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De Pasapalabra a Hacienda: el reto que ningún concursante tuvo que superar (pero deberían)

El "rosco de los impuestos" que incluye a un Estado que se mete en la cartera.

El "rosco de los impuestos" que incluye a un Estado que se mete en la cartera.
Rosa Rodríguez, tras ganar el bote de Pasapalabra. | EFE

Veo mucho debate en redes sociales a cuenta de un par de declaraciones que apuntan en la misma dirección. Por un lado, tenemos a la ganadora de Pasapalabra, que al ser preguntada si se sentía mal por el hecho de tener que pagar casi la mitad de su premio a Hacienda (1,2 millones), respondía que no, que lo hacía encantada: venía a decir que parte de lo que era ella como persona se lo debía a los servicios públicos que había disfrutado desde que nació; y que le parecía justo corresponder sufragándolos. En la misma línea, el CEO de Nude Project (una marca de ropa que parece estar muy de moda entre nuestros jóvenes) decía que estaría dispuesto a pagar "todos los impuestos del mundo" por vivir en un país como España.

Por supuesto, el debate ha sido muy enconado. Por un lado, los que les señalan por un discurso que da todavía más alas a nuestros políticos; por el otro, los que defienden que no sólo es coherente, sino que tienen mucha razón en su planteamiento; y a mitad de camino, los que dudan de su honestidad.

A mí este tema me encanta. No tanto lo que hace referencia a los impuestos, como lo que tiene que ver con las declaraciones públicas. Y lo que se esconde tras ellas. En este sentido, me gustaría plantearles un reto a los dos, una especie de "rosco de los impuestos". Con una pregunta muy sencilla, a ver si podrían responderla y pasar la prueba: ¿Qué pasaría si de verdad los impuestos que pagan dependiesen de ellos?

Creo que es Brian Caplan, en El mito del votante racional, el que dice que la diferencia entre lo que decimos (y votamos) y lo que de verdad pensamos, puede ser muy amplia. No porque no seamos sinceros (como lo es, en ese momento, ese novio que le dice a su chica "te querré para siempre") sino porque las palabras son gratis. De hecho, en este caso no son sólo gratis, sino que te dan autoridad moral a cambio de nada, porque los impuestos tendrías que pagarlos igual. No estoy diciendo que estén mintiendo a sabiendas, uno u otra. Lo que dice Caplan (y yo con él) es que la prueba debería implicar una toma de decisión real, con consecuencias directas. En resumen, para saber de verdad si el novio dice la verdad, habría que ponerle en una situación real en la que pueda incumplir su promesa: le dejamos a solas con una chica atractiva y que le tira los tejos... y a ver qué pasa (algunos pasarían la prueba; otros, no).

En la misma línea, votar por un partido que promete subir los impuestos a los que ganan lo que tú es una cosa. Pero ahora imaginemos que estamos delante de la urna y sabemos que el único voto que importa es el nuestro. ¿Votaríamos lo mismo? O imaginemos que tenemos el borrador de nuestra declaración de la renta; y alguien nos asegura que podríamos poner la cantidad que quisiéramos en la casilla del saldo final; y nos asegura también que nadie revisará nuestra declaración. Es decir, que pagaremos lo que hayamos puesto y decidido nosotros libremente. ¿Qué cantidad pondrían en su casilla la concursante y el CEO de las sudaderas?

En este punto yo tiendo a pensar que el 99,9% de mis conciudadanos pagaría una cantidad muy inferior a la que dicen estar encantados de abonar. Para empezar, porque no conozco a nadie (au pagarnque imagino que alguno habrá) que haya renunciado a una devolución en el IRPF en favor de Hacienda. ¿Siempre pensamos que lo más justo en términos sociales es exactamente lo que nos toca? En segundo término, porque incluso aquellos que se quejan de las medidas de los políticos que bajan impuestos (por ejemplo, los que señalan a Ayuso; y tampoco los baja tanto), luego se acogen a las mismas cuando les toca a ellos. Esto nunca lo he entendido: dices que es injusta una rebaja fiscal y sólo beneficia a los ricos; pero luego, si te la puedes aplicar, lo haces. Por qué no predicar con el ejemplo y pagar lo que te tocaría en el momento pre-ayuso. Ninguno lo hace; no lo entiendo (bueno, sí lo entiendo).

Lo mismo con los servicios públicos. Es verdad que hay partes de los servicios que nos proporciona el Estado que sería muy complejo trocear (de las carreteras a la seguridad). Pero hay otras que no sería tan complejo. Por ejemplo, pensiones, educación o sanidad. Si tan fantásticos son esos servicios y tan contentos están la mayoría de los ciudadanos con los mismos, ¿por qué no permitir el descuelgue al que no quiera pagarlos? Incluso cobrándoles una pequeña cuota de solidaridad a los que ganen mucho para pagar parte del servicio a los que no pueden sufragarlo. Pues tampoco, nos dicen que son excelentes; y tan buenos son que nos tienen que obligar a todos (incluso a los que somos menos entusiastas que nuestros dos protagonistas de hoy) a abonarlos y utilizarlos.

