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Discurso íntegro de José María Aznar en el Congreso Internacional de Víctimas del Terrorismo

A continuación reproducimos el disurso íntegro que ha pronunciado José María Aznar en la inauguración del II Congreso Internacional de Víctimas del Terrorismo:

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Queridos amigos:
 
Hace poco más de un año en Madrid se ponía en marcha una iniciativa largamente debida a la victimas del terrorismo. La idea de un Congreso Internacional que permitiera reunirse a los que directamente han sufrido este gran mal de nuestro tiempo.
 
Hoy en Bogotá me produce una inmensa satisfacción comprobar que las voces expresadas en Madrid encuentran un eco fortalecido y que aquella iniciativa se consolida y tiene continuidad y demuestra capacidad de convocatoria y voluntad de futuro.
 
Por justicia y por agradecimiento quiero, en este acto de inauguración, expresar mi reconocimiento más sincero a las Universidades San Pablo CEU y Sergio Arboleda, dos grandes instituciones que manifiestan su compromiso intelectual y ético, impulsando este encuentro que alienta esos valores de recuperación de la verdad, de solidaridad con el sufrimiento, de reparación de la injusticia y de trabajo por la convivencia en libertad que el terrorismo quiere destruir.
 
Este Congreso, siguiendo el camino señalado por la declaración de Madrid, debe ser un nuevo paso, un avance decidido en la reivindicación de la memoria de las víctimas y de su sacrificio. Y en esa misma medida debe ser una llamada de atención sobre la amenaza global que el terrorismo representa para nuestras sociedades.
 
El terrorismo, bajo sus diversas formas, es la fuerza destructiva que busca acabar con la libertad y la convivencia allí donde están protegidas por sistemas democráticos consolidados. Pero también intenta frustrar los procesos de construcción de la democracia en aquellas sociedades que aspiran a organizar sistemas políticos basados en la ley, el respeto a los derechos humanos y la primacía del Estado de Derecho.
 
Pocas semanas después de celebrado el primer Congreso en Madrid, España sufrió el terrible ataque terrorista del 11 de Marzo. 192 hombres y mujeres fueron asesinados por la acción de fanáticos que no reconocen límite alguno a su crueldad ni a su afán destructivo. Su muerte es una realidad que se impone en nuestras conciencias más allá de cualquier otra consideración. A esas 192 víctimas quiero, precisamente aquí, ante tantas otras víctimas, rendir el homenaje y ofrecerles el recuerdo que merecen, para que su memoria no sufra el silencio ni desaparezca en el anonimato de otras vidas también perdidas a manos del terror.
 
Aquellas vidas truncadas de manera tan radicalmente injusta y alevosa; los cientos de heridos; el profundo trauma colectivo sufrido por todos los españoles; las amenazas que antes y después del 11 de Marzo penden sobre nuestras sociedades, demuestran que los propósitos que nos llevan a promover la presencia de las víctimas siguen siendo plenamente vigentes.
 
Frente al terrorismo étnico-nacionalista, frente al terrorismo que se proclama revolucionario, frente al terrorismo islamista, necesitamos la presencia de las víctimas, su impulso moral, su coraje cívico. Necesitamos el testimonio de su sufrimiento para ser conscientes de la gravedad del problema y de nuestros deberes de solidaridad. Necesitamos a las víctimas para saber que todos estamos amenazados y que ni siquiera los que piensan que compran su seguridad plegándose a las exigencias de terrorismo o legitimando sus causas pueden sentirse inmunes.
 
Las víctimas deben ser el primer elemento del compromiso de los gobiernos y del conjunto de la sociedad civil a la hora de afrontar la defensa de nuestras libertades. Por eso es tan necesario que el mensaje que encierra este Congreso, como el que se escuchó en Madrid, hace un año, siga oyéndose alto y claro.
 
Y por eso es tan necesario que entre todos hagamos posible que se rompa el círculo de silencio y de anonimato al que antes me refería que todavía hoy rodea al sufrimiento y al recuerdo de las víctimas del terrorismo. Primero porque se lo debemos. Ellas son un tributo que no teníamos que pagar, un sacrificio injustamente arrancado. Pero además, el silencio, el anonimato, la invisibilidad de las víctimas es una forma de impunidad de los terroristas. Es la manera de impedir que la justicia, no la venganza, alcance a los asesinos.
 
Para mí es un motivo más de admiración hacia las víctimas, que una parte importante de este impulso a favor de su reconocimiento, se haya generado en España.
 
De las víctimas del terrorismo la sociedad española ha recibido valores verdaderamente fundamentales. La confianza en las posibilidades del Estado de de Derecho para combatir y derrotar a los terroristas desde y con la ley. La renuncia a cualquier tentación de tomarse la justicia por su mano. La reclamación de los derechos que les asisten como ciudadanos libres. La dignificación de la solidaridad como un valor compartido. El apoyo a un consenso nacional y no partidista para sumar fuerzas frente al terrorismo. Todos estos elementos han marcado la trayectoria de las víctimas del terrorismo en España. Sin ellas no se entendería el esfuerzo por acabar con el terror porque ellas han sido un verdadero motor, eficaz y poderoso, en ese compromiso.
 
