Un viaje al interior de la naturaleza humana, con sus miedos, sus elecciones vitales, sus sentimientos y, sobre todo, su ignorancia. Ese es el viaje que Baldassare Embriaco, un comerciante y estudioso de libros raros de origen genovés, recoge cada día en un diario personal mientras atraviesa el espacio que separa Líbano de Londres. La razón de su viaje es, como ya ocurría en
Samarcanda
y otros títulos de Maalouf, la de recuperar un extraño libro,
El centésimo nombre
de Abu-Maher al-Mazandarani, que él creía antes de tenerlo en las manos parte de una leyenda, y que el azar decide enseñárselo para arrebatárselo de inmediato, sin tiempo siquiera para hojearlo. Desde su tienda en una población libanesa, Baldassare se asoma a una humanidad asustada por apocalípticos vaticinios de falsos arúspices: el mundo se acaba, dicen, en 1666, el año de la bestia en el que se cumplirán profecías como la de San Pablo. El libro que busca Baldassare puede conjurar la maldición que pesa contra el mundo y que le augura un dantesco y corto futuro.
Baldassare representa algunos de los problemas de su creador. Como él, Maalouf conoció nacionalismos, xenofobia y desarraigos, y como él, confía en que el diálogo sirva para acabar con el confuso desasosiego que desorienta a los hombres a base de oscurantismo y quimeras irracionales. Por eso el protagonista aprovecha cualquier parada en el camino y cualquier circunstancia para hablar y sobre todo para escuchar otras voces. De ahí el perfecto retrato de su actualidad que poco a poco queda reflejado en las páginas de su accidentado y entrecortado diario. Un diario que para el lector supone una palpitante guía de un año, 1666, pavoroso, alarmante, caótico, pero también frenético y emocionante.
Además, en ese camino, casi iniciático, por los mitos, profecías y convencionalismos de distintas culturas, Baldassare llega a comprender por qué árabes, judíos o cristianos sobrellevan de igual modo el pavor de las intrigas apocalípticas: el hombre, con sus miedos, con sus prejuicios y sus preferencias, sus inseguridades y desconfianzas, está por encima de las civilizaciones en las que vive, porque, con ciertos matices, comparte todo ello con semejantes de otros lugares y tiempos.
Maalouf, de forma apasionante, describe en su relato una época compleja, en la que de Oriente a Occidente, los oráculos corren como la pólvora: augures, videntes, iluminados y algunos locos también, demuestran que el miedo a la desaparición es tan poderoso que nada importan las creencias particulares. Un Occidente, que por cierto, aún no ha salido del lúgubre túnel que le conducirá hasta el siglo de las luces.
Descubre Baldassare dos placeres que creía lejanos e imposibles: el amor y la amistad. Viudo y aislado de sus orígenes genoveses, había sucumbido a su propio pesimismo respecto a las relaciones con mujeres. Será una vecina de su pueblo en Líbano la que, paradójicamente, complique su vida y su viaje irremediablemente. En cuanto a la amistad, Baldassare, gracias a sus grandes dotes de conversador, irá encontrando nuevos amigos que le ayudan a ubicarse en un mundo que sólo ofrece intrigas y conjuras o problemas que hoy siguen preocupándonos.
El final del año 1665 es el punto de arranque, y el comienzo de 1667 supone el final del relato. El mundo no ha terminado, pero después del intenso 1666, el de Baldassare Embriaco ya nunca volverá a ser el mismo.
Amin Maalouf: “El Viaje de Baldassare” . Alianza. Traducción de Santiago Martín Bermúdez.
