Es posible que, cuando estas líneas recorran el espacio, en Serbia esté naciendo una nueva esperanza y que el tirano Milósevic, apabullado por unos resultados electorales que ni esperaba ni aceptaba a priori, tenga que reconocer la victoria de su oponente, Vojislav Kostunica.
Si esto fuera así, y si finalmente se impusiera el sentido común y el patriotismo (dos valores que Milósevic desconoce o no practica), habríamos entrado en una nueva etapa de la historia serbia y probablemente muchos de los errores que unos y otros, europeos y serbios, kosovares y albaneses, montenegrinos y macedonios cometieron en el pasado, pudieran todavía restañarse.
Pero es posible también que el dictador, encapsulado en su locura y apoyado por sus ultras hasta el último momento, prefiera una nueva hecatombe y que todo arda de nuevo. No hay que excluirlo porque ya se sabe que el mejor líquido miótico para los dictadores es la violencia nacionalista, el milenarismo destructor, la violencia generalizada.
Pocos dudan ya de que la oposición serbia (no me atrevo a decir la “oposición democrática”, dejémoslo en oposición a secas) ganó las elecciones del pasado domingo. Puede ser el principio del fin. Por ahora, el sentido común aconseja no ir más allá.

¡Al fin una tenue luz de esperanza!
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