En 1997, Blair se presentó al electorado del Reino Unido con una pócima mágica: una tercera vía, otra vez. La historia de las ideas políticas ha sido testigo repetidamente del alumbramiento de recetas que se decían superadoras de las imperfecciones y excesos del capitalismo liberal y del socialismo marxista. El promotor del nuevo eclecticismo ideológico era un político británico que hincaba sus raíces en la izquierda, pero que prefería romper con el marxismo y hasta con la socialdemocracia, iniciando un camino por el cual ir arrojando el lastre de la tradición socialista.
Con lenguaje ilusionante y cautivador, Tony Blair encandiló a los británicos proponiendo que el Estado sólo ha de intervenir en asuntos precisos que requieran de su autoridad, y que el mercado es un factor generador de riqueza. Su intención era diferenciar su nuevo laborismo de la vieja política propia de las posiciones obsoletas de la izquierda y la derecha. Mucho se debatió sobre la esencia política de las tesis de Blair. El pensador Ralph Dahrendorf había dicho, a principios de los años noventa, que la vía intermedia no existe, ya que pretende una mezcla de logros socialistas y de oportunidades liberales. A la pregunta de qué logros había tenido el socialismo, respondía con contundencia: ninguno. La tercera vía no puede contener ingredientes socialistas, ya que el socialismo y todas sus variantes han muerto.
Lo que Blair propugnaba estaba ya inventado: menos Estado, más Sociedad. Su nuevo laborismo se apoyaba en argumentaciones políticas de carácter liberal, propias de pensadores como Popper y Hayek, revestidas con la solidaridad que rezuma el humanismo cristiano. Blair creyó mostrar un modelo nuevo de organización política y económica, sin caer en la cuenta de que la invención estaba ya patentada. La tercera vía es un intento de la izquierda para sobrevivir, ideológicamente, en la era de la globalización. De un lado, supone el reconocimiento implícito del agotamiento del Estado del Bienestar, y, de otro, implica la necesidad inaplazable de una adaptación al nuevo mundo de las ideas políticas. La tercera vía tiene más de liberalismo que de socialismo.
El mandato de Blair se ha caracterizado por una ausencia total de decisiones relevantes. El resultado ha sido una política de ambigüedades y de abstenciones, en fin, una mediocridad gris. En su debe no hay descalabros, pero en su haber tampoco se aprecian éxitos. La actuación de Blair ha estado guiada por una insípida moderación, cuyo abuso le ha precipitado al más absoluto de los relativismos, encarnado en el talante de lo políticamente correcto. No ha sido el político innovador que iba a construir una sociedad más justa, dejando a la derecha sin alternativa. Si bien ha respetado las leyes del mercado, no ha sabido ingeniárselas para financiar los servicios públicos, con lo que la educación, la sanidad, las infraestructuras y el orden público en el Reino Unido están en crisis.
Pero, si los laboristas británicos están mal, peor se encuentran los conservadores, con lo que un nuevo triunfo de Blair este jueves parece inevitable.

¿Qué fue de la tercera vía?
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