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La sombra de Augusto

Al menos por ahora, Augusto Pinochet podrá seguir en libertad y en su casa. ¿Por cuánto tiempo? Los tribunales tienen la palabra pero el procedimiento tardará si, como todo indica, abogados, fiscales, jueces, magistrados y políticos meten la cuchara en este guiso indigesto.

Un país que camina hacia la reconciliación no puede estar sujeto indefinidamente a este tipo de procedimientos tan largos como imprevistos. Pero tampoco puede darse el lujo de impedir que los jueces hagan su trabajo en libertad y responsabilidad, azacaneados por militares y civiles, familiares de víctimas, generales en retiro y manifestantes en la calle.

Quien encendió la mecha del caso Pinochet tiene una grave responsabilidad ante Chile y los chilenos, aunque aquí, en España, se salude la hazaña con castañuelas. Cada palo deberá aguantar su vela algún día, no muy tarde por cierto.

Es más que dudoso que algún día el general Pinochet se siente en el banquillo, aunque tampoco constituiría un drama tremebundo que así fuese. Es un anciano más bien decrépito que, como todos los dictadores en retiro, desea dejar una huella en la historia de su país. Pero el país empieza a estar harto de estos psicodramas permanentes y hay un clamor juvenil que pide el fin de tanto procedimiento y tanto juez estrella haciendo de las suyas.

Si se desea ayudar a la democracia chilena en este momento crítico, conviene dejar a los chilenos valérselas por sí mismos. Son un pueblo adulto que no precisa de visitadores coloniales ni garzones de botica. Tampoco los necesitan en Guatemala o en Bolivia, en Argentina o en Honduras. La visión colonial que ocultan a veces los paternalismos pseudo-democráticos nos remiten a la peor tradición de la España imperial.

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