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Cada uno a lo suyo

Por mucho que la guerra relámpago norteamericana hay dañado el mito de los guerreros invencibles, los afganos no han aprendido la lección y siguen con lo suyo: la guerra como negocio. Incluso ahora, cuando el poder talibán ya no existe, tratan de sacarle tajada al “mulá” Omar, asegurando que lo tienen cercado y negocian con él su rendición y la de cerca de mil quinientos guerrilleros que le siguen.

Según las fuentes afganas, el dirigente talibán se rendiría si el Pentágono promete suspender definitivamente los bombardeos en el país. Se puede leer entre líneas que, además, esta rendición talibán costaría una apreciable suma de dinero que también habría de pagar Washington y Kabul la administraría a su criterio.

La respuesta estadounidense ha sido tajante: no se avienen a ninguna negociación. Han emprendido la guerra del Afganistán para acabar con Ben Laden y sus colaboradores y, después de haber ganado, no admiten más que rendiciones incondicionales. Y gratis, puesto que a estas alturas la captura de Omar no garantiza en absoluto la localización de Ben Laden.

Aparte de las dudas de que nadie en Kabul negocie seriamente con Omar o con los talibanes derrotados, más bien todo esto parece un regateo de bazar: primero son invencibles, después no pueden impedir fugas ni rebeliones, luego buscan ventajas en una rendición, después van entregando a líderes de menor a mayor cuantía... A los afganos no les interesan ni el país ni los principios. Son una serie de caciques armados en busca de un negocio. La alianza norteamericana puede empezar a decepcionarles.

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