No creo descubrir nada nuevo si comento que la importancia “real” de un premio (en el sentido en el que Georges Steiner habla de la presencia “real” de la palabra) no guarda relación con su dotación dineraria. Es más, cuanto menor es ésta mayor es la garantía en la excelencia del fallo. No soy tan ingenua como para saber que esto no siempre es así –no sólo de pan vive el hombre– pero conozco el mecanismo de los premios nacionales, y la escasa repercusión que tienen en las cajas registradoras de las librerías permite afirmar que son verdaderos premios de excelencia.
Luis Mateo Díez, autor prolífico cuya calidad nunca decae, tiene en su haber varios premios de este tipo: dos veces el de la Crítica (sin dotación económica) y ahora ha vuelto a recibir por segunda vez el Premio Nacional de Narrativa por la La ruina del cielo. Con esta novela, su obra cumbre y continuación de El espíritu del Páramo, el escritor leonés pone en pie un universo ficticio de una riqueza parangonable a la del Erewhon de Samuel Butler, mapa incluido, convirtiendo a Celama en uno de los lugares imaginarios de la literatura universal más logrados de los últimos tiempos.

Premio de excelencia
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