Impuestos y riqueza

Por último, una reflexión sobre un tema que siempre aparece cuando se toca este tema: si los impuestos son tan malos, ¿por qué algunos de los países más ricos del mundo tienen tributos tan elevados? Este argumento lo resumía muy bien este tuit de Yago Álvarez Barba:

Dos puntos importantes:

1 – Nunca entiendo por qué los defensores de la intervención del Estado en la economía omiten los ejemplos en los que esa intervención es más palpable. Los países en los que el Estado tiene más peso en la economía no son Dinamarca, Bélgica o Francia. Son Cuba o Corea del Norte. Y no están solos: según las estadísticas de datosmacro.com de gasto público en relación al PIB, los acompañan Libia, Timor Oriental o Ucrania, todos ellos con niveles de gasto público en relación al PIB superiores al 60-70%.

Sé que en este caso la estadística escogida es presión fiscal (ingresos tributarios sobre el PIB). Y ahí muchos de estos casos no aparecen en parte por la propia definición de la tabla (qué impuestos tienen Cuba o Corea del Norte; todos y ninguno). Pero digo yo que, puestos a poner ejemplos extremos para convalidar tu argumento, mejor poner los de los dos lados de la tabla, no sólo a Somalia.

2 - En España, el gasto público ronda el 45% del PIB (los ingresos son tres puntos menos, los que tenemos de déficit). Es verdad, que hay países mucho más ricos con más peso del Estado en la economía. Lo primero que podríamos preguntarnos cómo funcionan esos mismos países en otros indicadores de libertad económica (normalmente, con mercados muchos más flexibles y dinámicos) o cómo organizan sus servicios públicos (los modelos de cheque escolar o sanitario, que aquí son tabú, en muchos de estos países son la regla; y podríamos discutir si es justo que eso se considere "gasto público").

También podríamos señalar que puedes tener presión fiscal muy elevada por dos vías: impuestos muy altos a trabajadores no tan ricos; o impuestos simplemente altos a empleados de altísimo poder adquisitivo. Si cobras un 35-40% de IRPF a los que ganan más de 100.000 euros; pero el 90% de la población está en ese nivel, tu presión fiscal será alta. Quizás más alta que la presión fiscal de otro país en el que esos niveles de impuesto sobre la renta comienzan a los 20.000 o 25.000 euros. ¿En cuál de estos dos grupos se incluye España?

Pero hoy no entraremos en eso. Sino en una doble pregunta: si pensamos en los países ricos más prósperos o que mejor lo han hecho en las últimas tres décadas, ¿nos vendrían a la cabeza Francia, Bélgica o Italia? Quizás Dinamarca nos encaja más como caso de éxito, aunque con matices. Pero los que encabezan las estadísticas de presión fiscal, si acaso, se caracterizan por estancamiento y decadencia. Enfrente, los países ricos más dinámicos, tienen todos niveles de presión fiscal a muy inferiores a la nuestra. Y no hablamos de lugares en los que los pobres mueran de hambre en las calles, sino de modelos como el de Suiza, Singapur, Irlanda, Corea del Sur, etc… Todos ellos con una presión fiscal inferior al 30% del PIB. Digo yo que, si queremos discutir de verdad sobre el nivel de impuestos que tenemos actualmente en España, mejor tirar de los ejemplos en los que todos pensamos cuando decimos "me gustaría un Estado que se metiera menos en mi cartera". Si queremos un debate de verdad, Singapur o Suiza vs Dinamarca o Suecia (los cuatro, países muy funcionales y con una gran calidad de vida).

Y un último apunte. Porque no es sólo una cuestión de ganar el debate. Sino del principio al que se apela. Se afirma algo del tipo "pago mis impuestos y no me importa, porque es devolverle al país lo que me dio,; en una sociedad democrática, los impuestos los fijan el Gobierno y el Parlamento". Aquí, uno se pregunta si eso valdría siempre y en cualquier circunstancia. ¿Y si los impuestos fuesen del 95%? ¿También los pagarían encantados? Porque a esos niveles podrían ser igual de democráticos. Podemos, por ejemplo, ha planteado en ocasiones impuestos a los super-ricos o a las rentas muy elevadas no tan diferentes. Si la respuesta es que "sí", vuelvo al reto planteado al principio: ¿de verdad lo harías, aunque pensaras que nadie te está mirando? Si la respuesta es "no", entonces la posición del interpelado es la misma que la mía, sólo diferimos en el nivel que nos parece excesivo. En mi caso, ese punto lo pasamos hace ya mucho tiempo.

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