Todo en la nueva tasa sobre la gasolina para financiar el disparado y disparatado gasto en Sanidad del Gobierno y de las Comunidades Autónomas va contra los principios generales de política económica que han regido la actuación del Gobierno Aznar. No hay norma de sentido común ni criterio político que no lesione esta peregrina iniciativa digna de un arbitrista tardío y adocenado, digamos un socialista, pero nunca de un equipo económico que ha hecho de la contención del gasto y la limitación de los impuestos la clave de toda su política. Con excelentes resultados, por cierto.
Si el acuerdo con las Comunidades Autónomas para limitar la parte de gasto del PIB y lograr algo parecido al déficit cero presupuestario acaba por desembocar en iniciativas como ésta, que más que idea es ocurrencia y más que ocurrencia disparate, el Gobierno no sólo habrá perdido los nervios, como acredita últimamente a propósito del crecimiento y el presupuesto, sino algo mucho más importante: el guión, las líneas generales de política económica que le han permitido llevar la iniciativa durante los últimos seis años.
Las ideas son el combustible ideológico de cualquier Gobierno, sobre todo si aspira a durar y tiene margen de acción parlamentaria para trasladar a las leyes sus iniciativas. Con la mayoría absoluta, el PP lo tenía todo a su favor para acometer las reformas estructurales que España necesita y que él mismo había propugnado para pedir el voto. Desgraciadamente, con el crédito extraordinario que le concedieron los votanmtes, empezó perdiendo los modales, continuó extraviando el criterio y ahora está malbaratando las ideas básicas sobre las que asentó su política.
Si, ante un descontrol del gasto, lo único que se les ocurre a Rato y Montoro es arbitrar un impuesto finalista, tendremos que empezar a creer que la alternativa socialista es casi un hecho. Porque esta ocurrencia es propia de un gobierno del PSOE. Y no de los mejores.

El Gobierno se queda sin combustible ideológico
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