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Así revientan la investidura de un alcalde

Persecución del alcalde al más puro estilo piquetero. Insultos, intimidaciones y persecución por toda la ciudad durante el día de investidura.

FERNANDO DÍAZ VILLANUEVA
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Como en el resto de municipios de España, el día 11 se constituyó el ayuntamiento de Leganés, donde, por primera vez en 32 años, va a gobernar un alcalde del Partido Popular. En 2007 esta formación también ganó, aunque sólo pudo formar gobierno durante 23 días, los necesarios para que PSOE e IU llegase a un pacto de legislatura que incluía entregar a los comunistas seis delegaciones –incluida Urbanismo– a pesar de que sólo contaban con tres concejales.

Cuatro años más tarde el mapa electoral leganense ha dado un vuelco. Los populares han ganado con autoridad superando la barrera psicológica del 40% de los votos, pero sin llegar a obtener la mayoría absoluta. Los concejales que Jesús Gómez, el candidato popular, necesitaba se fueron a un pequeño partido independiente llamado ULEG (Unión por Leganés). Tras dos semanas de dimes y diretes –socialistas y comunistas llegaron a decir que votarían por el independiente para evitar que gobernase el PP– Gómez ha conseguido llegar a la alcaldía tal y como deseaban la mayoría de los vecinos.

Los "indignados" entran en escena

Y en esto hace su entrada en escena el movimiento de los "indignados", que en Leganés es muy numeroso y activo. Se organiza en torno a una de las asambleas populares que, a imagen de la de la Puerta del Sol, ha proliferado por todos los barrios de la capital y los municipios de la Comunidad de Madrid. Es, como cabe suponer, una asamblea popular en sentido estricto, es decir, marcadamente socialista y en la que sus miembros más activos están vinculados con los partidos de izquierda e incluso de extrema izquierda.

Para la investidura del día 11 la asamblea había citado a los vecinos a organizar una cacerolada en la puerta del Centro Cívico José Saramago, lugar escogido por el alcalde saliente para la celebración de la ceremonia de investidura. A las 11 de la mañana (una hora antes de la hora prevista de la ceremonia) un pequeño grupo de "indignados" provisto de megáfono ya montaba guardia junto a la verja del centro cívico. Poco después llegó la artillería pesada, un nutrido grupo de manifestantes de estética "okupa" acompañados de gente de mediana edad que traía una mesa plegable y cajas con panfletos informativos.

El piquete ya estaba montado. A partir de ese momento no haría sino crecer y radicalizarse. Visto el percal, Jesús Gómez, que llegó hasta el José Saramago a solas en su motocicleta, tuvo que entrar por la puerta trasera, custodiada por un coche patrulla. Pasó por delante de los "indignados", pero gracias al casco pudo pasar desapercibido. De llegar con el coche o a pie otro gallo le hubiese cantado al todavía concejal popular. El alcalde en funciones, el socialista Rafael Gómez Montoya, entró por la puerta y se llevó un tímido abucheo.

Gran presencia policial

A esas alturas las unidades de la policía municipal destacadas frente al centro cívico –varias motos y un par de coches patrulla– ya no daban abasto. Se avisó a la Policía Nacional que llegó poco antes de las doce en dos furgones antidisturbios. A éstos se le unieron varios agentes y los escoltas que se encontraban presentes, en su totalidad pertenecientes al equipo de Gobierno municipal.

El piquete fue creciendo hasta sumar unas doscientas personas que se iban calentando por momentos. A ello contribuía el estilo de la protesta, ruidoso hasta el estruendo. Megáfonos, sirenas, bongos, cacerolas, silbatos y un griterío constante que hacía imposible hasta hablar por teléfono. Los animadores se encargaban, además, de que el ruido y los cánticos no cesasen ni un solo segundo. A los clásicos indignados "no nos representan", "sin nosotros no sois nada" y "la voz del pueblo no es ilegal" se unieron mantras típicos de la extrema izquierda relativos al capitalismo y la lucha obrera.

A las doce comenzó, en el auditorio del José Saramago, la investidura tal y como estaba programado. Nada destacable. Se realizaron los juramentos de rigor seguidos por las votaciones y el discurso del alcalde entrante. Al terminar el acto el panorama en el exterior era dantesco. El piquete se había alineado formando un pasillo de unos cincuenta metros con la única idea de abuchear e insultar a todos los que saliesen del auditorio. Y así fue, nadie se quedó sin insulto. Ni el alcalde saliente, ni sus concejales ni, especialmente, los concejales y simpatizantes del Partido Popular.

Izquierda Unida se apunta puño en alto

Con los tres concejales de Izquierda Unida sucedió algo diferente. Uno de ellos, Alarico Rubio, hasta el viernes concejal de Educación, Infancia y Festejos del ayuntamiento, se paró y puño en alto jaleó a los manifestantes. El jefe local de la formación comunista, Raúl Calle, agachaba la mirada, tal vez por la vergüenza que le ocasionaba ver como uno de sus concejales, que acababa de jurar la Constitución, se entregaba con fruición de fanático a un acto tan poco democrático como aquel.

