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Más protección a las víctimas

Algo falla en nuestra sociedad cuando las cifras de mujeres maltratadas por sus parejas siguen aumentando dramáticamente. Algo falla cuando sabemos que tan solo entre un 10 y un 20 por ciento de los casos llegan a la policía. Dicen los expertos que la denuncia es la vía para acabar con estas vergonzantes y salvajes prácticas, de ahí la campaña publicitaria que se ha presentado en estos días y que va encaminada a concienciar a las mujeres a que no se callen. Es un buen comienzo.

Pero la práctica, la confirmación cotidiana, nos ha mostrado a cientos de mujeres agredidas sistemáticamente por sus compañeros a pesar de las múltiples denuncias presentadas contra ellos. Algunas han sido asesinadas después de que en manos judiciales hubiera hasta 20 querellas. Hemos conocido el caso, un caso más, de una joven de 13 años a la que su ex novio acosa constantemente. No puede salir sola de casa y recorrer el camino hasta el colegio es un suplicio para ella. Tras decenas de denuncias el juez ha dictaminado que no podrá acercarse a menos de dos kilómetros de la joven. Existe la triste certeza de que no se cumplirá porque viven a menos de 200 metros. Será ella, como decía su madre, la obligada por las circunstancias a cambiar de domicilio y de barrio, será ella la que tenga que desaparecer.

Son ellas, las valientes que, con una gran fuerza interior, están ganando la batalla a los maltratadores. Son quienes denuncian y revelan sus casos las que están concienciando a la sociedad de que debe aislar a los violentos. Son ellas, a pesar del miedo, de ese miedo a volver a casa con una denuncia bajo el brazo. Porque no saben si el juez va a ser diligente al aplicar la Ley, ni siquiera si habrá castigo. Porque no tienen a nadie que las arrope, ni un medio de subsistencia y se ven obligadas a regresar junto a quien las pega y desprecia.

Afortunadamente las leyes han cambiado y parecen desde todo punto adecuadas para proteger a los agredidos y castigar a los agresores. Afortunadamente ahora, durante la denuncia las mujeres no sufren la doble vejación de ser miradas de soslayo por le incrédulo policía de turno, tienen asistencia, ayuda y comprensión. Pero queda mucho por hacer. Hace falta que los jueces apliquen la legislación y que se vigile el cumplimiento de sus sentencias y, sobre todo, que los poderes públicos no abandonen a quienes se rebelan contra su verdugo. El miedo a hablar es comprensible, pero como muchas han demostrado, superable. Hay otra forma de vida y, una vez dado ese primer paso, la Administración tiene la obligación de garantizarla.

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