Hablan y no acaban de la “nueva ofensiva diplomática española”. El entusiasmo del equipo mediático habitual sólo es comparable a su ignorancia acrítica y su conformismo. Basta que el poder mueva ficha, por muy modesta que sea, para que los ditirambos iluminen la noche madrileña como estrellas de Belén. A fuerza de halagos y masajes de los medios rastacueros, los ministros del ramo terminan creyéndose Talleyrand, Metternich y Kissinger en una sola pieza. La nueva y asombrosa ofensiva se dirigió ahora al mismo tiempo hacia Rusia y China. Ahí es nada: la mitad del planeta de una sola tacada. Ni Reagan en sus mejores tiempos.
La “química” existente entre Aznar y Putin justifica, según los aplaudidores, que este viaje haya sido un éxito clamoroso y que todos los asuntos pendientes (deuda, dificultades de nuestras empresas en la patria de todas las mafias) se hubieran resuelto. La confusión entre relaciones personales, abrazos y arrumacos conduce a estos excesos. Basta con que Aznar y Putin se saluden cordialmente para que todo, absolutamente todo, se resuelva. Basta también con que Putin haga un inadmisible paralelismo entre lo que él llama el “terrorismo checheno” y el vasco para que algunos, lejos de rechazar tal disparate, exclamen que el líder ruso ha comprendido lo que sucede en España.
Este tipo de comparaciones, además de inadmisibles, desacreditan la causa de quienes, desde la democracia y la libertad, luchan con enormes dificultades contra el terrorismo, como es el caso español. En Chechenia lo que hay es una guerra entre dos países desiguales, uno de los cuales quiere merendarse al otro por el sencillo método de eliminarlo, acabando con su población, a la que acusa nada menos que de terrorista. La retórica de Putin es letal, aunque a algunos les suene a músicas celestiales. Comparar a los chechenos con los terroristas vascos es un insulto a los chechenos, por supuesto. Y también a la inmensa mayoría de los vascos que no son terroristas.
En China, más diplomacia gestual o virtual. En la Cancillería española duerme el sueño de los justos un Plan para Extremo Oriente, donde se describe con fantástica precisión qué debe hacer España para tener más presencia en la zona. Los resultados son más bien mediocres hasta ahora, aunque, eso sí, cada tres o cuatro meses algún funcionario de alto rango diplomático (en este caso Piqué) asegura que las cosas están cambiando espectacularmente. Y lo hace precisamente un cuarto de hora antes de embarcarse rumbo a Pekin o a Kuala Lumpur. Claro, que después uno habla con los empresarios españoles que intentan trabajar en Vietnam, Malasia, Filipinas o Indonesia y le dicen que las dificultades subsisten y que el tal Plan es por ahora papel mojado o... reciclado.
Bien está, dicen, que los ministros se paseen y hagan turismo en Xian para ver los guerreros de terracota, pero eso tiene una influencia mínima sobre la presencia empresarial, tecnológica o cultural española en la zona, y especialmente en China, donde todos concuerdan que es difícil y largo establecerse, más difícil todavía mantenerse y casi imposible crecer sin pausa. La diplomacia española adolece de falta de medios, y esto se verá con meridiana claridad durante el primer semestre del año que viene, cuando España presida la UE. Por lo general, suele paliarse esta escasez (que exigiría un presupuesto adecuado a nuestras ambiciones externas) mediante pronunciamientos tonantes y grandes proyectos que jamás se implementan.
Los despliegues diplomáticos lejanos son caros y se pretendió (fue durante la etapa de Abel Matutes) que estos dispendios fueran compartidos por los empresarios y empresas españolas, como hacen los británicos con cierta habilidad, sobre todo en Asia. Vana ilusión: cuatro años después de aquellos anuncios a bombo y platillo, la diplomacia española sigue sufriendo las mismas escaseces. Matutes se fue a sus negocios, que es lo suyo, y cedió el testigo a Piqué que dice lo mismo, aunque tal vez no haga las mismas cosas. Pero la presencia española en esos países, proyecto de diplomacia imaginaria basada en el aplauso mediático de los amigos o súbditos y la indiferencia de quienes tienen mucha mili para que los engañen, sigue desesperadamente igual. Lo que no impedirá que los pavo reales sigan mostrando sus plumas en este sarao estrambótico.

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