Los concejales populares, un total de 12, tuvieron que aguantar un tropel de insultos por parte del piquete "indignado". El favorito de los piqueteros era el habitual "fascista" o su variante "facha", proferidos ambos a voz en cuello por la práctica totalidad de los manifestantes. Todo en esa grotesca representación del disenso era violento. La gestualidad, por ejemplo, se centraba en levantar con firmeza el dedo corazón o voltear los pulgares hacia abajo como hacían los césares en el circo romano.

El alcalde sale de incógnito

Al salir se produjo un pequeño enfrentamiento entre Gómez Montoya y un grupo de manifestantes, lo que ocasionó que la policía pidiese al alcalde que evitase salir por la puerta principal. A pesar del cordón policial, formado por una docena de agentes antidisturbios, la situación en el jardín del centro cívico se había tornado tan violenta que podía suceder cualquier cosa. Jesús Gómez se vio de este modo obligado a abandonar el José Saramago por la puerta de atrás.

Se iba así al traste su idea de saludar a los vecinos en el jardín y luego ir a tomar el aperitivo a la céntrica plaza de España en el coche familiar conducido por su mujer. Para Gómez hacer esto era un símbolo de los nuevos tiempos. Uno de los escándalos más sonados del anterior alcalde socialista fue el del coche oficial. Montoya gastó más de 80.000 euros en un coche igual al del presidente de la República Francesa, de ahí que los pepineros lo bautizasen con el apodo de "Sarkomóvil".

Gómez tuvo que salir a escondidas del José Saramago a bordo del coche de un amigo escoltado por otros dos automóviles. Tuvo que tomarse esta precaución para confundir al "indignado" que se encontraba de guardia en la puerta de atrás. Al no saber en cual de los tres coches iba el alcalde, no pudo dar la voz de alarma al piquete para que éste impidiese su salida.

La aventura, sin embargo, no acababa allí. Gómez no quiso modificar sus planes y se dirigió a la Taberna de Quique, un bar con terraza cercano a las dependencias municipales, para tomar el aperitivo en compañía de su familia y amigos. Poco después de llegar el alcalde, la parte más radical del piquete hizo lo propio. De camino montaron una manifestación improvisada cortando el tráfico en la Avenida del Mediterráneo, una de las principales de Leganés.

"Partido Popular, fascista y criminal"

Automáticamente pusieron sitio a la Taberna de Quique armando escándalo y gritando por el megáfono una consigna que se habían guardado para la ocasión: "Partido Popular, fascista y criminal".

Sólo dos policías municipales custodiaban la entrada. Los concejales populares que se habían desplazado hasta allí salieron a la terraza a dar la cara y hubieron de aguantar el aluvión de insultos durante cerca de una hora. De nuevo tuvieron que personarse varias unidades de la Policía Nacional y el Bescam junto a dos agentes de paisano que se infiltraron entre los manifestantes. Gracias a ellos se impidieron males mayores.

Gómez, que se encontraba dentro del bar hablando con una vecina, fue visto por los manifestantes a través de una de las ventanas. El piquete se abalanzó sobre la ventana golpeándola repetidas veces. La secretaria del alcalde, que se encontraba junto a la ventana con su hijo de corta edad en brazos, se pegó el susto del siglo y corrió a esconderse detrás de una columna junto al alcalde y su mujer. En el exterior la policía secreta se vio obligada a intervenir para apartar a los "indignados" de la ventana.

Al ver que no conseguían su objetivo, cerca de las tres de la tarde levantaron el asedio a la Taberna de Quique. Se retiraron todos menos uno de ellos, que se quedó junto a un banco de la plaza esperando que Gómez saliese, algo que sucedió minutos después sin más escolta que varios amigos. El solitario "indignado" imprecó al alcalde varias veces. Gómez se dirigió a él y trató de entablar conversación civilizada, pero fue imposible. Como un autómata el joven repetía una y otra vez las mismas consignas.

Una pareja de la Policía Nacional se situó entonces junto al alcalde y le acompañó a un cercano restaurante de la localidad. Jesús Gómez insistió en ir andando y a la vista de todos porque, a fin de cuentas, un 40% de los votantes de aquella ciudad le había dado su confianza en las urnas y no podía ni debía esconderse como si fuese un delincuente cuando él, hijo de un humilde fontanero, ni lo es ni lo ha sido nunca. En el restaurante la policía instaló un dispositivo de seguridad que cubría las dos puertas del establecimiento y las calles aledañas, todas peatonales.

Sirva este como caso práctico de unos sucesos que no debieron producirse. Ni Jesús Gómez fue el único alcalde sitiado por los "indignados", ni Leganés el único municipio donde se produjeron hechos tan lamentables como antidemocráticos

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