Los antecedentes de la polémica en Economía-Semanal
También sobre el mismo tema Jesús Comenares: ¿Por qué no reacciona el euro a las intervenciones del BCE?
Una de las reglas de oro de cualquier discusión teórica es mantener un mínimo orden intelectual, no mezclar los problemas y tratar de responder al tema central que se debate. Cuando se vulneran estos criterios elementales, la polémica es estéril y es imposible llegar a conclusiones claras. En economía es importante distinguir el deber ser del es, la realidad del deseo. La mezcla de esos dos planos sólo genera confusión y no es seria. En este contexto, las excursiones por la naturaleza del dinero, su historia, los viajes de Marco Polo y demás curiosidades son sugestivas, pero están fuera del objeto en litigio. Sentados estos principios, es posible extraer algunas conclusiones sobre la controversia entre quienes se muestran a favor y quienes están en contra de la intervención de los bancos centrales en los mercados cambiarios para sostener el valor de la divisa. Se sintetizan en dos afirmaciones irrefutables, una consideración lógica y una conclusión de pura coherencia:
Primera, los hechos son tozudos. Con independencia de su deseabilidad o no, los intentos de la banca central de defender el tipo de cambio de una moneda han fracasado en la mayoría de los casos. En un mundo con libre circulación de capitales, ningún instituto emisor cuenta con el volúmen de reservas suficientes para conseguir ese objetivo en contra del sentimiento del mercado. Los flujos de capital que se mueven a diario por el mundo son diez veces superiores a las reservas conjuntas de todos los bancos centrales de la OCDE. Las únicas intervenciones efectivas son aquellas que cogen por sorpresa a los mercados y van acompañadas de cambios de política económica que hagan creíble la paridad que se trata de mantener.
En segundo lugar, el esfuerzo no recompensado conduce a la melancolía. Si un banco emisor se muestra dispuesto a defender el tipo de cambio de una divisa a cualquier precio, esta declaración lejos de desanimar los ataques especulativos los estimula. Por tanto, este tipo de comportamientos es suicida. La razón es evidente: ningún banco central puede asegurar que tendrá éxito en esa heroica tarea. Los mercados saben que las reservas de cualquier instituto emisor son limitadas. En consecuencia, si la autoridad monetaria fija un precio por debajo del cual su moneda no puede caer y decide defenderle hasta la muerte, los especuladores atacarán la paridad cambiaria hasta que las reservas se agoten porque eso les permitirá cosechar grandes ganancias. Los ejemplos de esta hipótesis son interminables y van desde el desplome de la libra en la crisis del SME de 1992 hasta las sucesivas devaluaciones de la peseta a lo largo de ese mismo año pasando por el estallido de los sistemas cambiarios de los países del sudeste asiático y de Brasil en el bienio 1997-1998.
En tercer lugar, la inestabilidad cambiaria es el resultado de la inestabilidad de las condiciones económicas de un país. En un sistema de cambios flotantes, las malas políticas económicas tienen una consecuencia inmediata: la depreciación de la moneda. Pensar que, en un régimen de cambios flotantes, el valor de la divisa es determinado por rumores, por los gnomos de Zurich o por cualquier malvado especulador es de una simplicidad descorazonadora. La lógica de este razonamiento llevaría a considerar que cualquier precio de mercado es el reflejo de oscuras fuerzas conspiratorias, lo que no parece muy razonable y produciría una considerable desazón.
Por último, no es riguroso analizar un régimen cambiario y monetario concreto con las reglas de funcionamiento de otro; es decir no se pueden comparar las peras con las manzanas. Por supuesto que las reservas de oro de los bancos centrales estaban destinadas a garantizar la convertibilidad metálica de la moneda a un tipo de cambio fijo, pero ese mecanismo de ajuste desapareció con el patrón oro. En consecuencia, su aplicación a un sistema cambiario y monetario basado en parámetros radicalmente distintos no permite entender la realidad. Otra cosa distinta es defender la superioridad del dorado metal frente a otras alternativas pero esa es ya otra historia cuya narración está fuera de este marco.
