En el siglo XVIII, la filosofía fue la soberana del reino del intelecto, mientras en el XIX la historia se convirtió en la forma privilegiada de construcción de significados. Sin embargo, la mente moderna se ha vuelto indiferente a la historia y la palabra “modernidad” surgió precisamente para diferenciar nuestras vidas y tiempo de lo que había sucedido anteriormente, de la historia como tal. Arquitectura, ciencia y música moderna han creado su propio espacio cultural autónomo.
Esta es la tesis de la que parte el profesor Schorske, profesor de Historia de la Universidad de Princeton y Premio Pulitzer por su fascinante Viena fin-de-siècle, para enlazar 12 ensayos que plantean una profunda y no menos fascinante reflexión sobre variados aspectos de la cultura europea del siglo XIX y su deslizamiento hacia la ruptura de una tradición basada en el pensamiento histórico: las ideas de Voltaire, Fichte, Adam Smith, Marx o Baudelaire sobre la ciudad; la construcción de la Ringstrasse de Viena, que quería ser un espacio moderno que contuviera una civilización antigua; los deseos más o menos reprimidos que Londres, París, Roma y Egipto significaban para Freud; los insospechados puntos de contacto entre William Morris y Richard Wagner, la tensión existente entre la actitud conservadora de Mahler como director de la ópera de Viena y el rupturismo de sus composiciones.
Según Schorske, lo único que se le da realmente bien a la historia son las fechas, puesto que no tiene territorio ni principios propios. En el tapiz que teje el historiador, Clío está del lado de la rueca, haciendo girar el hilo a partir de materiales que ha adoptado de otras disciplinas, pero que no ha creado por sí misma. Su habilidad especial es tramar esos materiales en forma de explicación con significado en el tiempo. Por eso, la historia siempre debe estar relacionada con el resto de disciplinas intelectuales y éstas siempre beberán de ellas.
Una de las aportaciones fundamentales de este admirable libro es la constatación de que, con el análisis adecuado, cualquier foco histórico o cultural limitado y concreto es susceptible de generar significados universales. Aún así, igual que para Freud, París significaba la sensualidad prohibida, el lector, inmerso en Adolf Loos, Karl Kraus, Wagner, Schoemberg, Klimt y Burckhardt, no puede evitar preguntarse qué estaban haciendo Debussy, Monet o Flaubert por aquél tiempo.
La erudición, el rigor y la flexibilidad del pensamiento del profesor Schorske, así como su amor por la historia y sus significados subyugarán a cualquier lector. En el fondo, qué baratos son los libros.
Carl E. Schorske, Pensar con la historia, Taurus, 2001, 393 páginas.

La historia y sus amigos
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