro. De este modo, tras varias rondas eliminatorias, se supone que has dado con tu libro favorito. Nótese que todo consiste en decir A o B, y que es válida cualquiera de las dos opciones. Aquí no hay que justificar la respuesta, ni pedir el comodín del público, ni dar explicaciones. Esto último —no dar explicaciones— se le da especialmente bien a Pedro Sánchez.

Se somete, por tanto, el presidente al test literario de Instagram, y los primeros dos libros que le presentan son La balsa de piedra, de José Saramago, y El capitán Alatriste, de Arturo Pérez-Reverte. Al oír el nombre de Arturo, Sánchez, que hasta entonces había sido todo sonrisas, tuerce el gesto y resopla como si se hallase ante un adolescente díscolo. Esperaríamos de un presidente del Gobierno, especialmente de uno que no ha leído nada, que adoptase una postura institucional y se decantase siempre por el producto nacional, pero a Sánchez se la trae al pairo la institucionalidad —mucho más todavía que la literatura—, así que elige a Saramago y manda a Reverte al rincón de pensar.

La siguiente ronda se juega entre La balsa de piedra y Eichmann en Jerusalén, de Hannah Arendt, a lo que Sánchez responde: "Venga, Eichmann en Jerusalén", dicho con la ligereza del que se acoda en la barra de un bar y no con la gravedad de quien está configurando para la historia el canon literario presidencial.

—¿Le pongo una caña, presidente?

—Venga.

—¿Y unas aceitunitas para acompañarla?

—Venga.

—¿Y un Eichmann en Jerusalén?

—Venga.

A continuación, entra en juego Bodas de sangre, de Federico García Lorca. Sánchez abandona entonces a Hannah Arendt para darle el "sí, quiero" a Lorca, que tiene la apostura de Pepe el Romano, pero en la siguiente tanda hace su aparición Mary Shelley con su Frankenstein, y Sánchez I el Veleidoso se lía con ella y deja plantado en el altar, a las cinco de la tarde, a Lorca, que se queda yermo de esperanza como Doña Rosita la soltera.

Este ir de flor en flor durante todo el vídeo, sin comprometerse con nadie, nos revela el modus operandi de Sánchez, que seguramente piensa: "Voy a elegir siempre el libro nuevo que me digan para que parezca que me los he leído todos". Solo hay una ocasión en que repite obra, y es con 1984. Aquí le traiciona a Sánchez el subconsciente orwelliano y se le ve el plumero, porque 1984 es su verdadero Manual de resistencia.

Tras este tropiezo, Sánchez vuelve a su sistema de escoger siempre al recién llegado. De esta forma, se planta en la final con Cien años de soledad, pero Gabo es derrotado inmisericordemente por un aspirante llamado Miguel de Cervantes, a cuyo Quijote le entrega nuestro presidente la corona del campeonato. Es enternecedora la sonrisa de Sánchez al descubrir, gracias a un quiz chorra de Instagram, que El Quijote es la novela de su vida.

Me pregunto qué habría pasado si, en vez de ponerle El Quijote al final, se lo hubiesen puesto al principio. ¿Se habría mantenido Sánchez fiel a Cervantes durante toda la prueba o lo habría abandonado a la primera de cambio? Para no ponerle en aprietos, los organizadores han preferido curarse en salud. Se la han dejado botando y sin portero para que solo tenga que empujar la bola y marcarse el gol de El Quijote, que, como todo el mundo sabe, es la obra favoritísima de todos los presidentes del Gobierno de la historia de España. Nos queda tan solo la duda de si Sánchez, desocupado lector, prefiere la primera o la segunda parte. O la serie de dibujos animados.

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