
Con todo lo ocurrido en los últimos días, ha pasado más o menos desapercibida una noticia muy interesante (e instructiva). Nos referimos a los titulares sobre cómo se disparaban los precios de los billetes de avión entre Málaga y Madrid a las pocas horas del accidente de Adamuz. Unos se quejaban del "abuso"; otros pedían la intervención del Gobierno; el Ministerio de Consumo alertaba sobre estas prácticas y anticipaba una regulación para prohibirlas; e incluso las aerolíneas cedían a la presión social y anunciaban que toparían los precios (me imagino que la medida está a medio camino entre la campaña de marketing y el intento de no enfadar mucho a un Gobierno con propensión a irrumpir en el mercado como elefante en cacharrería).
Pero nadie se preguntaba qué estaba pasando realmente. O si la narrativa predominante tenía algún sentido.
Como casi siempre en estos casos, todo parte de una comprensión errónea de los mecanismos del mercado. Así, cuando se suceden las noticias por la subida de precios, se mira a las aerolíneas, que se "aprovechan" de la situación frente al desvalido consumidor. La idea implícita es que las grandes empresas (Iberia o Air Europa en este caso) pueden hacer más o menos lo que quieran con nosotros. Pero no es así.
Si el poder de las aerolíneas para fijar precios fuera tan alto, los billetes, siempre serían caros. De hecho, quizás en vez de darle vueltas a la cabeza sobre por qué son tan caros esta semana… podríamos preguntarnos por qué eran tan baratos la pasada.
La realidad es que ni antes eran anormalmente baratos ni ahora son extraordinariamente caros (al fin y al cabo, estos dos términos son relativos). En uno y otro caso, los precios son los que pueden ser. Si esta semana son más altos es porque hay mucha más gente pujando.
Nuestros competidores
Los productores (aerolíneas, supermercados, tiendas de ropa) siempre quieren cobrarnos lo máximo. Nos cuesta mucho interiorizar esto, pero en la lucha por los precios más bajos, nuestros enemigos son los demás consumidores, no los productores. Estos siempre quieren precios más altos; la clave del precio final es cuántos de nuestros vecinos están dispuestos a pagarlo.
Esta semana lo vemos con los precios de avión, pero tenemos a mano decenas de situaciones similares. Por ejemplo, si vamos al fútbol: nos escandalizaremos por el precio de una Coca-Cola en el Bernabéu o el Metropolitano o el Camp Nou. Y pensaremos, "ladrones, cómo se aprovechan". Otra vez, el mismo error: si en el estadio nos cobran 4-5 euros por lo que en el súper de la esquina nos cobran 80 céntimos, no es porque el empresario del fútbol sea más avaricioso, sino porque en el estadio hay quien está dispuesto a pagar ese precio (y en la calle, no).
El segundo error que cometemos al pensar así tiene que ver con nuestro sentido de la justicia. Y con el supuesto beneficiado de la medida (tanto si es como consecuencia de una prohibición directa del Gobierno como si se debe a la pura presión social). "¿Quién gana con los precios más bajos?", pensamos. Y la respuesta parece clara: "El consumidor".
Bueno, no tan rápido. Es evidente que hay consumidores que ganan: los que compran el billete más barato. Pero si el precio de ese billete pasó de 100 a 1.000 euros (por redondear, no hay una cifra exacta de cuánto costaba antes y cuánto ahora; entre otras cosas, porque no hay una única categoría de billete), es porque también se disparó la demanda. Es decir, donde antes había unos pocos compradores potenciales, ahora hay cientos de personas que, por las razones que sean, quieren viajar de Málaga o Sevilla a Madrid en avión. Todos los que se queden en tierra, queriendo pujar al alza, pierden. Lo que cambia con el tope es la forma de discriminar: antes, se quedaba el billete el que más alto pujaba; ahora, lo hará el que más tiempo tenga para estar atento a cuando se pongan a la venta o el que posea mejor conexión a internet. La escasez sigue ahí, lo que cambiamos es la forma de gestionarla.
Por supuesto, en ninguna noticia aparecen las consecuencias. ¿Cómo? ¿Consecuencias? Ninguna, más allá de precios más bajos, ¿no? De nuevo, error.