Hay que seguir trabajando. Hace quince años, la caída del muro del Berlín y la recuperación de la libertad para millones de europeos sojuzgados por el sistema totalitario soviético, abrió un periodo de euforia en el que la paz se veía como el estado natural de la humanidad que seguiría a la confrontación entre bloques. Unos años después, ha podido comprobarse que la libertad nunca está asegurada. Las amenazas se transforman, se pueden limitar y combatir eficazmente, pero ese patrimonio de las sociedades abiertas y libres debe saber defenderse.
 
El terrorismo como amenaza global ocupa ahora el espacio de otras amenazas que hemos conseguido superar. Y requiere la misma determinación, unidad y constancia para derrotarlo que otros totalitarismos exigieron a generaciones que nos han precedido.
 
El terrorismo, adopte la forma que adopte o cualquiera que sea la causa que invoque, amenaza hoy a millones de personas en todo el mundo. Combate los procesos democráticos. Impone el miedo. Viola masivamente los derechos más elementales. Se beneficia de las capacidades tecnológicas actuales para multiplicar el impacto de sus crímenes. Consigue el apoyo o la tolerancia de Estados y Gobiernos que lo legitiman, le dan cobertura o lo utilizan como un instrumento de su política contra vecinos o adversarios. Es una causa fundamental en la generación de pobreza y desesperación en muchas comunidades a las que la violencia terrorista cierra cualquier horizonte de estabilidad y desarrollo. Propaga su mensaje de odio étnico o religioso a nuevas generaciones. Convierte en rutina televisiva las mayores atrocidades, y deja al descubierto las dificultades que todavía encontramos para la colaboración internacional.
 
Esta realidad puede dar lugar a muchos análisis desde diversos puntos de vista. Pero no se trata de una polémica académica sino de una amenaza real que debe ser abordada en todas y cada una de sus implicaciones. Y lo más importante, a mi juicio, es recordar lo que alguien certeramente ha dicho al respecto: la causa del terrorismo es su propio éxito. El terreno que el terrorismo pueda ganar es el que le dejemos libre. Su capacidad para imponer el miedo viene dada por la carencia del Estado a la hora de infundir confianza en sus  ciudadanos y en el respeto a la ley.
 
Bien es verdad que esta batalla no la pueden librar los gobiernos en solitario. El éxito depende de que sepamos articular formas de cooperación a nivel nacional e internacional. En el ámbito interno a través de acuerdos amplios, de consensos ampliamente representativos de la sociedad en los que se apoye la acción del Estado de Derecho, de la fuerzas de seguridad y de la Judicatura.
 
En el ámbito internacional mediante la cooperación sincera y la solidaridad efectiva entre Estados lo que exige que todos nos reconozcamos implicados en el problema.
 
En uno y otro ámbito la presencia de las víctimas es clave.
 
No es una simple coincidencia que el mayor esfuerzo realizado por la sociedad española y la determinación más firme de derrotar al terrorismo y a las estructura políticas que lo apoyan se haya producido al mismo tiempo que las fuerzas políticas y el conjunto de la sociedad tomaban conciencia de los derechos que asisten a las víctimas y de la necesidad de que estos tuvieran el reconocimiento legal y político necesario.
 
En el terreno internacional queda mucho por hacer.
 
 
El terrorismo es el agente principal de violaciones masivas y permanentes de los derechos humanos. Derechos que se violan por organizaciones criminales con estructuras, financiación, redes de apoyos, y que actúan bajo el mando de dirigentes de acuerdo con líneas de autoridad conocidas. Esta realidad no debe seguir siendo desconocida para el Derecho Internacional ni para el sistema internacional de protección de los derechos humanos. El terrorismo es un crimen contra la humanidad que debe ser tratado como tal.
 
Esta consideración del terrorismo en su verdadera naturaleza debe ser un objetivo por el que trabaje en común. El terrorismo no debe beneficiarse de fronteras ni gozar de ningún tipo de legitimación en función de posiciones ideológicas que tienen que marcar un límite infranqueable. Ese límite no es otro que el de la utilización de la violencia para defender causa alguna.
 
Como recientemente escribía el Director Ejecutivo del Comité Antiterrorista de las Naciones Unidas, se trata una vez más de vencer a las oscuras fuerzas del totalitarismo.
 
Y, sin duda, en esa oscuridad esas mismas fuerzas quieren introducir a las víctimas. Precisamente por ello creo sinceramente que no será posible una cooperación internacional plenamente eficaz, si en esta cooperación está ausente un compromiso de solidaridad real con las víctimas.
 
En esta tarea, este Congreso ha abierto caminos que hay que seguir recorriendo. Son objetivos en los que hay que insistir. Tengo una gran confianza en que iniciativas como esta asegurarán que la voz de las víctimas sea escuchada cuando lo que está en juego es la respuesta compartida a este grave fenómeno criminal.
 
