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El Sultán y su Embajador

Las declaraciones del rey Mohamed VI de Marruecos al diario francés “Le Figaro” sobre las relaciones con España y las posteriores de su embajador en Madrid, Baraka, aparte del cúmulo de falsedades, malignas sugerencias y mentiras, ponen de manifiesto hasta qué punto la “política marroquí” del gobierno de José María Aznar constituye un fracaso sin paliativos ni disculpas.

Uno de los aspectos que llamará seguramente menos la atención es el que se refiere a las relaciones con Francia, la antigua potencia colonizadora que sigue mandando en Marruecos gracias a ciertos funcionarios venales y sumisos, educados en las grandes escuelas galas.

En el momento de la verdad, España advierte que su influencia en el amable vecino del Sur es mínima porque no “invirtió” ni en cultura ni en tecnología y se limitó a sustituir las presiones y la defensa de sus intereses por frases amables y zalameras. Lo de siempre, porque la historia se repite hasta la saciedad. Los resultados estamos recogiéndolos ahora.

La respuesta a las declaraciones del Rey y su Embajador por parte del Secretario de Estado de Asuntos Exteriores, Miquel Nadal, son una auténtica vergüenza por no decir, una desvergüenza. No es de extrañar que “notre ami Le Roi” siga siendo francófilo y que se embelese ante Chirac y Jospin. Lo difícil sería que desplegara iguales sentimientos hacia Josep Piqué o Miquel Nadal.

El problema está en que tras esta rociada de falsedades e inexactitudes, nadie tiene el coraje en Madrid de responder al joven Rey y a su viejo Embajador con el vigor y el sentido común que merecían. Y es que, una vez más, el régimen de Rabat y su soberano nos toman por el pito del sereno. Decir estas cosas es predicar el desierto y para nada sirven.

El Gobierno español despliega ante Marruecos, siempre que la ocasión se presta, una diplomacia de sumisión e inocencia difícil de entender cuando se compara, por ejemplo, con la que la propia Francia tiene hacia sus ex colonias norteafricanas. Nuestros vecinos del norte conocen el paño y actúan en consecuencia; aquí descubrimos cada quinquenio que Marruecos existe y caemos al suelo embelesados cuando el sultán de turno nos premia con una sonrisa compasiva. Así nos va. ¿Por qué siempre la táctica de los pantalones en la mano logra en este lado del Estrecho tantos seguidores?

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