No hay más que leer en las mismas noticias sobre los precios disparados. El titular en estos casos siempre se lo lleva el encarecimiento. Pero a partir del tercer o cuarto párrafo, empiezan a aparecer las pistas más interesantes: que si se disparan las ofertas de usuarios en plataformas tipo blablacar, que si las empresas de autobuses refuerzan las líneas, que si las propias aerolíneas aumentan las rutas en esos destinos… El mercado, haciendo lo que siempre hace el mercado: ¿precios más altos? Y los productores empiezan a asomar para llevarse su parte del pastel de la mejor manera posible: cubriendo las necesidades de los consumidores. Si prohíbes precios más altos en situaciones excepcionales, como quiere hacer el Ministerio de Consumo, estarás mandando un mensaje terrible: que nadie piense en cómo servir a los demás en esas situaciones, porque tendrá prohibido beneficiarse de su iniciativa. Es decir, conseguiremos lo contrario de lo que necesitamos: en vez de incentivar nueva oferta, disuadimos a los que podrían generarla.
El último error también tiene que ver con la justicia, pero en este caso en lo que tiene que ver con el productor. Podríamos formularlo de la siguiente manera: "Los que defienden el mercado nos dicen que tenemos que premiar la iniciativa empresarial o la visión comercial. Es decir, premiar a aquellos que interpretan bien las necesidades de los demás y se adelantan a las mismas. Pero aquí nadie ha hecho nada de eso. Si los precios suben no es porque un gran empresario haya inventado algo nuevo o haya descubierto algún uso diferente para un producto. Es puro azar. Sin ellos hacer nada, se encuentran unos beneficios exagerados".
El corolario parecería obvio: no es injusto limitar lo que simplemente les sobrevino sin que hicieran nada. Tres consideraciones al respecto:
- El mercado no premia por criterios morales o de esfuerzo. Lo que valora es nuestra capacidad de cubrir las necesidades de los demás. Premia el valor añadido. Cómo hayamos logrado ese valor añadido es cosa nuestra. Es verdad (y es bueno) que casi siempre la inteligencia, el talento, el esfuerzo, la dedicación, los conocimientos técnicos… ayudan. Por eso esa mano invisible de la que hablaba Smith es tan poderosa y nos ha llevado a los niveles de prosperidad actuales. Normalmente, para satisfacer a los demás en el mercado, tenemos que dar lo mejor de nosotros mismos. Pero a veces no es así, es cuestión de suerte. Y no tiene nada de malo.
- De hecho, pensemos en otro escenario. Limpiando el desván de la casa del pueblo, tras el fallecimiento del abuelo, descubrimos un pequeño cuadro oculto tras un arcón. Se lo llevamos a un anticuario y nos suelta la bomba: parece un Goya de su primera época. Nuestra familia era originaria de Aragón y no es descartable que algún antepasado tuviera amistad con el genio de Fuendetodos. ¿Estaríamos dispuestos a regalar el cuadro porque fue suerte que lo encontráramos? ¿Renunciaríamos a la posible venta millonaria del hallazgo? ¿Nosotros sí tenemos derecho pero Iberia no?
- Y, lo que nunca aparece en estos análisis. Hay todo tipo de sucesos fortuitos negativos (desde una avería mecánica a un invierno de pésima meteorología, pasando por un derrumbamiento en la catedral de la ciudad, que hace que el monumento más buscado esté cerrado) que pueden hacer que los aviones de una línea vayan vacíos durante meses. Tampoco eso se le puede achacar a la empresa. Ellos no hicieron nada y se encontraron con los vuelos operando al 30% y los precios por los suelos. ¿Qué hacemos? ¿Les indemnizamos? Si mantenemos el razonamiento, es lo que deberíamos hacer.
Ni lo uno, ni lo otro. Cuando una empresa hace sus cuentas y previsiones, sabe que habrá situaciones fuera de su control que le pueden beneficiar o perjudicar. Si no les vamos a compensar en las malas (y no deberíamos), tampoco es justo penalizarlas cuando el azar les beneficia.
Una de las definiciones económicas que más me gustan es la que dan Tyler Cowen y Alex Tabarrok en su libro de microeconomía: "Un precio es una señal envuelta en un incentivo". Si quitas la señal, haces el camino más complicado de transitar; si eliminas el incentivo, provocas que haya menos gente pensando en cómo resolver el problema. También en estos días tan difíciles y tristes, es una enseñanza que no deberíamos olvidar.

