El acuerdo de vecindad estratégica firmado en Moscú entre los presidentes de Rusia e Irán debería preocupar a todos cuantos en el mundo, y especialmente en Occidente, desean un Golfo Pérsico pacífico y estable. Y aunque eso es precisamente lo que dicen buscar Putin y Jatamí con su acuerdo, la realidad y las cifras van por otro camino.
Calculen: 25.000 millones de dólares para “modernizar” las fuerzas armadas iraníes es mucho dinero y nadie excluye que en el lote de utilería militar que los rusos están dispuestos a vender haya algún ingenio balístico, con o sin cabeza nuclear, pese a las promesas hechas en 1995 por el entonces primer ministro ruso Chernomirdin al vicepresidente Al Gore.
Pero las promesas se las lleva el viento y Putin declaró el otro día, con cierta dosis de cinismo (¿o fue realismo?), que sólo en la industria armamentística podría Rusia competir con los grandes países industriales. Eso es precisamente lo que está haciendo, porque nunca los vendedores de cañones rusos habían hecho tantos negocios ya sea en Angola, Birmania, Libia o Siria.
El presidente Bush tendrá que tomarse muy en serio este desafío de Putin. Y lo mismo sucede con los países aliados de la OTAN. Irán sigue siendo con Libia, Corea del Norte e Irak un Estado “preocupante” para el Departamento de Estado. Y no sólo para el Departamento de Estado.
El presidente iraní, Jatamí, tiene fama de reformista y duda si volver a presentarse a las elecciones porque hasta ahora no ha podido imponer su proyecto de liberalización del régimen. Este guiño a Rusia y a los militares de su país no engaña a nadie. ¡Vaya reformista!

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