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¿La hora de Keynes?

Las fuerzas recesivas que operaban en la economía mundial con anterioridad al ataque terrorista a los EE UU se han acentuado. La sombra de una depresión global se ha convertido en una hipótesis real. Ante este lúgubre escenario, los keynesianos vuelven a poner en circulación su tópico favorito: es necesario generar déficit público para combatir la crisis. Las recesiones reducen los ingresos y las guerras aumentan los gastos. En consecuencia, un presupuesto deficitario es inevitable y además bueno. El ejemplo más claro es la experiencia norteamericana durante la Segunda Guerra Mundial, cuyo crecimiento entre 1941 y 1946 fue espectacular. A simple vista, esta receta parece sensata y es atractiva. Sin embargo, resulta profundamente equivocada. La pregunta es ¿por qué?

En la actual coyuntura, un Presupuesto deficitario tendría efectos contractivos. Si se administra vía aumento del gasto público, las demandas de financiación del Estado crecerán y se producirá un efecto expulsión; las empresas y las familias tendrán menos fondos disponibles para el consumo y la inversión privadas y éstos serán más caros, lo que deprimiría de manera adicional esas dos variables. Este impacto depresivo se vería reforzado porque los agentes económicos considerarían que más déficit hoy se traducirá en impuestos más altos mañana. Por tanto ahorrarán más e invertirán menos con consecuencias negativas adicionales sobre una actividad productiva ya muy deteriorada.

¿Qué sucedería si el déficit es consecuencia de una bajada de impuestos? El impacto de un recorte impositivo en el corto plazo depende de su sostenibilidad a largo y, por tanto, de su permanencia. Si los mercados consideran que el desequilibrio fiscal no se verá corregido por el crecimiento económico futuro, los hogares y las compañías no se sentirán más “ricos” pese a la rebaja de impuestos ya que éstos tendrán que elevarse para cerrar el déficit público. En este caso, la demanda interna no se verá estimulada. La efectividad de una disminución impositiva depende de manera directa de la posición de partida de las finanzas públicas ante una crisis. Esto significa que EE.UU. sí tendría margen para realizar una rebaja impositiva pero la mayoría de los Estados de la UEM no.

En conclusión, el reloj keynesiano sigue parado con recesión o sin ella, con guerra o sin ella. Si se sucumbe a la tentación de crear déficit para combatir ambos episodios, no se conseguirá ningún resultado positivo y sí se logrará complicar la salida de la crisis. Ante esta situación qué deben hacer los gobiernos. Mantener sus cuentas públicas lo más saneadas posibles, liberalizar más sus estructuras productivas para hacer menos doloroso el ajuste y no dar a la maquina de billetes, porque esta política sólo llevaría a una recesión inflacionaria o, por lo menos, a esa fea palabreja denominada estanflación. Para decirlo con claridad, Keynes sigue muerto.

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