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Bajo la advocación de San Jerónimo

En 1992 la FIT (Federación Internacional de Traductores, organismo vinculado a la UNESCO) decretó que el 30 de septiembre sería el Día Internacional del Traductor. Se trataba de que ese sufrido gremio de creadores supeditados al texto de otro se hiciera notar, aunque fuera mínimamente, en los medios de comunicación. ¿Por qué San Jerónimo? Para empezar porque este venerable padre y doctor de la Iglesia es el autor de lo que se conoce como la Vulgata, el primer libro que se imprimió en la historia, una traducción y revisión crítica de la Biblia al latín, llamada “vulgar” por oposición a las lenguas “sagradas” de los originales del Libro, el hebreo y el griego.

La vida y obra de San Jerónimo es apasionante. Estudió, viajó, fue secretario del papa Dámaso, hizo vida de eremita en Siria, en el desierto, y se retiró a Belén, donde fundó varios conventos y donde murió en el año 420. Existe una copiosa y magistral tradición iconográfica (Durero, Rembrandt, Rafael, Carpaccio, Georges de La Tour, Zurbarán, Ribera, etc.) que le representa como anacoreta o bien en su celda, rodeado de un león, un libro y una calavera.

San Jerónimo, además de abrir la palabra bíblica a los pueblos cuya lengua vernácula era el latín, fue también el primer gran teórico de la traducción. A través de los Comentarios, publicados veinte años después de la traducción de la Vulgata, y de su correspondencia, en particular su famosa Carta a Panmaquio sobre la mejor manera de traducir, Jerónimo reflexionó de manera sistemática y rigurosa sobre los procedimientos y las consecuencias del proceso traductivo. Él inauguró ese cuento de nunca acabar en que se ha convertido la teoría y práctica de la traducción, como apunta Valéry Larbaud en su libro Bajo la advocación de San Jerónimo. Por muchos años.

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