
Canarias está viviendo una situación que roza la sátira: en plena transición ecológica, con declaraciones solemnes sobre emergencia climática y con el carbón expulsado de la Península a golpe de dinamita, la solución que se pone sobre la mesa para evitar apagones en el archipiélago es volver al manual de los años setenta: centrales térmicas que queman gasoil. No es solo incoherente, se trata además de una confesión tácita. Admitir que el relato ha ido muy por delante de los deberes.
La paradoja es doble. Por un lado, se demoniza cualquier tecnología firme de producción de electricidad y se presume de descarbonización. Por otro, cuando el sistema insular enseña sus costuras —que las enseña con una crudeza que la Península, por estar interconectada, amortigua mejor— se recurre a lo más barato y rápido: motores y chimeneas alimentados por petróleo. Es decir, se elige para Canarias la parte "fea" del mix eléctrico mientras se obvia que el archipiélago, por su aislamiento, es precisamente la región que más planificación y robustez necesita.
Lo más incómodo de reconocer es que esta situación no es una sorpresa, sino la consecuencia de muchos años de dejadez institucional. Durante lustros se ha ido construyendo el relato de que "seremos 100% renovables" como si bastara con desearlo. Yo mismo comparecí en una ocasión en el Parlamento de Canarias y esos eran los argumentos que esgrimían buena parte de los grupos parlamentarios. Ese canto de sirena tiene consecuencias muy concretas: frena inversiones, alarga la vida de equipos obsoletos y deja el sistema sin potencia gestionable moderna. Las centrales térmicas envejecidas —con décadas encima— no solo fallan más, también son menos eficientes y, lo más importante, son menos flexibles. Y sin flexibilidad se resiente enormemente la integración renovable.
De hecho, lo que está ocurriendo es el síntoma clásico de una transición mal diseñada: en determinados momentos ya se están viendo vertidos de renovable que superan el 20%. Se produce energía limpia… y se tira. No porque las renovables no sirvan, sino porque el sistema no tiene mecanismos para absorberlas: no hay una base firme que permita operar con la estabilidad necesaria ni existe el almacenamiento que permita operar de modo más eficiente. El resultado es que los proyectos pierden atractivo, los inversores recalculan y las iniciativas se retrasan o se cancelan.
Y mientras tanto, el historial de ceros energéticos en Canarias actúa como un férreo recordatorio de lo que significa vivir en una red aislada. Desde 2009 se han encadenado episodios que deberían habernos vacunado contra la improvisación. Desde el rayo que impactó la subestación entre Arico y Güímar; el fallo en Las Caletillas en febrero de 2010; la nueva incidencia de marzo de 2010 que afectó a cientos de miles de clientes; el apagón de La Palma en septiembre de 2013 por un problema en Los Guinchos; el gran corte de septiembre de 2019 en Tenerife por un fallo en Granadilla; el apagón total de julio de 2020 que dejó a cerca de un millón de personas sin luz durante más de siete horas; el cero en El Hierro en mayo de 2023; el incendio en El Palmar que tumbó La Gomera en julio de 2023… y, hace apenas unos días, otro apagón general en La Gomera tras la caída en cascada de grupos generadores. Demasiadas señales para seguir jugando a la ruleta.
A esta ecuación se le añade un ingrediente político-institucional explosivo: la negativa del Cabildo y de la Autoridad Portuaria de Gran Canaria a que el Puerto de Las Palmas se convierta en comodín energético, y el rechazo a proyectos de centrales —incluso planteados como solución de emergencia— o a la idea de un buque generador térmico. Es comprensible, un puerto no es un solar cualquiera y una capital no puede aceptar sin más una infraestructura emisora al lado de barrios densos. Pero también revela el fracaso del Estado planificador. Cuando todo llega tarde, solo queda improvisar e imponer, y aquí es cuando las instituciones locales y la opinión pública se atrincheran.
¿Alternativas? Existen, pero exigen abandonar el eslogan y entrar en la ingeniería y en la economía. Almacenamiento a gran escala, redes reforzadas, modernización del parque térmico existente con criterios de flexibilidad y eficiencia, y una verdad incómoda: la energía de base es necesaria y no se puede prescindir de ella. Si de verdad se quiere firmeza sin CO₂, hay opciones que merecen al menos una discusión adulta y sin tabúes. Una de las soluciones lleva operando en una zona aislada de Rusia desde hace más de 6 años. Hablamos de reactores nucleares como el modelo KLT-40S, que operan en una central nuclear flotante (es decir, un barco) y entregan potencia estable en entornos aislados.
El barco llega, atraca en el puerto y se conecta directamente a la red eléctrica de la isla, produciendo electricidad limpia sin gases de efecto invernadero que, además, puede ser utilizada para desalar agua de forma masiva (algo también vital en Canarias). No se trata de una receta instantánea ni trivial, exige regulación, seguridad, consenso y plazos. Exige, como digo, un debate adulto que huya de eslóganes que no funcionan.
Canarias no necesita más gestos, necesita coherencia. Aprobar en el Congreso de los Diputados decretos de "Emergencia Climática" y luego proponer centrales de gasoil es la asunción sonrojante del fracaso de una política energética basada en deseos y no en realidades. Es hora de empezar a cambiar las cosas.