Este es el meollo de la disputa sobre la intervención en los mercados de divisas. El resto es literatura. Si la controversia se plantea en términos de cuál es el mejor régimen cambiario, las opiniones son multiples, incluso entre los economistas liberales. Muchos son partidarios de la flotación, otros de la fijación, algunos de los “currency board”, menos del patrón oro y, cada vez más, de la competencia monetaria, bien entre un banco emisor no monopolista y emisores privados, bien sólamente entre bancos privados de emisión. Ninguna de esas posiciones tiene autoridad suficiente para considerarse representante genuina del “verdadero liberalismo”.
Por lo que se refiere a Hayek, su posición sobre el sistema cambiario evolucionó con el tiempo. Fue partidario de los tipos de cambio fijos, propuso a continuación la competencia entre monedas emitidas por distintos bancos centrales ( Choice en Currency ) para finalmente abogar por la abolición de la autoridad monetaria y la introducción de la competencia entre institutos emisores privados ( The Desnationalisation of Money ). Como señaló en este último texto, la inestabilidad de la economía de mercado es la consecuencia de la exclusión del proceso de mercado de su más importante regulador: la moneda. En mi opinión, esa solución competitiva será con gran probabilidad el modelo hacia el que evolucionará el sistema de pagos del futuro a la vista de las innovaciones financieras registradas en las últimas dos décadas y del desarrollo de los mercados electrónicos. En este escenario, el papel de los bancos centrales tenderá a ser residual.
Por último, no estoy dispuesto a excomulgar a Milton Friedman. El liberalismo es una doctrina de contornos precisos pero con enfoques plurales. No es un sistema cerrado. El monetarismo tiene puntos fuertes y débiles como los tiene la Escuela Austriaca pero resulta empobrecedor reducir el ideario liberal a los diez mandamientos de una de sus corrientes y desaprovechar la riqueza de un pensamiento con siglos a sus espaldas.
También sobre el mismo tema Jesús Comenares: ¿Por qué no reacciona el euro a las intervenciones del BCE?
Una de las reglas de oro de cualquier discusión teórica es mantener un mínimo orden intelectual, no mezclar los problemas y tratar de responder al tema central que se debate. Cuando se vulneran estos criterios elementales, la polémica es estéril y es imposible llegar a conclusiones claras. En economía es importante distinguir el deber ser del es, la realidad del deseo. La mezcla de esos dos planos sólo genera confusión y no es seria. En este contexto, las excursiones por la naturaleza del dinero, su historia, los viajes de Marco Polo y demás curiosidades son sugestivas, pero están fuera del objeto en litigio. Sentados estos principios, es posible extraer algunas conclusiones sobre la controversia entre quienes se muestran a favor y quienes están en contra de la intervención de los bancos centrales en los mercados cambiarios para sostener el valor de la divisa. Se sintetizan en dos afirmaciones irrefutables, una consideración lógica y una conclusión de pura coherencia:
Primera, los hechos son tozudos. Con independencia de su deseabilidad o no, los intentos de la banca central de defender el tipo de cambio de una moneda han fracasado en la mayoría de los casos. En un mundo con libre circulación de capitales, ningún instituto emisor cuenta con el volúmen de reservas suficientes para conseguir ese objetivo en contra del sentimiento del mercado. Los flujos de capital que se mueven a diario por el mundo son diez veces superiores a las reservas conjuntas de todos los bancos centrales de la OCDE. Las únicas intervenciones efectivas son aquellas que cogen por sorpresa a los mercados y van acompañadas de cambios de política económica que hagan creíble la paridad que se trata de mantener.