Hay que mejorar los instrumentos políticos y legales que se necesitan en esta lucha. Pero también hay que movilizar conciencias. Las conciencias de los que una mujer que ha despertado la admiración de muchos en España –y también la mía- ha llamado políticos de corazón de hielo. Las conciencias de los que miran a otro lado, de los que se encogen de hombros, de los que se sienten seguros porque piensan que eso no les ocurrirá a ellos. En definitiva, movilizar las conciencias de los que cuando se acercan al problema del terrorismo en vez de acercarse a las víctimas simplemente las contabilizan.
 
Las sociedades que aspiran a consolidar modelos democráticos, marcos estables de convivencia, sistemas de libertades que les permitan progresar económica y socialmente tienen ante sí una batalla difícil y probablemente larga.
 
Persisten las ideologías etnicistas que en nombre de una raza o de una construcción nacional siguen empeñadas en el exterminio de los otros, en la limpieza étnica y en la ruptura de marcos de convivencia comunes.
 
El terrorismo islámico hace evidente su doble dimensión como amenaza a la seguridad tanto interna como internacional. Buena parte de ese terrorismo no es un riesgo externo. En Europa sabemos que en no pequeña medida se encuentra alojado en el interior de nuestras sociedades, intentando aprovechar como debilidades, los valores y principios que les caracterizan como sociedades abiertas. Un terrorismo, además, que se ha conjurado para hacer fracasar las oportunidades para una paz justa y duradera en Oriente Medio.
 
Pero también reaparecen ideologías de contenido e inspiración profundamente antidemocrática. Ideologías mesiánicas que instrumentalizan la pobreza y el subdesarrollo, que juegan con los sentimientos de identidad de sus pueblos. Ideologías esencialmente desestabilizadoras y de vocación totalitaria.
 
Sigue existiendo un caldo de cultivo ideológico desde el que se intenta legitimar el terror y salvar la responsabilidad de quienes lo practican ofreciendo coartadas, exculpando a los terroristas en función de situaciones que sólo podrán encontrar solución precisamente si el terrorismo es erradicado. El terrorismo es el problema. Nunca ha sido la solución. Ni el comienzo de la solución de nada, ni ha servido de apoyo a ninguna causa digna. El terrorismo no se puede definir por sus fines. Se define por sus medios que es lo que le identifica. Fines y medios son dos caras de la misma moneda execrable del terrorismo, de su ideología de odio y de su ausencia de humanidad.
 
No podemos alegar desconocimiento. Sabemos que el fenómeno terrorista es diverso en sus manifestaciones pero comparte los mismos objetivos de destrucción. Esta amenaza puede adoptar también diversas combinaciones, puede tener, y de hecho tiene, conexiones complejas. Desde el narcotráfico y la corrupción, hasta la complicidad con los denominados estados fallidos, pasando por el intento de acceder a armas de destrucción masiva que constituiría un salto en la capacidad letal del terrorismo de incalculables consecuencias.
 
Estos son los riesgos. Y ante ellos debemos ser capaces de construir nuestra respuesta. No es una opción. Es una necesidad apremiante. El terrorismo no lo hemos elegido. No lo eligen sus víctimas. Se nos impone como la prueba que esta generación debe afrontar y frente a la cual no hay más alternativa que vencer. Y vencer significa integrar esfuerzos, desarrollar políticas eficaces de cooperación, promover la democracia, aumentar la exigencia  de respeto a los derechos fundamentales, fortalecer las políticas de seguridad, denunciar y combatir los intentos de legitimar la violencia terrorista, reforzar los instrumentos del Estado de Derecho.
 
Lo decía antes y lo reitero ahora. En esta tarea, difícil como pocas, las víctimas son imprescindibles.
 
Tengo la feliz oportunidad de encontrarme en Colombia. Conozco bien el sufrimiento de los colombianos y la tragedia que el terrorismo ha causado.
 
No podría concluir mi intervención en esta sesión inaugural del II Congreso Internacional de Víctimas del Terrorismo sin dar testimonio de mi admiración y solidaridad con los esfuerzos que desarrolla el Gobierno y el pueblo colombiano para poner a esta lacra terrorista empeñada en destruir el futuro de una sociedad.
 
Colombia tiene todas las posibilidades de acceder a los niveles de desarrollo económico y paz social que merece. La política liderada por el Presidente Uribe con determinación, firmeza y amplio apoyo popular es una muestra que no dudo en calificar de admirable de cómo la primacía de la ley, el coraje cívico, la ambición de una Colombia en paz y la decisión de no retroceder en este esfuerzo a pesar de sus dificultades, son los materiales de los que está hecha la esperanza de muchos colombianos.
 
Quisiera que mi presencia en este Congreso fuera una contribución modesta pero eficaz a sus objetivos. Cuantos os habéis reunido aquí contáis con mi admiración y solidaridad. Y tenéis mi apoyo más firme en una causa, la de la dignidad y la memoria de las víctimas, a la que seguiré ofreciendo mi dedicación.
 
Muchas gracias.

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