José María Aznar ha sido más claro que la semana pasada en torno al asunto de su sucesión. Parece que su desautorización a Cascos y al grupo de barones que este último lidera es definitiva, al tiempo que ha manifestado su intención de abandonar la presidencia del PP al final de la legislatura. Menos es nada, aunque el peso y la influencia real que seguirá ejerciendo en el partido después de su retirada es en estos momentos imprevisible.
Sin embargo, para que el autobús del Partido Popular siga en movimiento, es imprescindible un recambio. Los notables populares temen, con razón, que, al verse privado de su motor (Aznar), la inercia del autobús —abarrotado de viajeros— sólo lo mantenga en movimiento por poco tiempo.
El líder del PP tomó buena nota del fiasco de la UCD (un ejército donde había más generales que soldados) y se propuso que a su partido no le sucediera lo mismo. Sin embargo, se excedió en su celo, y hoy sólo dispone de un banquillo de corifeos, de brillantes mudos aquiescentes y mediocres enjabonadores. Las mentes más lúcidas de su partido (como Cascos) se dan cuenta de que la salida abrupta de Aznar, hoy por hoy, significaría la liquidación del proyecto del Partido Popular en el marco de una lucha intestina por el liderazgo, que conllevaría la pérdida del gobierno.
El presidente del Gobierno se da perfecta cuenta de esta situación, por eso intenta silenciar bruscamente cualquier conato de debate por la sucesión. Sin embargo, aunque todavía quedan tres años para las próximas elecciones, la elección y la consolidación de un candidato y de su proyecto político de cara a la opinión pública llevan su tiempo, si no, que se lo pregunten al PSOE. La peor política que podría seguir Aznar es seguir ordenando silencio y, al mismo tiempo, mantener la duda sobre su sucesor. La estrategia del cuaderno azul puede haber sido eficaz de cara a asentar su liderazgo en las horas bajas del centro-derecha español. Pero es nefasta cuando su partido necesita un recambio, habida cuenta de su decisión —al parecer ya firme— de cumplir su promesa electoral.
Es preciso que Aznar proponga a su delfín —del mismo modo que Fraga lo eligió a él— con tiempo suficiente para que el partido se reorganice y su sucesor pueda ir eligiendo o seleccionando a sus colaboradores. De otro modo, su gesto ejemplar de no perpetuarse en el poder podría quedar empañado —y desacreditado por mucho tiempo— por la desestabilización de su partido. En cualquier caso, sólo suya es la responsabilidad de no haber propiciado los cauces —necesarios en toda organización democrática— para que la renovación del liderazgo en el PP no ponga al borde de la extinción su proyecto político.

Sucesión en el PP: el suspense continúa
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