En segundo lugar, el esfuerzo no recompensado conduce a la melancolía. Si un banco emisor se muestra dispuesto a defender el tipo de cambio de una divisa a cualquier precio, esta declaración lejos de desanimar los ataques especulativos los estimula. Por tanto, este tipo de comportamientos es suicida. La razón es evidente: ningún banco central puede asegurar que tendrá éxito en esa heroica tarea. Los mercados saben que las reservas de cualquier instituto emisor son limitadas. En consecuencia, si la autoridad monetaria fija un precio por debajo del cual su moneda no puede caer y decide defenderle hasta la muerte, los especuladores atacarán la paridad cambiaria hasta que las reservas se agoten porque eso les permitirá cosechar grandes ganancias. Los ejemplos de esta hipótesis son interminables y van desde el desplome de la libra en la crisis del SME de 1992 hasta las sucesivas devaluaciones de la peseta a lo largo de ese mismo año pasando por el estallido de los sistemas cambiarios de los países del sudeste asiático y de Brasil en el bienio 1997-1998.
En tercer lugar, la inestabilidad cambiaria es el resultado de la inestabilidad de las condiciones económicas de un país. En un sistema de cambios flotantes, las malas políticas económicas tienen una consecuencia inmediata: la depreciación de la moneda. Pensar que, en un régimen de cambios flotantes, el valor de la divisa es determinado por rumores, por los gnomos de Zurich o por cualquier malvado especulador es de una simplicidad descorazonadora. La lógica de este razonamiento llevaría a considerar que cualquier precio de mercado es el reflejo de oscuras fuerzas conspiratorias, lo que no parece muy razonable y produciría una considerable desazón.
Por último, no es riguroso analizar un régimen cambiario y monetario concreto con las reglas de funcionamiento de otro; es decir no se pueden comparar las peras con las manzanas. Por supuesto que las reservas de oro de los bancos centrales estaban destinadas a garantizar la convertibilidad metálica de la moneda a un tipo de cambio fijo, pero ese mecanismo de ajuste desapareció con el patrón oro. En consecuencia, su aplicación a un sistema cambiario y monetario basado en parámetros radicalmente distintos no permite entender la realidad. Otra cosa distinta es defender la superioridad del dorado metal frente a otras alternativas pero esa es ya otra historia cuya narración está fuera de este marco.
Este es el meollo de la disputa sobre la intervención en los mercados de divisas. El resto es literatura. Si la controversia se plantea en términos de cuál es el mejor régimen cambiario, las opiniones son multiples, incluso entre los economistas liberales. Muchos son partidarios de la flotación, otros de la fijación, algunos de los “currency board”, menos del patrón oro y, cada vez más, de la competencia monetaria, bien entre un banco emisor no monopolista y emisores privados, bien sólamente entre bancos privados de emisión. Ninguna de esas posiciones tiene autoridad suficiente para considerarse representante genuina del “verdadero liberalismo”.
Por lo que se refiere a Hayek, su posición sobre el sistema cambiario evolucionó con el tiempo. Fue partidario de los tipos de cambio fijos, propuso a continuación la competencia entre monedas emitidas por distintos bancos centrales ( Choice en Currency ) para finalmente abogar por la abolición de la autoridad monetaria y la introducción de la competencia entre institutos emisores privados ( The Desnationalisation of Money ). Como señaló en este último texto, la inestabilidad de la economía de mercado es la consecuencia de la exclusión del proceso de mercado de su más importante regulador: la moneda. En mi opinión, esa solución competitiva será con gran probabilidad el modelo hacia el que evolucionará el sistema de pagos del futuro a la vista de las innovaciones financieras registradas en las últimas dos décadas y del desarrollo de los mercados electrónicos. En este escenario, el papel de los bancos centrales tenderá a ser residual.
Por último, no estoy dispuesto a excomulgar a Milton Friedman. El liberalismo es una doctrina de contornos precisos pero con enfoques plurales. No es un sistema cerrado. El monetarismo tiene puntos fuertes y débiles como los tiene la Escuela Austriaca pero resulta empobrecedor reducir el ideario liberal a los diez mandamientos de una de sus corrientes y desaprovechar la riqueza de un pensamiento con siglos a sus espaldas.
