Según estimación de Miguel García-Posada, las mil páginas de
El Quijote
habrán generado un millón de páginas de “discurso secundario”, algo parecido a lo que sucede con Shakespeare, Goethe, Proust, Lorca, Joyce, Kafka, etcétera. Hans Magnus Enzensberger también ironizaba en 1988 sobre los pedagogos: “A cada escritor le corresponden hoy día unos sesenta y seis pedagogos ocupados en investigar e interpretar sus productos.” Con tantas mentes ocupadas de valorar, interpretar, analizar y hasta desguazar obras literarias que hablan por sí mismas, ¿quién critica la crítica? Si la crítica literaria debe ser un puente que se tiende entre la obra y el lector, ¿cómo se certifica que ese puente es seguro tanto para la obra como para su lector?
El juicio crítico no es irrefutable. Clarín despreciaba a Rubén Darío y apreciaba a Núñez de Arce y Campoamor. Darío abominaba de Galdós y también amaba a Campoamor. Borges salvaba pocas páginas de la literatura española a partir del Barroco: sólo algo de Góngora y Quevedo, Juan Ramón Jiménez y un poco del Unamuno pensador. Sin embargo, la obra de algunos escritores se ilumina a través de las palabras de sus críticos, que normalmente han caído enamorados. Según García-Posada, así sucede con Amado Alonso y Pablo Neruda, Ortega y El Quijote u Octavio Paz y Sor Juana Inés de la Cruz.
El crítico sabe que se mueve en arenas movedizas y aunque debe rechazar la arbitrariedad, nunca debe aspirar a la neutralidad, que por otra parte, es incompatible con el arte. Su objetivo debe ser “la comprensión integral del texto artístico” y para ello no debe renunciar a la historia, la sociología, la biografía, la psicocrítica, la estilística y cualquier otro elemento a su disposición. Para García-Posada –y no es difícil estar de acuerdo con él– la crítica no tiene peor enemigo (y mejor acicate para su inanidad) que el cientifismo que la domina: formalistas, estructuralistas, semióticos, pragmatistas, deconstructivistas y otros fanáticos de la pureza metodológica encorsetan la vitalidad y apagan la luz de los textos. El ejercicio crítico es una pasión, un vicio absorbente, cuya satisfacción exige que el crítico se implique personalmente y convierta sus palabras en un acontecimiento. La crítica como una de las bellas artes.
El tono apasionado de este libro deja claro que su autor está gravemente afectado por ese “vicio crítico” que describe y propone. Una definición de objetivos, un breve análisis de las principales corrientes críticas, una refrescante inmersión en algunos términos fundamentales, (valoración, interpretación, ensayismo…), acompañados por un irónico recorrido por la propia experiencia crítica (qué difícil es ser crítico y que te quieran; qué fácil es confundir los suplementos culturales con soportes publicitarios para las editoriales), además de la proposición de algunos modelos de crítica literaria y dos breves ensayos sobre aspectos concretos de la obra de Cervantes y Lorca, dan forma a las ideas del prestigioso crítico Miguel García-Posada sobre lo que debe ser su profesión. En la nota previa, el autor aclara que no pretende hacer “ningún vademécum crítico” y justifica sus páginas –como si lo necesitara– por su fervor incontenible de lector. Es un fervor que contagia.
Miguel García-Posada, El vicio crítico , Espasa Hoy, 2001. 200 páginas.
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