
Llevamos años escuchando un mantra tranquilizador y anestesiante: "Tenemos renovables, tenemos sol, seremos potencia industrial y digital". Desafortunadamente, cuando llega la realidad se empeña en demostrar que las planificaciones perpetradas desde un ministerio suelen no cuadrar. Sobre todo, cuando se planifica desde la ideología y el sectarismo.
En España, la industria electrointensiva paga por la electricidad bastante más que en países con los que competimos directamente. Hechos, no relatos. No es un matiz, es una losa estructural que se traslada al precio final, a los márgenes y a las decisiones de inversión. Cuando producir aquí cuesta sensiblemente más que producir en Francia o Alemania, las consecuencias no se solucionan con disquisiciones académicas, sino que estamos hablando de deslocalización, de proyectos que se paran, de plantas que no se amplían y de puestos de trabajo que se pierden.
La realidad es que nuestra industria paga un 167% más que la francesa y un 36% más que la alemana. A cierre de diciembre, en España se pagaba el MWh a 58,78€, mientras que en Francia se pagaba a 22,05€ y en Alemania a 43,23€. ¿Quién puede competir con esto? ¿Quién puede jugar en igualdad de condiciones un partido en el que empieza perdiendo dos a cero?
A esto se añade otro factor también devastador: la situación de la red eléctrica. La red española se ha convertido en el cuello de botella de la economía del futuro. Podemos hablar de inteligencia artificial, de centros de datos y de "hub digital" todo lo que queramos, pero sin capacidad real de conexión y con plazos burocráticos eternos, el capital hace lo que siempre hace: buscar certezas en otro sitio. Las inversiones se deciden por criterios tan prosaicos como un marco estable, seguridad regulatoria, red eléctrica fiable, acceso disponible o costes contenidos. Si la red está saturada, ni hay ni habrá "España digital". Debemos asumirlo cuanto antes.
El sainete al que asistimos en los últimos meses tampoco ayuda demasiado: la guerra entre el Gobierno, la CNMC y las eléctricas a cuenta de la retribución de la inversión en redes. Mientras unos predican planificación, otros anuncian objetivos y, mientras tanto, el dinero —que es el oxígeno de cualquier infraestructura— recibe señales contradictorias. Se exige invertir, pero se demoniza el retorno; se quiere red, pero se sospecha del inversor; se pide despliegue, pero se encorseta la rentabilidad. Y cuando el capital duda, las inversiones no se hacen, la red no se moderniza y perdemos el tren del progreso. Así de simple.
Lo irónico es que el problema de los altos costes fijos del sistema eléctrico tiene una solución de manual: repartirlos entre más kilovatios hora. Es decir, aumentar la demanda mediante electrificación industrial, nueva industria y consumo productivo. Pero eso no está ocurriendo al ritmo necesario. Sin un aumento de la demanda, los costes fijos pesan más. Con más costes fijos, la electricidad se encarece. Con una electricidad más cara, cae la producción industrial. Un círculo vicioso catastrófico… y perfectamente evitable.
Hemos convertido cualquier proyecto inversor en una peregrinación imposible, en un viacrucis administrativo y en un martirio para el capital. Así no se construye el futuro de un país, más bien se desmantela pieza a pieza. Así no se siembra prosperidad… se cosecha decadencia.
