Prohibir publicaciones para luego volver a autorizarlas refuerza la impresión de que las personas que componen el núcleo duro que ahora decide en Marruecos carecen de proyecto. Se mueven por impulso y dan palos de ciego. Así que, constantemente, deben de enmendar sus propios errores.
Por una parte, a la monarquía marroquí le gusta tener esa imagen de régimen tolerante con las libertades que consiguió transmitir al principio del reinado de Mohamed VI. No obstante, esas palabras deben ir acompañadas de hechos. De no ser así, la realidad acaba por resquebrajar el espejismo. Y eso es lo que ha ocurrido. Mohamed VI tiene el mismo modo dictatorial de gobernar que tenía su padre. Con la prohibición de los tres semanarios marroquíes y el resto de atropellos a la prensa, como es el caso de la censura de “Época”, se ha mostrado a las claras que esa transición democrática no existe y que la monarquía tiene muy claro todo lo que está dispuesta a tolerar.
Ninguno de los tres diarios marroquíes prohibidos por el Gobierno se atrevió a atravesar las famosas líneas rojas: la monarquía, la integridad territorial --es decir, el Sáhara Occidental-- y la religión. No ha hecho falta. Ha bastado con que se atrevieran a hablar de cómo se produce el tráfico de drogas o de la corrupción desmadrada de los militares, para que el régimen sufra un ataque de nervios.
Un sistema de poder como el marroquí, basado en prácticas feudales, no puede tolerar jamás la existencia de una prensa crítica y que pueda empujar a los ciudadanos a hacerse preguntas. Como señala el gran reportero Ryszard Kapuscinski a propósito del escaso apego que el emperador Haile Selasie de Etiopía profesaba hacia la prensa: "del hábito de leer no hay más que un paso al hábito de pensar y ya se sabe la de disgustos, sinsabores, tormentos y quebraderos de cabeza que esto acarrea".

Tijeras y líneas rojas
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